El
21 de Agosto, Artigas marchó desde Paysandú al campamento
de Purificación para organizar la defensa de las misiones atacadas
por Gaspar Rodríguez Francia.
Los porteños aprovecharon su ausencia y enviaron un ejército
de mil quinientos hombres a cargo de Viamonte para tomar Santa Fe, ciudad
que cayó el 25 de Agosto. Dos días más tarde moría
el gobernador Candioti. Viamonte convocó a un Cabildo Abierto,
al que solo concurrieron sesenta personas que votaron la dependencia de
Buenos Aires y la imposición de Francisco Tarragona como gobernador
–un fiel ejecutor de las instrucciones porteñas-. El patriarcado
de Buenos Aires en vez de reforzar al ejército del Alto Perú
prefirió pelear con sus hermanos por los intereses de la ciudad
puerto. Triunfaba una vez más la política hegemónica
de los porteños.
Artigas sospechaba de una acción de Rodríguez Francia en
acuerdo con los políticos de Buenos Aires. Sus sospechas eran ciertas.
El capitán Francisco Gonzáles se había apoderado
en forma violenta de Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio y Corpus
esgrimiendo como excusa la peligrosidad de las bandas artiguistas.
Andresito repelió la agresión al mando de quinientos hombres.
Con ellos Candelaria fue recuperada a principios de Septiembre. En la
ocasión Fray José Acevedo dirigió las tropas artiguistas.
Pocos días más tarde las fuerzas paraguayas debieron cruzar
el Paraná ante el avance del capitán Miño y su tropa
de guaraníes. Antes que terminara el año se habían
reconquistado los pueblos usurpados por los paraguayos.
Aquietados los ánimos, Artigas quiso instrumentar su viejo sueño,
el Reglamento Agrario, que permitiría la repartición de
enormes cantidades de tierra improductiva, tierras sin dueño (o
de europeos y malos americanos) para ser pobladas y permitir de esta forma
el despegue de una economía devastada.
Este reglamento sostenía principios de avanzada para la época,
en los que algunos pretendían ver un comunismo pre marxista. “Los
más infelices serán los más privilegiados”,
declaró Artigas en consonancia con la consigna de Jesús.
La caridad cristiana inspiró gran parte de su obra, realizada junto
a sacerdotes que oficiaban de secretarios y asesores.
Artigas no discrimino a la hora de entregar las tierras. Los negros libres,
los zambos, indios y criollos “todos podrán ser agraciados
en suerte de estancia”. Pero deberán formar rancho y dos
corrales en el término de dos meses. Las extensiones eran generosas
según criterios actuales, “legua y media de frente por dos
por dos de fondo” (la legua es lo que anda un caballo en una hora,
más o menos 5.5 kilómetros). Es menester entender que eran
parcelas para ganadería que entonces, y por muchos años,
no se hizo en forma intensiva. En caso de incumplimiento, la parcela volvía
al Estado.
En ese tiempo Artigas leía atentamente sus dos tomos sobres la
revolución norteamericana (obra de 1807) que el Cabildo de Montevideo
le había regalado. Pero no fue de este texto del que tomó
el concepto comunitario de la propiedad sino de la tradición hispana
–que instituía junto a la propiedad individual tierras de
usufructo común- y la ley consuetudinaria colonial que consideraba
a la tierra y sus frutos como cosa de todos. Artigas había conocido
de primera mano la experiencia misionera, los principios jesuíticos
y las costumbres comunitarias de los indígenas, pero sobretodo
estaba influenciado por el fraile (mejor dicho, para entonces ex fraile)
José Monterroso –asesor, secretario y guía espiritual
del caudillo-.
Lector de San Agustín por influencia de este asesor tan especial,
Artigas intentó la construcción de una sociedad cristiana,
de la Ciudad de Dios que inspiró la fundación de Purificación.
Pretendía poblar la campaña distribuyendo la tierra improductiva,
para arraigar a los hombres que andaban sueltos sin fijar residencia,
aumentar la producción, favorecer a los desposeídos, a las
viudas y hombres casados y con familia, tratando a su vez de imponer orden
y reducir la vagancia –génesis de todos los males en su percepción
decimonónica. Purificaciones era, a su vez, la encarnación
de la redención por el trabajo y el espíritu de la justicia
Divina, atenta a disminuir las desigualdades sociales. Y
sancionar a la vez a los enemigos de la revolución.
De
hecho, estaba taxativamente prohibida la venta de parcelas a los portugueses.
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