Artigas
volvía a ser, de aquí en más, el comandante general
de la campaña y recuperaba el mando de su regimiento de Blandengues.
Posadas prometía llamar a una nueva elección de diputados
para la Asamblea General Constituyente, y la Banda Oriental sería
reconocida como parte integrante de las Provincias Unidas del Río
de la Plata. Una vez más Artigas reafirmaba su intención
de conformar un proyecto de país más grande que el terruño
por el que peleaba.
Alvear regresó a Buenos Aires convencido que “la fortuna
me ha favorecido en todas mis empresas admirablemente”, y lo decía,
dejando en claro que la humildad no era su fuerte. Se felicitaba de haber
evitado una guerra prolongada y fastidiosa. Se despidió de sus
soldados diciéndoles que además de “conquistadores”
habían sido reconciliadores.
El 17 de agosto, Posadas le restituyó a Artigas el cargo de coronel
de Blandengues, lo declaró buen servidor de la patria y lo puso
al mando de la campaña oriental. El 25 del mismo mes, Artigas acusó
recibo de los nombramientos, pero devolvió el cargo que lo ponía
al frente de la campaña: “Jamás pensé ni quise
ambicionar ni obtener rango alguno”. No necesitaba que Buenos Aires
le concediera lo que él había ganado por mérito propio.
Todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Sin embargo, no fue en la Banda Oriental donde se rompió el delicado
equilibrio que mantenían las partes. Buenos Aires pretendió
la devolución de los territorios mesopotámicos ocupados
por Artigas y los suyos, a los que el Protector respondió que “no
estaba autorizado a disponer de la suerte de un pueblo al cual yo no hecho
más que favorecer con mi protección”. El clima se
enrareció. Tropas porteñas tuvieron enfrentamientos con
fuerzas artiguistas en zonas vecinas a Gualeguaychú. Estas dominaban
la campaña, controlando el tránsito en las zonas bajo su
dominio.
Artigas volvía a ser un problema para el proyecto centralista de
los directoriales que no cejaban en su intento monárquico.
Antes de la caída de Montevideo, es decir el 25 de Mayo de 1814,
Manuel Sarratea le envió a Fernando VII una carta. Este había
entrado de incógnito a la península el 22 de marzo de ese
año, favorecido por la capitulación de Napoleón en
Fontainebleau. “El deseado” ni bien llegó a España
rechazó la Constitución de 1812 a fin de reinstaurar una
administración centralizada y jerárquica. La carta de marras
era obsecuente y servil, en ella Sarratea se declaraba: “Vasallo
de su Majestad y diputado de gobierno de Buenos Aires para la conciliación…
imbuido de sentimientos de amor a su real persona”.
Continuaba esta melosa misiva con alguna otra frase rastrera como ser:
“Si el cielo no hubiera permitido la ausencia de vuestra majestad,
jamás se hubiera oído ni el eco de la insubordinación
en aquellos países…” “No es extraño que
aquellos pueblos, al verse acometidos cruelmente y sin oírlos,
al nombre del Rey más amado y benigno que ha subido al trono de
España de Vuestra Majestad a los que tan mal imitaban su paternal
carácter y no lo es que, cuando se protegían en la Península
doctrinas preñadas de anarquía, hallasen ocasión
algunos espíritus turbulentos para hacerlas resonar en América”.
Según
la perspectiva del ex triunviro, los revolucionarios de 1810 pasaban a
ser victimas de la “gran confusión” sembrada por las
Cortes españolas de ideología liberal, recientemente disueltas.
Según Sarratea, los pobres criollos nunca habían tenido
intención de abandonar a su amado Fernando, y si lo habían
hecho era por torpeza ajena.
Si bien la justificación de la actitud revolucionaria fue ardua,
más difícil (por no decir imposible) le resultó a
Sarratea poder explicar ante la corte española la falta de honorabilidad
en la actitud de Alvear, que Vigodet denunciaba a los cuatro vientos desde
Río de Janeiro. El joven brigadier, después de dar largos
circunloquios, justificaba su actitud diciendo que la capitulación
no se había firmado y que Vigodet solo había presentado
un borrador…
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