Hablemos de Historia
 
- Artigas y los argentinos VI
Por Omar López Mato

Tras la Revolución de Mayo, el gobierno porteño buscaba imponer su autoridad en el ex virreinato del Río de la Plata; con ese fin comisionó a sus milicias para marchar a someter a las provincias díscolas.

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Para los primeros meses de 1811 las expediciones al Alto Perú, al mando de Castelli y al Paraguay bajo la dirección del General Manuel Belgrano, reportaban preocupantes derrotas.

Sin bien la fidelísima Montevideo era la más cercana a Buenos Aires, íntimamente emparentada desde los inicios con las suertes y desgracias de sus vecinos porteños, no adhería a la política revolucionaria que estos presentaban.

Juan José Paso cruzó el Río de la Plata para convencer al gobierno de la Banda Oriental de acoplarse a la Junta de Buenos Aires, pero no logró su objetivo y debió abandonar presuroso la ciudad de Montevideo, para informarle a sus colegas que los orientales no solo no aceptaban la propuesta, sino que exigían el reconocimiento del Consejo de Regencia de Cádiz, cosa a la que los porteños no se avinieron. Para completar la separación, la Junta expulsó a Cisneros. No había marcha atrás.

Gaspar Vigodet, a cargo del gobierno de Montevideo, envió al Capitán de navío Juan Ángel de Michelena para entorpecer las comunicaciones y el abastecimiento de las tropas de Manuel Belgrano.

En Enero de 1811 Javier Elio hizo valer su título, recién concedido por España, de Virrey del Río de la Plata, que incluía autoridad sobre la revoltosa orilla occidental de dicho río. Como Buenos Aires se negó a reconocerlo como soberano, nombró a Montevideo capital del Virreinato.

En ese contexto, la victoria de José Gervasio Artigas en el combate de Las Piedras, sobre la fuerzas del capitán de Fragata, José Posadas, entusiasmó a la Junta porteña, a tal punto que pasó a incorporarse a la marcha patriota compuesta por Vicente López y Planes. Esta también incluía la toma de Colonia, como otro hito histórico. Vencidos los españoles a campo abierto, Artigas tenía frente a sí a la ciudad fortificada.

Montevideo estaba protegida por una muralla de nueve metros de alto, seis de ancho y un foso. La Fortaleza del Cerro, el Fuerte de San José del Real de San Felipe y Santiago, y la isla de Las Ratas, depósito de pólvora y centro de detención realista, completaban la defensa de la ciudad. Del lado de afuera, desde el norte, Artigas apostó sus fuerzas y le exigió al Virrey que entregara la ciudad. La negativa motivó el comienzo, el 21 de Mayo de 1811, del sitio de Montevideo.

El 1ero. de Junio Rondeau sumó sus fuerzas al sitio.

Nadie podía entrar ni salir. Don José Gervasio sabía que las fortificaciones contaban con trescientos diéz cañones de distintos calibres, de manera que solo podía ejercer presión desde afuera, confiando que la falta de insumos quebraría la voluntad de los pobladores. Pero el bloqueo no era total. El Virrey Elio tenía bajo su mando una escuadra de navíos que controlaba el ancho Río de la Plata, interfería permanentemente con las actividades del puerto de Buenos Aires, y además incursionaba por los ríos Paraná y Uruguay hostigando a las poblaciones ribereñas y rapiñando los campos vecinos para proveer a la ciudad sitiada.

El asedio revolucionario se hacía sentir con la artillería bombardeando la plaza con cañones y morteros, día y noche, ocasionando más efectos psicológicos que materiales.

A medida que el tiempo pasaba, el hambre y las enfermedades producidas por el encierro de la ciudad, causaban el descontento de los pobladores, y la perplejidad de Artigas, que veía el panorama propicio para atacar, mientras esperaba ansioso las órdenes de Buenos Aires para hacerlo. Pero la Junta en esos momentos recibía malas noticias desde Alto Perú. Más derrotas complicaban la situación de los revolucionarios.

Mientras el Virrey Elio esperaba refuerzos españoles, buscó una alianza con los portugueses para que atacasen desde Brasil, donde la infanta Carlota, hermana del prisionero Fernando VII, soñaba convertirse en la Reina del Plata. Mujer conocida por sus pocos escrúpulos y su vocación proclive al derroche, carecía de crédito. Para granjearse la simpatía de los montevideanos, donó sus joyas para paliar las desventuras de sus súbditos. Si bien fueron recibidas con entusiasmo, de poco sirvieron, ya que grandes eran los requerimientos de la ciudad.

Elio desesperado, intentó sobornar al coronel Artigas, enviándole un miembro de su familia para que aceptara cargos y dinero a cambio de liberar la ciudad amurallada de su hostigamiento. Sin dudarlo Artigas contestó que este ofrecimiento era un insulto a su persona, “tan indigno de quien lo hacía como de ser contestado”. Los comisionados quedaron presos y fueron enviados a Buenos Aires.

 
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Gentileza de www.olmoediciones.com para NOTIAR
 
 
 
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