Este
es el reflejo de la Argentina que nos toca padecer. Los gobernantes hacen
gala de su poder omnímodo, desnaturalizan el valor ínsito
de la democracia plena y tratan de ocupar todos los espacios para consolidar
su hegemonía. No sólo se conforman con el Estado sino que
también van por el partido gobernante, su propio partido. No aceptan
oposición interna ni externa, disvaloran el diálogo como
único intercambio de ideas contrapuestas y anhelan en su inmortalidad.
La historia nos ha demostrado que
todos somos mortales y judiciables. Especialmente aquellos que hacen de
la política un fin en sí mismo. Que algún día
volverán al llano y deberán enfrentar a la Justicia –así
con mayúsculas- y el presente será un oscuro pasado.
Son quienes se arrogan el juzgamiento
de los demás sin miramientos de la composición de su propio
patrimonio amasado -en su amplia mayoría- merced a la ejecución
de créditos hipotecarios que despojaban a los deudores de la mal
habida Circular 1050, parte de la historia nefasta de la Argentina.
Creen que todos los amanuenses
que hoy los rodean se ofrecerán “in totum” como defensores
de su dudosa honestidad. No perciben, porque el exceso de poder no les
deja, que en su gran mayoría abandonarán el buque como ratas
por tirante y los negarán más de tres veces.
Pero ello es parte de la cíclica
historia argentina que nos toca transitar. De una vida plagada de desencuentros
que no nos dejan crecer como pueblo, país, Nación, República.
De recordar la sabiduría
de los muertos y transitar disputando miserias mientras se nos va la vida.
¿Seremos sólo una
generación de tránsito hacia la madurez?
¿Será el nuestro
un purgatorio social?
Si a nuestros hijos y nietos les
sirve nuestra incongruencia para dejarles una Argentina mejor, vale la
pena.
Caso
contrario habremos fracasado como sociedad.
No
sólo es culpa de ellos; somos partícipes de nuestra propia
inmadurez.
Humberto Bonanata
Buenos Aires, Enero 20
de 2008
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