“San José, San Lorenzo
Suipacha
Las Piedras, Salta y
Tucumán
La Colonia y las mismas murallas
del tirano en la Banda Oriental..
aquí el fiero opresor de la patria
su cerviz orgulloso dobló”.
Vale
aclarar, que esta “Colonia” es la Colonia del Sacramento,
conquistada por Benavides.
El hostigamiento fue tal que 27 de Mayo, Vigodet ya sin recursos, se embarcó
con sus tropas rumbo a Montevideo. Los patriotas se quedaron con la campaña
de la Banda Oriental en su poder.
El siguiente desafío de Artigas se alzaba ante sus ojos, la ciudad
amurallada, que tan bien conocía, aquella que había recorrido
desde niño infinidad de veces. Ahora los pasillos, las almenas
y las troneras cobijaban trescientos diez cañones, todo un desafío.
La fortaleza tenía un imponente aspecto pero no era inexpugnable.
Los ingleses consiguieron someterla, Artigas bien sabía que él
también podría hacerlo.
Pero había otro peligro asechando desde la otra orilla del Plata.
Los miembros de la Primera Junta contaban con que el cautiverio de Fernando
VII en poder de los franceses, fuera prolongado, diría eterno,
y convencidos por esa idea actuaron a su conveniencia. Utilizaron la mascara
del rey, imagen creada por Monteagudo, e inspirada en los consejos de
Lord Strangford, para actuar con inusitada violencia. Fusilamientos sumarios,
confiscaciones y exilios dictados bajo el espíritu jacobino de
inspiración morenista, habían desgastado a la Junta Revolucionaria
y radicalizado su posición a los ojos de la Metrópolis.
En la Madre Patria, las guerras por la independencia lograban sus primeras
victorias, después de todo. Los franceses no eran invencibles.
Estas noticias obligaron a la dirigencia porteña a preguntarse
sobre su futuro, en caso que Fernando VII, el Deseado, regresase al trono.
¿Sería éste tan magnánimo como para perdonar
a los que fusilaron sin juicio a los funcionarios ibéricos en nombre
de esa corona? ¿Cuál sería la sanción por
tantos excesos?
Desde entonces Buenos Aires comenzó una política zigzagueante
entre España y otras potencias extranjeras, buscando apoyo para
legitimar su gobierno y tratando de evitar represalias mientras continuaba
con su proceso independentista.
En contraposición a la actitud dubitativa de los porteños
estaban las convicciones de Artigas, que bien sabía cual gobierno
quería para estas tierras.
Artigas creía compartir con el gobierno porteño las mismas
ideas, sin saber que su actitud independista incomodaba las secretas tratativas
conciliatorias con España de los miembros de la Junta. Muchos sinsabores
le llevaría entender esta discrepancia de miras.
Encerrado en la ciudad sitiada, Elio intentó captar nuevamente
al coronel de las Provincias Unidas. Esta vez envió a dos comisionados
que le ofrecieron nombrarlo General del Ejército Español,
gobernador militar de toda la campaña y una abultada suma de dinero
para comprar su lealtad. Artigas no dudó en responder que ese era
un insulto a su persona “tan indigno de quien lo hacía como
ser contestado”. Y otra vez los emisarios fueron presos a Buenos
Aires.
El entusiasmo de la victoria de Las Piedras quedó eclipsado por
el desastre de Huaqui, sumiendo a las autoridades patrias en sombríos
presentimientos. Para colmo de males, el capitán Michelena, al
mando de la flota española, bombardeó Buenos Aires y produciendo
más daño moral que material. A su vez las naves de la Corona
bloquearon la actividad comercial de la ciudad, reduciendo a nada sus
ingresos aduaneros. Era una soga que estrangulaba la revolución.
La revuelta de Potosí y la derrota de Sipe Sipe hicieron el panorama
aún más incierto. Además de los funestos resultados
bélicos, una larga lista de acusaciones por corrupción empobrecían
los logros porteños. El revolucionario español Juan Larrea,
vocal de la Junta, fue cuestionado por usufructuar en su beneficio el
flete de la nave que llevó a Cisneros de vuelta a España.
Además se lo acusó de adeudar 280.000 pesos a la Aduana,
de contrabandear y haberle cobrado a la Junta 42 pesos por cada sable
entregado al ejército cuando los había adquirido por 9 pesos...
Desde
siempre la corrupción ha bañado las orillas del Río
de la Plata, pero entonces los ideales exigían algún recato
y los rumores oradaban el sustento moral del gobierno patrio. Los días
de la Junta parecían contados…
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