| Hablemos de Historia | |||
| - Sin escrúpulos (XX) - La llegada de Cisneros | |||
| Por Omar López Mato | |||
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Una situación tan conflictiva como la que existía entre Liniers y Elio, agravada por la revuelta de Álzaga, no fue tolerada por la Junta de Sevilla que decidió enviar un nuevo virrey a la convulsionada Buenos Aires. La llegada de Cisneros fue celebrada con fiestas y convites organizados por lo mejor de la sociedad porteña, encantada de recibir una figura tan prestigiosa como la de éste héroe de Trafalgar. Nadie podía imaginar lo que habría de pasar apenas meses más tarde. Es muy probable que los comerciantes españoles hubiesen ejercido cierta influencia para desplazar a Liniers –que se hacia el distraído con el tema del contrabando para beneficio propio-. Además, Cisneros y Álzaga ya se conocían, de hecho, este último le había prestado al virrey la suma de 4.000 pesos que el marino se apresuró a devolver no bien puso pie en Buenos Aires. Cisneros estaba muy al tanto de la precaria condición política de España y a su vez, a través de Liniers, al que conocía desde tiempos en que ambos eran cadetes, se puso al tanto de los acontecimientos locales. Liniers actuó de consejero oficioso. Sin saberlo, estaba cavando su fosa y la de la colonia española, al sugerirle a Cisneros que no alterase el mando de las tropas criollas. A las de origen español él ya las había desarmado cuando la revuelta de Álzaga. El poder militar de Buenos Aires estaba en manos de los porteños. A Cisneros no le quedó otra opción más que seguir el consejo de Liniers porque no tenía medios económicos para sustentar a un ejército tan numeroso (de 40.000 habitantes que tenía Buenos Aires 8.000 pertenecían a las milicias). De esta forma dejó su futuro en manos de los nativos. Por otro lado Cisneros tomó todos los recaudos para que no se filtrasen las alarmantes noticias que venían de España. La caída de Sevilla era inminente y con ella toda España quedaría en manos de Napoleón. Impedir que se diseminasen todas las noticias era como tapar el sol con las manos y a esa tarea ímproba se abocó el virrey. En el ínterin y a fin de recaudar unos pesos para el alicaído erario público, Cisneros, por un tiempo acotado, abrió el comercio de la ciudad. Por primera vez los ingleses pudieron desembarcar y vender sus productos a plena luz del día, a pesar de que el síndico substituto del consulado, Gregorio Yaniz*, argumentó que no era “bueno el remedio que mata al enfermo” ya que esta apertura a productos ingleses sería la ruina de la incipiente industria colonial. Esta advertencia fue desoída y quedó establecido que las mercaderías inglesas serían consignadas o mercaderes que no fuesen de esa nacionalidad y que el pago se haría dos tercios en cueros y el resto en frutos del país, considerando la plata y el oro como tales. Los comerciantes ligados con Cádiz pusieron el grito en el cielo. Don Fernández de Agüero encabezó el reclamo rechazando la falta de tasas sobre estas mercaderías, señalando que los productos nacionales jamás podrían competir contra los precios de los ingleses y acotando, muy sagazmente, que esta libertad traería el resentimiento de las ciudades del interior con Buenos Aires. El Cabildo escuchó la voz de alarma y sugirió que no se introdujesen productos que pudiesen fabricarse en el país. Pero al final de cuentas la ciudad se abrió al comercio y Buenos Aires quedó inundado de productos ingleses, que no siempre abonaban de acuerdo a lo dictado por el Virrey. Mucho oro y plata salió de esta forma del país. *El síndico oficial era Juan Larrea, un comerciante con aceitadas relaciones con los franceses e ingleses pero que entonces estaba fuera de la ciudad. |
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