Pretendo
dedicarme a que juntos hagamos una autocrítica de las consecuencias
sobre las inestabilidades políticas que constantemente –y
muy especialmente en la actualidad kirchneriana- padecemos los argentinos.
Fuimos
a fines del siglo XIX cultores de la inmigración productiva que
hizo de nuestra Nación el granero del mundo y su quinta potencia.
Las influencias fascistoides cortaron de cuajo la institucionalidad democrática
el 6 de septiembre de 1930, con la complicidad de la acordada de la Corte
Suprema de Justicia de la Nación, que a mi criterio nos sumergió
hasta el presente en la constante violación de los derechos humanos
de los sucesivos adversarios políticos.
Como
continuidad a esa política nefasta e intervencionista, nos cerramos
al mundo y comenzó a gobernarnos la democracia formal que hoy más
que nunca es fomentada por amor al odio.
El
resentimiento como estigma y motorizador de la política de gobierno
ha logrado reabrir una herida que los demócratas considerábamos
cerrada con el juicio a las Juntas Militares, La Ley de Obediencia y la
Ley de Punto Final, inexplicablemente anuladas por el Congreso de la Nación
que las aprobó por mayoría especial en 1987, y la orden
tangencial de Kirchner a “su” justicia para que decida sobre
la inconstitucionalidad de los indultos dictados por Menem, cuando Kirchner
era menemista como tantos otros traidores del riojano.
Nosotros
como pueblo somos la causa. Contemplativos, cómodos
e inconformistas de lo que permitimos hacer. Es mentira que
las mayorías nunca se equivocan y para ello sólo
basta remitirse a la imagen de un presidente que para bajar el precio
de la carne, además de hacernos perder más de U$S 700 millones
en 2006 y el tercer puesto en el mercado mundial, ordenó enviar
mails masivos a los funcionarios de gobierno para que éstos los
reenvíen y aconsejen el no consumir carnes rojas. Si le hicieran
caso, el pollo y el pescado estallarán en las góndolas de
los supermercados, como lo harán los precios bajo fórceps
a pesar del deseo maternal de “gioconda” Micheli.
Pero
retornando a la historia todos nuestros antepasados políticos,
nadie queda fuera de su responsabilidad. El peronismo en grado de suma
disgregación y enfrentamiento constante no fue capaz de acompañar
el juicio político de la viuda de Perón para que Luder,
apoyado por la totalidad del arco opositor accediera a la primera magistratura
hasta el 17 de octubre de 1976, fecha convocada para las elecciones presidenciales
que hubieran llevado a Don Ricardo Balbín a un seguro triunfo,
acompañado por el voto peronista genuino.
Pero
la miopía, caos y vacío de poder pudo más que la
institucionalidad que acompañara el famoso decreto 1072/75 firmado
por el gabinete en pleno que autorizaba el aniquilamiento del accionar
subversivo.
No
existe responsabilidad sin causa. Y la mayoritaria sociedad
argentina de entonces respiró con alivio aquella madrugada de hace
30 años al sentirse liberada de la mediocridad sin límites
de la clase dirigente en su conjunto, incluida la impericia y desprolijidad
de quienes condujeron el proceso y, especialmente Massera, soñaron
en ser los herederos de Perón.
Hoy
nos gobiernan los vencidos de aquella guerra fratricida, quienes al pretender
arrodillar a las Fuerzas Armadas nunca consolidarán la paz interior,
ni afianzarán la justicia ni promoverán el bienestar general...
No
habrá unión entre los argentinos de hoy si Kirchner sigue
pregonando el resentimiento de un solo lado como si la sangre derramada
de quienes padecieron y lucharon contra la subversión secara más
rápido que la de los criminales que la promovieron.
Humberto
Bonanata
Buenos
Aires, Marzo 26 de 2006
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