Hablemos de Historia
 
- Artigas y los argentinos XV
Por Omar López Mato

Durante los festejos del primer aniversario de la Revolución de Mayo, el nombre de Artigas había ganado predicamento. Vicente López y Planes refleja en la séptima estrofa de su marcha patriótica –que se convertiría en nuestro himno- la victoria Jefe de los Blandengues.

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“San José, San Lorenzo
Suipacha
Las Piedras, Salta y
Tucumán
La Colonia y las mismas murallas
del tirano en la Banda Oriental..
aquí el fiero opresor de la patria
su cerviz orgulloso dobló”.

Vale aclarar, que esta “Colonia” es la Colonia del Sacramento, conquistada por Benavides.

El hostigamiento fue tal que 27 de Mayo, Vigodet ya sin recursos, se embarcó con sus tropas rumbo a Montevideo. Los patriotas se quedaron con la campaña de la Banda Oriental en su poder.

El siguiente desafío de Artigas se alzaba ante sus ojos, la ciudad amurallada, que tan bien conocía, aquella que había recorrido desde niño infinidad de veces. Ahora los pasillos, las almenas y las troneras cobijaban trescientos diez cañones, todo un desafío. La fortaleza tenía un imponente aspecto pero no era inexpugnable. Los ingleses consiguieron someterla, Artigas bien sabía que él también podría hacerlo.

Pero había otro peligro asechando desde la otra orilla del Plata.

Los miembros de la Primera Junta contaban con que el cautiverio de Fernando VII en poder de los franceses, fuera prolongado, diría eterno, y convencidos por esa idea actuaron a su conveniencia. Utilizaron la mascara del rey, imagen creada por Monteagudo, e inspirada en los consejos de Lord Strangford, para actuar con inusitada violencia. Fusilamientos sumarios, confiscaciones y exilios dictados bajo el espíritu jacobino de inspiración morenista, habían desgastado a la Junta Revolucionaria y radicalizado su posición a los ojos de la Metrópolis.

En la Madre Patria, las guerras por la independencia lograban sus primeras victorias, después de todo. Los franceses no eran invencibles. Estas noticias obligaron a la dirigencia porteña a preguntarse sobre su futuro, en caso que Fernando VII, el Deseado, regresase al trono. ¿Sería éste tan magnánimo como para perdonar a los que fusilaron sin juicio a los funcionarios ibéricos en nombre de esa corona? ¿Cuál sería la sanción por tantos excesos?

Desde entonces Buenos Aires comenzó una política zigzagueante entre España y otras potencias extranjeras, buscando apoyo para legitimar su gobierno y tratando de evitar represalias mientras continuaba con su proceso independentista.

En contraposición a la actitud dubitativa de los porteños estaban las convicciones de Artigas, que bien sabía cual gobierno quería para estas tierras.

Artigas creía compartir con el gobierno porteño las mismas ideas, sin saber que su actitud independista incomodaba las secretas tratativas conciliatorias con España de los miembros de la Junta. Muchos sinsabores le llevaría entender esta discrepancia de miras.

Encerrado en la ciudad sitiada, Elio intentó captar nuevamente al coronel de las Provincias Unidas. Esta vez envió a dos comisionados que le ofrecieron nombrarlo General del Ejército Español, gobernador militar de toda la campaña y una abultada suma de dinero para comprar su lealtad. Artigas no dudó en responder que ese era un insulto a su persona “tan indigno de quien lo hacía como ser contestado”. Y otra vez los emisarios fueron presos a Buenos Aires.

El entusiasmo de la victoria de Las Piedras quedó eclipsado por el desastre de Huaqui, sumiendo a las autoridades patrias en sombríos presentimientos. Para colmo de males, el capitán Michelena, al mando de la flota española, bombardeó Buenos Aires y produciendo más daño moral que material. A su vez las naves de la Corona bloquearon la actividad comercial de la ciudad, reduciendo a nada sus ingresos aduaneros. Era una soga que estrangulaba la revolución.

La revuelta de Potosí y la derrota de Sipe Sipe hicieron el panorama aún más incierto. Además de los funestos resultados bélicos, una larga lista de acusaciones por corrupción empobrecían los logros porteños. El revolucionario español Juan Larrea, vocal de la Junta, fue cuestionado por usufructuar en su beneficio el flete de la nave que llevó a Cisneros de vuelta a España. Además se lo acusó de adeudar 280.000 pesos a la Aduana, de contrabandear y haberle cobrado a la Junta 42 pesos por cada sable entregado al ejército cuando los había adquirido por 9 pesos...

Desde siempre la corrupción ha bañado las orillas del Río de la Plata, pero entonces los ideales exigían algún recato y los rumores oradaban el sustento moral del gobierno patrio. Los días de la Junta parecían contados…

 
omarlopezmato@gmail.com
 
Gentileza de www.olmoediciones.com para NOTIAR
 
 
 
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