Por Enrique
Szewach
Por
la mañana, el gobierno de la presidenta Kirchner nos informa que
la inflación para los consumidores tiene un sesgo descendente y
ronda 8,5%-9% anual. Por la tarde, que “la culpa de la inflación”
es de los especuladores, el campo, los desestabilizadores que atacan a
los pobres en la Argentina.
Por
la noche, se firma algún “acuerdo” con supermercadistas,
o fabricantes de productos diversos, para “mantener los precios
bajos, como hasta ahora”. Resulta difícil entender cómo,
si la inflación baja, alguien tiene “la culpa”. Y cómo,
pese a los acuerdos, controles, impuestos, la inflación es alta
y alguien tiene la culpa.
Por
la mañana, el gobierno de la presidenta Kirchner nos informa que
la inflación para los consumidores tiene un sesgo descendente y
ronda 8,5%-9% anual. Por la tarde, que “la culpa de la inflación”
es de los especuladores, el campo, los desestabilizadores que atacan a
los pobres en la Argentina.
Por
la noche, se firma algún “acuerdo” con supermercadistas,
o fabricantes de productos diversos, para “mantener los precios
bajos, como hasta ahora”. Resulta difícil entender cómo,
si la inflación baja, alguien tiene “la culpa”. Y cómo,
pese a los acuerdos, controles, impuestos, la inflación es alta
y alguien tiene la culpa.
Al
otro día, también por la mañana, el dólar
alto es el “corazón” de la política oficial,
y no hacemos como Brasil, “que revalúa el real y perjudica
a su industria”. Por la tarde, el BCRA, tratando de frenar la salida
de dólares, deja que baje a $ 3,05, para “combatir la inflación,
y terminar con la especulación”.
Lo
mismo sucede con los impuestos a la exportación, en su versión
“móvil”. En el inicio del conflicto, su objetivo era
proteger el precio de los alimentos de los “pobres”. Después,
la forma de financiar “hospitales y rutas”.
Finalmente,
según el discurso de Néstor, serán necesarios para
pagar las obligaciones externas. En el medio, la Presidenta le asignó
a la “timba” el incremento de los alimentos y los combustibles.
Cuando, unas semanas atrás, la responsabilidad de dichos aumentos
era el paro del campo. Y agregaré un poco más de confusión.
Aunque
en el último año, la “inflación de alimentos”
en el país hubiera sido cercana a cero, la inflación, bien
medida, no hubiera bajado del 15%. No es el 25%-30% actual, pero es bastante.
De manera que el problema de la inflación argentina habrá
que buscarlo en otro lado, principalmente en la política fiscal
y salarial, desbordada en 2007 y sostenida en niveles altos en 2008.
Paradójicamente,
una parte importante del gasto se destina a subsidiar los precios de la
energía y de ciertos alimentos, “para que no haya inflación”.
Pero, para financiar ese incremento del gasto que permite “aislar”
los precios internacionales y “tener precios argentinos”,
hace falta recaudar más.
Y
ese recaudar más es el impuesto inflacionario, y los impuestos
a la exportación. Dicho de otro modo, para financiar los subsidios
a la clase media y alta de los precios de la energía, se recauda
el impuesto inflacionario (que pagan mayoritariamente los pobres).
¡Eso
es ser “progre”! Pero, además, seamos justos, se intenta
recaudar más impuestos a la exportación, de la “oligarquía
terrateniente sojera”.
Para
ello, el Gobierno diseñó un impuesto creciente a los ingresos
extraordinarios (no a las ganancias extraordinarias, porque no toma en
cuenta el incremento de los costos). Como para muchos productores este
impuesto, al ser a los ingresos y no a las ganancias, se termina apropiando
de una parte muy importante de las utilidades, surgió el conflicto.
Una regla básica de la buena
administración indica que, si los ingresos son extraordinarios,
lo mejor es no comprometerse a gastarlos: por la estructura del gasto
público, en todo el mundo, los ingresos extraordinarios pasan,
pero los gastos quedan. Usarlos en construir escuelas o caminos, o aumentar
a los jubilados, o reducir otros impuestos, es peligroso: cuando se acaben,
no habrá para financiar el nuevo gasto. Con ingresos extraordinarios,
lo mejor es ahorrarlos, cancelar deuda, pero no gastarlos.
Por el contrario, si este cambio
de precios relativos a favor de la energía y los alimentos está
para quedarse, no tiene sentido intentar “aislar” los precios
locales, dado que la factura se hará cada vez más cara,
se gastará, producirá, invertirá, sobre precios ficticios,
y se desaprovechará la gran oportunidad de tener precios relativos
internos que maximicen la producción y el crecimiento.
Como
siempre, la realidad “está en el medio”. Una parte
del aumento de precios es estructural, y habría que aceptarla.
Otra parece extraordinaria y habría que ahorrarla. Pero el Gobierno
definió el gasto presente y el futuro en función de precios
“plenos”, con el componente permanente y el transitorio. Por
eso estamos al borde de una crisis. Para financiar el gasto, o se apropia
de una parte importante de la mejora de precios, ordinaria y extraordinaria
(sin contemplar los aumentos de costos), o mira a otros sectores para
cobrarles más impuestos. O recauda más con la inflación.
Como
siempre, en la Argentina, al final de la historia, ¡es la política
fiscal, estúpido!
Fuente:
Perfil.com |