Editorial
 
-"No habrá más penas ni olvido"
Por Humberto Bonanata

 


Hace 22 años el cineasta Héctor Olivera producía una de sus mayores obras de realidad social argentina
. Trabajaron en ella Federico Luppi, Rodolfo Ranni, Ulises Dumont, Julio De Grazia, Arturo Maly y Víctor Laplace entre las figuras más sobresalientes.

Nuestro editorial de hoy tomó literalmente el nombre de la película.

Ella se desarrollaba en un pueblito de la provincia de Buenos Aires que llamaremos "Peronlandia" y transcurría durante el tercer gobierno del Gral. Juán Perón.

Todos se conocían, el Intendente (Luppi) era un hombre de bien que lucía orgullosos en su despacho los cuadros del General y de Evita. Sus hombres de confianza, hombres del pueblo donde habían nacido y donde tenían destinado morir naturalmente. Su fiel custodio (el Sargento Julio de Grazia), dentro de su incultura trasuntaba fidelidad y bohonomía.

Nada cambiaba con el correr de los días en un pueblo de amigos hasta que el General Perón echó de la Plaza de Mayo a los jóvenes idealistas de hoy el 1 de mayo de 1974. Como quien esto escribe, a pesar de sus quince años de entonces y su corazón balbiniano, ya era un "animal político" se escapó del control de sus padres y estuvo presente para escuchar a quien hubiera deseado integrara la fórmula del 23 de septiembre de 1973 junto con Don Ricardo Balbín en miras de la unidad nacional.

Era delegado de Franja Morada secundaria en la Escuela Superior de Comercio "Carlos Pellegrini" (dependiente de la Universidad de Buenos Aires), no por mi capacidad sino porque nadie quería justificar el cartel "Balbín-De la Rúa: la lucha continúa".

Éramos mocosos retrógrados que no aceptábamos recibir al Padre Carbone, Norma Arrostito y Mario Firmenich como visitantes ilustres del histórico Colegio que lleva el nombre de su creador, uno de los mejores estadistas que hemos tenido y aún no valorado.

Éramos "gorilas" que en mayo de 1973 no habíamos tomado el colegio ni expulsado profesores por su antiperonismo.

Viene a mi memoria una Señora profesora de Inglés de tercer año, la Sra. Ceballos, quien debió recurrir a este mocoso de entonces para pedirle que hable con el rector Ramón Vilutis, activo montonero y posteriormente exiliado en México con el sólo fin que no la expulsen del colegio por "gorila".

Reuní no más de diez compañeros de diferentes ideologías, incluidos peronistas que valoraban la capacidad de enseñanza de la Sra. Ceballos, quien podría haber sido mi madre en razón de edad. Exigí una extrevista con "el compañero rector" y mas o menos textualmente le dije con mis quince años: "Mirá Ramón, a la Ceballos no se la toca, aunque para vos sea gorila, para nosotros es una excelente persona...Si la echás te copamos el Colegio con amigos de la Franja Universitaria y nos quedamos a vivir acá hasta que la repongan en su cargo". Creo que esa supuesta valentía me la engendró mi padre, sus enseñanzas y padecimientos, por cometer el delito de "pensar distinto".

Nosotros no éramos más que esos diez que me acompañaron y no teníamos el apoyo de la Franja Universitaria para "tomar el colegio" pero defendíamos la dignidad de un ser humano que dependía de su trabajo para alimentar a sus niños por el hecho de ser viuda. No podía perder ese empleo...no tenía por qué perder ese empleo.

Aunque Vilutis me doblaba en edad, por entonces tendría treinta años, aceptó no echarla del Colegio sin condicionamiento alguno; nobleza obliga.

Pero en menos de una semana vendría la represalia. Se nos acercaron compañeros de quinto año de la Juventud Universitaria Peronista, longa manu de montoneros y nos pidieron que saquemos el stand radical del Colegio. Ante mi negativa, al día siguiente, el monto me dijo que teníamos que hablar y así llegamos al descanso de una de las escaleras del Pellegrini donde me encontré, sin saberlo, con varios personajes de la J.U.P. que litaralmente me cagaron a trompadas y patadas en los lugares donde más nos duele a los hombres.

El stand desapareció para la causa valió la pena: la Sra. Ceballos siguió siendo profesora y yo aumenté mi corazón libertario y radical.

Ahora retomemos la película de Héctor Olivera en "Peronlandia".

Ese 1 de mayo de 1974, después que en Buenos Aires los montos se retiraron de la Plaza de mayo al grito de "Montoneros..fuimos unos boludos...votamos una muerta, una puta y un cornudo (sic)" en "peronlandia" habían escuchado al General por cadena oficial... No sabían qué significaba la palabra "imberbes" pero como la había dicho el General, tendría razón.

El Intendente (Luppi) era del ala progresista pero no de la "patria socialista". Era un buen tipo, amigo de todos, peronistas y no peronistas. Pero a los pocos días vino la orden de intervención del ex Vice Gobernador Victorio Calabró, ya gobernador tras la renuncia del montonero Oscar Bidegain, de tomar todos los pueblos de Buenos Aires, de la manera que fuera.

Y los salvadores de la "patria peronista" comenzaron a enhebrar el "golpe de Estado" contra Luppi por ser declarado "traidor a la Patria peronista". Los amigos de antes, sin saberlo, se encontraron divididos en dos bandos

Comenzaron a aparecer armas de ambos lados y órdenes de renuncia sin causa justificada. Había que quedar bien con el General según decían sus falsos apóstoles y derrocar al Intendente.

Aprendían a disparar contra el viejo amigo sin saber por qué lo hacían. "Era la orden del general" de defender a la Patria.

Como corolario de esta película anticipatoria a la realidad, terminaron todos muertos entre ellos bajo el fondo musical de la marcha peronista.

Que las bandas bonaerenses no repitan el presagio de Héctor Olivera.

Que sólo cumplan con la ley que ellos mismos propusieron y que el 7 de agosto, Día de San Cayetano, patrono del trabajo, diriman sus controversias como si fueran democráticos.

Humberto Bonanata

Buenos Aires, Julio 17 de 2005

 
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