Hablemos de Historia
 
- Sin escrúpulos (X) - Ciudad de vicios
Por Omar López Mato

Hay espíritus que enturbian sus aguas
para hacerlas parecer profundas.

- F. Nietzche

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Las autoridades del primitivo Buenos Aires velaban para que reinase la paz y la armonía entre sus habitantes, fin que se deseaba mantener a toda costa, aún a expensas de rechazar la presencia de letrados en el pueblo.

Efectivamente el 22 de noviembre de 1613 (una fecha para recordar) los ediles encabezados por el regidor Miguel de Corro propusieron la expulsión de los licenciados Diego Fernández de Andrada, Jusepe de Fuensalida, Gabriel Sánchez de Ojeda, abogados recientemente llegados al pueblo “con animo de que haya pleitos para ganar plata”. En el escrito ad hoc, el regidor les advertía a sus conciudadanos los “pleitos, trampas y marañas” que habrían de asolarlos de allí en más. Para mantener esa paz y armonía, propugnaba que ninguno de los tres fuese admitido en la ciudad. La propuesta de Miguel de Corro fue respaldada con entusiasmo por todos los ediles que, de esta forma, le permitieron a los primitivos ciudadanos de Buenos Aires gozar de la paz propia del Paraíso Terrenal, sin juicios, ni leguleyos indiscretos. Quizás lo de Paraíso Terrenal sea una exageración del que suscribe porque, a consideración de los curas, un vicio abominable oradaba los cimientos de la sociedad porteña.

No era el alcohol, muchos menos el opio o la cocaína, tampoco lo era la marihuana: Nos referimos al MATE, infusión que los primitivos porteños tomaban a toda hora, aun ¡dentro del templo! Hernandarias trató de erradicar este “vicio” por todos los medios posibles, aún apelando a medidas de fuerza y amenazas; pero el gobernador criollo no tuvo suerte, al igual que con el contrabando, su esfuerzo cayó en saco roto. Los porteños habían salido viciosos, vagos y malentretenidos, a punto tal de que mataban sus largas horas de ocio con naipes, dados y juego de bolas, (el truques, como le decían entonces) un preámbulo de la ludopatía que asola actualmente a la cuidad.

El lugar más frecuentado para estas practicas estaba ubicado frente a la Iglesia de San Ignacio y pertenecía a un viejo conocido nuestro, Simón Valdez, el mismo que encabezaba las actividades de los Confederados introduciendo mercaderías de contrabando en la aldea, a cuyos habitantes mantenía entretenidos en estos menesteres lúdicos.

Hacia 1725, el regidor Luís Velorado denunció a los dueños de las pulperías por los precios excesivos que cobraban por mercaderías de primera necesidad y en 1780 el obispo de Buenos Aires se quejó de que la ciudad se había convertido en un garito. Para la misma época un capitán holandés visitó el puerto de Buenos Aires y dejó consignadas las miserables condiciones de vida de sus habitantes a los que no dudó en llamar “pobres diablos”, aunque, como vimos, se mantenían bastante entretenidos entre juegos de azar y tomando mate.

Tanta pobreza llegó a los abismos de la depresión cuando en 1685 el Cabildo debió empeñar “las mazas de plata”, que constituían el símbolo de su autoridad para costear el viaje a España de sus alcaldes. ¿A qué se debías tanta pobreza? A las rígidas y perversas leyes aduaneras que mantenían a la ciudad al borde de la ruina y a sus habitantes menesterosos y dedicados a entretenimientos poco edificantes.

 
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