El
designado ministro de Economía –José Ber Gelbard-
con el apoyo de su fiel amigo titular de la Confederación General
Económica Julio Broner y el administrador del producido ilícito
por los secuestros extorsivos de los montoneros, David Graiver, anunciaban
la “inflación cero”.
El
resultado de plan de fórceps setentista duró poco. Desabastecimiento,
agio, mercado negro, especulación y alteración de los reprimidos
índices oficiales de precios llevarían al entonces presidente
Perón a convocar a su viejo y honorable amigo, Alfredo Gómez
Morales, a tratar de corregir los descalabros macroeconómicos que
–como siempre- tuvieron un único sujeto pasivo: el pueblo.
El poder del Gómez Morales comenzó a desgastarse abruptamente
con la muerte del líder. Los matones sindicales de entonces a través
de la desaforada puja distributiva colaboraron en el fracaso del economista
keynesiano.
Isabel en el gobierno, con el consejo del “brujo” López
Rega, decidió convocar a un ignoto personaje cuya foto viajando
en subte en el día de su asunción ya forma parte de la historia.
Celestino Rodrigo trataría de blanquear sus desajustes macroeconómicos
a través del peor ajuste que la clase trabajadora haya debido soportar.
El estallido social acompañaba la guerra civil desatada entre los
argentinos y la situación se tornaba inmanejable. No se recuerda
mayor inequidad en la distribución del ingreso que durante su gestión.
Lo sucedió Emilio Mondelli, un gordito simpático con cara
de cantor de tangos. Poco le dejaron hacer: nada hizo hasta el 24 de marzo
de 1976.
En 2007, a seis años del primer golpe cívico empresarial
de nuestra historia, el incendiario convertido en bombero como auto presidente,
Eduardo Duhalde, pesificó asimétricamente y produjo la mayor
confiscación de los ahorros privados a través de su delegado
en economía Jorge Remes Lenicov, autor del aún no histórico
“corralón”.
Luego del desastre convocó a Roberto Lavagna para hacerse cargo
de la cartera económica. Comenzaba en la Argentina un nuevo plan
distorsivo: dólar alto; retenciones; subsidios a las tarifas públicas
y nueva germinación del cáncer que tanto daño nos
hizo como sociedad desde la década del cuarenta: la inflación.
Desde el subsuelo catorce al subsuelo séptimo la Argentina subió
siete pisos en la escala del desastre. La sustitución de exportaciones
y la expansión económica internacional a través del
crecimiento del precio de nuestros commodities, posibilitó que
Duhalde a través de Lavagna le sumara votos al exiguo 21,7% que
lograra Kirchner el 27 de abril de 2003.
A fines de 2005 la situación entre el “amo del feudo”
y su ministro llegó a su fin. Los soberbios caracteres de ambos
pretendían atribuirse la “paternidad de la criatura”,
algo similar de lo que sucediera entre Menem y Cavallo en 1996.
El hasta entonces ministro del “crecimiento argentino” ya
no agradecería más la confianza depositada por Kirchner
en su persona. Comenzaría a encontrar alteraciones macroeconómicas
y distorsiones en la distribución del ingreso de un engendro por
él creado.
Todo lo que estaba bien pasaría a estar mal. La economía
comenzaría a estancarse desde su renuncia y –lo que sí
es cierto- la sucesión de “Gioconda” Miceli y su bolsa
bañera ni la cara de susto del “nene” Peirano en nada
cambiarían ni transparentarían el “corset de la gorda”
impuesto por el propio Lavagna.
A siete días del paso adelante hacia el precipio o hacia la libertad,
se nos ofrece lo mismo que hace treinta y cuatro años. Pacto social;
reajuste de tarifas acompañado por aumentos nominales de salarios;
aumento en las retenciones a las exportaciones y continuidad en la distorsiva
aplicación de los subsidios, especialmente en el transporte.
El barril de crudo a U$S 90 ya se evidencia en las estaciones de servicio.
Los atrasos en las tarifas eléctricas –pesificadas 1 a 1-
ya no soportan la desinversión de cinco años (Lavagna y
De Vido incluidos). El precio del millón de BTU hace que la garrafa
social cueste más en Gregorio de Lafferrere que el gas domiciliario
en Recoleta.
Algo huele a podrido en la gran “olla Marmicoc” que hoy es
la economía duhalde-kirchnerista.
El duende de Gelbard amenaza con votar a “la Reina” y repetir
la historia con diferentes nombres y similares consecuencias.
Sólo haya una gran diferencia entre esos dos períodos de
nuestra historia: el líder ha muerto hace treinta y tres años
y nadie podrá controlar el estallido social de la desilusión.
Votar
a conciencia por las ideas de nuestros representantes es nuestro compromiso
irrenunciable para recuperar la República.
El lunes 29 será demasiado tarde para lágrimas.
Humberto Bonanata
Buenos Aires, Octubre 21 de 2007
|