Tenía
muy claro cual era el esquema político que creía más
adecuado para estas tierras. No era una una fantasía, otra nación
del mismo continente vivía esta experiencia desde hacía
30 años y Artigas había seguido de cerca su historia, y
sus ideas. Captó las ventajas del sistema republicano federal y
además percibió que el modelo solo le servía de inspiración.
No podía aplicarse tal cual a esta parte de América. Así
se le dijo al general Paz en la vista que éste realizó hacia
1840. En una charla sobre los viejos tiempos idos le manifestó
que debió hacer la guerra a los tenebrosos manejos del Directorio
por considerarse enemigo “del centralismo, el cual solo distaba
un paso del Realismo (monarquía)”.
Artigas perseveró en su deseo de formar una patria grande, una
gran confederación.
La traición de Ramírez llegó cuando todo estaba perdido.
El 23 de septiembre de 1820, el caudillo oriental cruzó el río
para adentrarse en tierras de Gaspar Rodríguez Francia, ese personaje
turbio y enigmático, que acogió al hombre en desgracia,
a pesar de haber mantenido con él enfrentamientos en el pasado.
Podría haberlo entregado a Ramírez, que amenazó con
invadir el Paraguay si no lo hacía. Podría haberlo ejecutado
o sometido a una atroz prisión, pero Rodríguez no lo hizo
porque en la lógica del Supremo no era punible la defensa desinteresada
y heroica de la patria que Artigas había llevado adelante.
Al irlandés Campbell, remitido prisionero por Ramírez para
que Francia lo castigase por los prejuicios causados, lo dejó en
libertad para ejercer su viejo oficio de curtidor. De esta forma pacífica
terminó sus días el temible gaucho de Río que supo
imponerse de a caballo o maniobrando con habilidad sus faluchos sobre
las procelas aguas del Paraná y el Uruguay.
Al caudillo vencido le dio por hogar la villa de Isidoro Labador, en Curuguaty,
un remoto pueblo de negros, donde el otrora jefe de los orientales se
dedicó a labrar la tierra y recibir del Supremo el sueldo de capitán
que había gozado como oficial del ejército español.
¿Un acto de generosidad o acaso Rodríguez Francia pretendía
impartirle una lección de humildad? Las erogaciones se suspendieron
cuando Francia se enteró que Artigas donaba sus sueldos en limosnas
a los habitantes del lugar, con más necesidades que las que él
tenía.
Un grupo de indios acaudillados por Nicolás Aripi, se afincaron
cerca de Concepción y constituyeron “la Provincia hermana”,
que respondía a las ordenes de Artigas. Francia envió 600
soldados a expulsarlos. Aripi escapó y las mujeres y niños
fueron distribuidos en dos pueblos del interior de Paraguay.
En 1832 Fructuoso Rivera, por entonces presidente del Uruguay, lo invitó
a regresar, pero Artigas se rehusó. Quizás no había
podido olvidar la traición. Quizás no quería abrir
las heridas del pasado. Las cartas se repitieron en 1840, pero el viejo
caudillo ni abrió los pliegos. Expresó entonces su firme
decisión de morir en el ostracismo.
En 1845 fue designado instructor del ejército paraguayo, recibió
la noticia con alegría, pero enterado que era para una posible
contienda contra los federales argentinos, renunció diciendo: “No
quiero hacer soldados unitarios”.
Compartió la miseria con su amigo de toda la vida y compañero
de desgracia, el negro Ansina y con Clara Gómez Alonso, una joven
mujer que le dio un nuevo hijo, Juan Simeón, nacido en 1827. Con
este sumaba catorce vástagos que había sembrado por el mundo.
José María, su hijo con Rosalía Villagrán,
fue el último que lo visitó durante su exilio. Recién
en 1846 José María tuvo noticias que el Patriarca aun vivía
en Paraguay. “Entonces ¿mi nombre suena todavía en
mi país?” alcanzó a preguntar emocionado Artigas.
José María quería que su padre volviese a su patria.
En Uruguay, se volvía a hablar de él como un héroe.
Artigas ya no era el bandido, ni el cuatrero, ni el anarquista; se había
convertido en el padre de la patria. “Siento que hasta aquí
llega la Patria, quedaré hasta que Dios me llame. Porque mi corazón
idolatra la formación de una América grande”. Fue
con esta clara respuesta como Artigas explicó a su hijo porque
rechazaba volver adonde aún se peleaba por mezquindades. Efectivamente,
el Patriarca escuchó en silencio las historias de la contienda
del sitio grande que su hijo le contaba. ¡Montevideo continuaba
sitiada! y sus antiguos lugartenientes se peleaban como antaño.
Movió la cabeza sin entender treinta años de desencuentros.
El 22 de septiembre de 1850, Artigas supo que no le quedaba mucho tiempo
de vida. La gente que lo acompañaba quiso llevarlo a casa de Carlos
López, pero él se resistió: “Yo no debo morir
en la cama, sino montado sobre mi caballo; traigan a Morito que voy a
montarlo”.
“Morito
te llaman heroico moro oriental
los patriotas te aclaman
hasta la hora final”.
El 23 al amanecer, el fiel Ansina le cerró los ojos. Una carreta
llevó los restos del jefe de los orientales al cementerio acompañado
en este último trayecto por Julián Ayala, Alejandro García,
Ramón Paz y Benigno López, un hijo del presidente. También
estaban presentes dos de sus negros orientales, Manuel Liberto y el fiel
Ansina.
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