Marco
fue atacado por la espalda, golpeado hasta su desmayo y robado. Al recuperar
el conocimiento se padre lo alzó en sus espaldas y lo llevó
consigo y su tío Mateo a guarecerse bajo un árbol hasta
que volviera la luz. Pasada esa noche de terror, los mercaderes escaparon
de la tenebrosa zona.
Los
“caraúnas” (sangre mezclada) eran mestizos, hijos de
madres indias y padres tártaros.
Cinco
siglos después de la aventura de Marco Polo bien puede trasladarse
el penoso suceso de los mercaderes venecianos a cualquier habitante de
nuestro país, sin importar su rango social o el barrio en que habite.
La
“colombianización” argentina marcha a pasos agigantados.
Y lo que es peor, marcha sola, sin fomento oficial para sembrar el pánico
como lo hizo Duhalde en 2001 con los saqueos. Luego de las honradas víctimas
de la violencia social desbocada, el principal sujeto pasivo oficial es
el gobernador bonaerense Daniel Scioli. Aunque siempre supo ubicarse camaleónicamente
y pasó del ultramenemismo, hace ya una larga década, ahora
padece desde la cúspide del poder formal las consecuencias de los
“caraunas” entremezclados en el poder.
Tampoco
el poder central logra cercenar las constantes y diarias violaciones a
nuestros derechos humanos producidas por los delincuentes.
La
casa de Rubén Manusovich en Floresta, una importante inmobiliaria
en Palermo o una boutique en Recoleta padecieron “la ruleta rusa”
la semana pasada.
Nadie
puede predecir quiénes serán asaltados, heridos o muertos
esta semana. Nosotros mismos podemos llegar a integrar esa inagotablemente
a cualquier hora y en cualquier lugar.
El
“caraunismo” desatado en 2001 es el comienzo de una lucha
social intestina que sobrepasa la ideología de cualquier sector.
Es la lucha contra el otro por la lucha misma. Por el despojo, por la
vulneración de sus derechos sociales sin miramiento alguno.
Es
el comienzo de la disgregación social de un conglomerado de personas
que habitamos un mismo territorio sin ningún tipo de garantías
de los poderes constituidos.
Es la anarquía en estado lato.
Aún
estamos a tiempo para obligarles a quienes deberían gobernar a
que eviten “la profecía de Bergoglio”.
Sólo
la autoconvocatoria de la absoluta mayoría pacífica logrará
despertar el letargo a que “el progresismo” nos ha inmerso,
hasta ahora sin retorno.
Humberto
Bonanata
Buenos Aires, Febrero 17 de 2008
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