Nuestro
editorial de hoy tomó literalmente el nombre de la película.
Ella
se desarrollaba en un pueblito de la provincia de Buenos Aires que llamaremos
"Peronlandia" y transcurría durante
el tercer gobierno del Gral. Juán Perón.
Todos
se conocían, el Intendente (Luppi) era un hombre de bien que lucía
orgullosos en su despacho los cuadros del General y de Evita. Sus hombres
de confianza, hombres del pueblo donde habían nacido y donde tenían
destinado morir naturalmente. Su fiel custodio (el Sargento Julio de Grazia),
dentro de su incultura trasuntaba fidelidad y bohonomía.
Nada
cambiaba con el correr de los días en un pueblo de amigos hasta
que el General Perón echó de la Plaza de Mayo a los jóvenes
idealistas de hoy el 1 de mayo de 1974. Como quien esto
escribe, a pesar de sus quince años de entonces y su corazón
balbiniano, ya era un "animal político" se escapó
del control de sus padres y estuvo presente para escuchar a quien hubiera
deseado integrara la fórmula del 23 de septiembre de 1973 junto
con Don Ricardo Balbín en miras de la unidad nacional.
Era
delegado de Franja Morada secundaria en la Escuela Superior de
Comercio "Carlos Pellegrini" (dependiente de la Universidad
de Buenos Aires), no por mi capacidad sino porque nadie quería
justificar el cartel "Balbín-De la Rúa:
la lucha continúa".
Éramos
mocosos retrógrados que no aceptábamos recibir al Padre
Carbone, Norma Arrostito y Mario Firmenich como visitantes ilustres del
histórico Colegio que lleva el nombre de su creador, uno de los
mejores estadistas que hemos tenido y aún no valorado.
Éramos "gorilas" que en mayo de 1973 no habíamos
tomado el colegio ni expulsado profesores por su antiperonismo.
Viene
a mi memoria una Señora profesora de Inglés de tercer año,
la Sra. Ceballos, quien debió recurrir a este
mocoso de entonces para pedirle que hable con el rector Ramón
Vilutis, activo montonero y posteriormente exiliado en México
con el sólo fin que no la expulsen del colegio por "gorila".
Reuní
no más de diez compañeros de diferentes ideologías,
incluidos peronistas que valoraban la capacidad de enseñanza de
la Sra. Ceballos, quien podría haber sido mi madre en razón
de edad. Exigí una extrevista con "el compañero
rector" y mas o menos textualmente le dije con mis
quince años: "Mirá Ramón, a la Ceballos
no se la toca, aunque para vos sea gorila, para nosotros es una excelente
persona...Si la echás te copamos el Colegio con amigos de la Franja
Universitaria y nos quedamos a vivir acá hasta que la repongan
en su cargo". Creo que esa supuesta valentía me la
engendró mi padre, sus enseñanzas y padecimientos, por
cometer el delito de "pensar distinto".
Nosotros
no éramos más que esos diez que me acompañaron y
no teníamos el apoyo de la Franja Universitaria para "tomar
el colegio" pero defendíamos la dignidad de un ser humano
que dependía de su trabajo para alimentar a sus niños por
el hecho de ser viuda. No podía perder ese empleo...no
tenía por qué perder ese empleo.
Aunque
Vilutis me doblaba en edad, por entonces tendría treinta años,
aceptó no echarla del Colegio sin condicionamiento alguno; nobleza
obliga.
Pero
en menos de una semana vendría la represalia. Se nos acercaron
compañeros de quinto año de la Juventud Universitaria
Peronista, longa manu de montoneros y nos pidieron que
saquemos el stand radical del Colegio. Ante mi negativa, al día
siguiente, el monto me dijo que teníamos que hablar y así
llegamos al descanso de una de las escaleras del Pellegrini donde me encontré,
sin saberlo, con varios personajes de la J.U.P. que litaralmente me
cagaron a trompadas y patadas en los lugares donde más nos duele
a los hombres.
El
stand desapareció para la causa valió la pena: la Sra. Ceballos
siguió siendo profesora y yo aumenté mi corazón libertario
y radical.
Ahora
retomemos la película de Héctor Olivera en "Peronlandia".
Ese
1 de mayo de 1974, después que en Buenos Aires los montos se retiraron
de la Plaza de mayo al grito de "Montoneros..fuimos unos
boludos...votamos una muerta, una puta y un cornudo (sic)"
en "peronlandia" habían escuchado al General
por cadena oficial... No sabían qué significaba la palabra
"imberbes" pero como la había
dicho el General, tendría razón.
El
Intendente (Luppi) era del ala progresista pero no de la "patria
socialista". Era un buen tipo, amigo de todos, peronistas y
no peronistas. Pero a los pocos días vino la orden de intervención
del ex Vice Gobernador Victorio Calabró, ya gobernador tras la
renuncia del montonero Oscar Bidegain, de tomar todos los
pueblos de Buenos Aires, de la manera que fuera.
Y
los salvadores de la "patria peronista" comenzaron a enhebrar
el "golpe de Estado" contra Luppi por ser declarado "traidor
a la Patria peronista". Los amigos de antes, sin saberlo, se encontraron
divididos en dos bandos
Comenzaron a aparecer armas de ambos lados y órdenes de renuncia
sin causa justificada. Había que quedar bien con el General según
decían sus falsos apóstoles y derrocar al Intendente.
Aprendían
a disparar contra el viejo amigo sin saber por qué lo hacían.
"Era la orden del general" de defender a la Patria.
Como
corolario de esta película anticipatoria a la realidad, terminaron
todos muertos entre ellos bajo el fondo musical de la marcha peronista.
Que
las bandas bonaerenses no repitan el presagio de Héctor Olivera.
Que
sólo cumplan con la ley que ellos mismos propusieron y que el 7
de agosto, Día de San Cayetano, patrono del trabajo, diriman sus
controversias como si fueran democráticos.
Humberto
Bonanata
Buenos
Aires, Julio 17 de 2005
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