Hablemos de Historia
 
- Artigas y los argentinos - XLI
Por Omar López Mato

Un año más tarde Andrés Guacurarí Artigas se convertirá en gobernador de las Misiones, codiciadas a la vez por Gaspar Rodríguez Francia y el imperio lusitano. A Andresito le tocó la dura tarea de defenderlas.

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El 21 de Agosto, Artigas marchó desde Paysandú al campamento de Purificación para organizar la defensa de las misiones atacadas por Gaspar Rodríguez Francia.

Los porteños aprovecharon su ausencia y enviaron un ejército de mil quinientos hombres a cargo de Viamonte para tomar Santa Fe, ciudad que cayó el 25 de Agosto. Dos días más tarde moría el gobernador Candioti. Viamonte convocó a un Cabildo Abierto, al que solo concurrieron sesenta personas que votaron la dependencia de Buenos Aires y la imposición de Francisco Tarragona como gobernador –un fiel ejecutor de las instrucciones porteñas-. El patriarcado de Buenos Aires en vez de reforzar al ejército del Alto Perú prefirió pelear con sus hermanos por los intereses de la ciudad puerto. Triunfaba una vez más la política hegemónica de los porteños.

Artigas sospechaba de una acción de Rodríguez Francia en acuerdo con los políticos de Buenos Aires. Sus sospechas eran ciertas. El capitán Francisco Gonzáles se había apoderado en forma violenta de Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio y Corpus esgrimiendo como excusa la peligrosidad de las bandas artiguistas.

Andresito repelió la agresión al mando de quinientos hombres. Con ellos Candelaria fue recuperada a principios de Septiembre. En la ocasión Fray José Acevedo dirigió las tropas artiguistas. Pocos días más tarde las fuerzas paraguayas debieron cruzar el Paraná ante el avance del capitán Miño y su tropa de guaraníes. Antes que terminara el año se habían reconquistado los pueblos usurpados por los paraguayos.

Aquietados los ánimos, Artigas quiso instrumentar su viejo sueño, el Reglamento Agrario, que permitiría la repartición de enormes cantidades de tierra improductiva, tierras sin dueño (o de europeos y malos americanos) para ser pobladas y permitir de esta forma el despegue de una economía devastada.

Este reglamento sostenía principios de avanzada para la época, en los que algunos pretendían ver un comunismo pre marxista. “Los más infelices serán los más privilegiados”, declaró Artigas en consonancia con la consigna de Jesús.

La caridad cristiana inspiró gran parte de su obra, realizada junto a sacerdotes que oficiaban de secretarios y asesores.

Artigas no discrimino a la hora de entregar las tierras. Los negros libres, los zambos, indios y criollos “todos podrán ser agraciados en suerte de estancia”. Pero deberán formar rancho y dos corrales en el término de dos meses. Las extensiones eran generosas según criterios actuales, “legua y media de frente por dos por dos de fondo” (la legua es lo que anda un caballo en una hora, más o menos 5.5 kilómetros). Es menester entender que eran parcelas para ganadería que entonces, y por muchos años, no se hizo en forma intensiva. En caso de incumplimiento, la parcela volvía al Estado.

En ese tiempo Artigas leía atentamente sus dos tomos sobres la revolución norteamericana (obra de 1807) que el Cabildo de Montevideo le había regalado. Pero no fue de este texto del que tomó el concepto comunitario de la propiedad sino de la tradición hispana –que instituía junto a la propiedad individual tierras de usufructo común- y la ley consuetudinaria colonial que consideraba a la tierra y sus frutos como cosa de todos. Artigas había conocido de primera mano la experiencia misionera, los principios jesuíticos y las costumbres comunitarias de los indígenas, pero sobretodo estaba influenciado por el fraile (mejor dicho, para entonces ex fraile) José Monterroso –asesor, secretario y guía espiritual del caudillo-.

Lector de San Agustín por influencia de este asesor tan especial, Artigas intentó la construcción de una sociedad cristiana, de la Ciudad de Dios que inspiró la fundación de Purificación. Pretendía poblar la campaña distribuyendo la tierra improductiva, para arraigar a los hombres que andaban sueltos sin fijar residencia, aumentar la producción, favorecer a los desposeídos, a las viudas y hombres casados y con familia, tratando a su vez de imponer orden y reducir la vagancia –génesis de todos los males en su percepción decimonónica. Purificaciones era, a su vez, la encarnación de la redención por el trabajo y el espíritu de la justicia Divina, atenta a disminuir las desigualdades sociales.
Y sancionar a la vez a los enemigos de la revolución.

De hecho, estaba taxativamente prohibida la venta de parcelas a los portugueses.

 
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Gentileza de www.olmoediciones.com para NOTIAR
 
 
 
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