Qué
mejor abastecerse del cancionero popular del los hoy casi cincuentones
para imaginar lo sucedido esta semana en la febril mente de un soberbio
entre los chicos y cobarde entre los grandes.
Néstor
Carlos Kirchner y su delegada presidencial comenzaron su cuenta regresiva
al encontrar frente a su recurrente estilo de confrontación a
la pacífica movilización ciudadana coronada el histórico
15 de julio en Palermo.
Acostumbrados a “ir a fondo” merced a su neurosis
gobernante, los Kirchner, a siete meses de la reelección consorcial
encontraron –sin quererlo- a un pueblo unido; a una dirigencia
rural nunca quebrada y a una oposición que, luego de su letargo
de cuatro años y medio comprendió que la razonabilidad
del poder se construye en base al consenso y no por figuraciones egoístas
y mediáticas que sólo alcanzaban para exaltar un ego tan
fugaz como decadente.
Luego nuestros representantes se encargaron de hacer lo suyo.
Quiso la providencia posibilitar a un hombre como Julio César
Cleto Cobos colocarlo en un lugar histórico ante un hecho histórico.
Aunque no haya sido su deseo, debió merituar entre pasar a la
historia como un hombre valiente que no sólo toca la campanilla
del Senado o cobijarse en un ostracismo cada vez más próximo
a los Kirchner.
Y no podemos olvidar las fuertes críticas que le dirigimos a
Cobos cuando al apartarse de su partido político, el lugar de
ir al llano, prefirió acompañar a la “reina”
en la fórmula presidencial del 28 de octubre de 2008. Confirmamos
esas críticas como los actuales elogios, nobleza obliga.
Cuanto más democracia, menos kirchnerismo.
Cuanto
más unidad, menos totalitarismo.
Cuanto
más valor ciudadano, mayor disgregación del hegemonismo.
Y eso lograron,
luego de 127 días de fórceps que pensaban manejar en las
calles con sus “grupos de choque” y en las bancas
con la “caja rosada” abierta a comprar conciencias.
Y no pudieron.
Y comenzaron a caer –no ya sólo en las encuestas- sino
en el verdadero ejercicio de poder republicano que nunca respetaron.
No es menos cierto
que gran parte de su éxito se debió a la incapacidad de
la oposición de abroquelarse en un hecho tan ajeno a la politiquería
como digno de justicia. Tuvo que ser el campo con sus luchas quien nos
enseñó a la mayoría, ya nunca mas silenciosa, que
la perseverancia en las convicciones supera cualquier barrera, por mas
autoritaria que fuera.
Y los
Kirchner adelantaron su derrota de octubre de 2009, impredecibles
quince meses que deberemos soportar con una inflación serpentada;
caída diaria del poder adquisitivo de los trabajadores; desinversión
energética; inseguridad manifiesta día a día; cataclismo
en la educación pública en todfos sus niveles; insalubridad
para quienes no pueden pagar los aumentos de las medicinas prepagas;
subsidios cruzados y distorsionantes de una economía cada vez
mas ficticia y aislada del mundo y la negación de la realidad
como escape a la derrota.
Sólo
le restan cuarenta y un meses para concluir su mandato.
Pero revivimos
la Argentina institucional. A las 04.25 de la madrugada del jueves 17
de julio, el vicepresidente les enseñó a los hasta entonces
poderosos que ese poder no residía sólo en un hombre que
usurpa el mandato popular conferido a la madre de sus hijos.
Que la ley
de gravedad se potencia en política y que cuanto más abuso
de poder más fuerte será la caída. Una caída
que es deber nuestro evitar ya que el vacío de poder será
la constante frente a las crisis sociales que se avecinan.
Que hay que
ayudarlos a cambiar en su divisor populismo y enseñarles día
a día un poquito de democracia.
Que aunque
formalmente lo ejerzan, ya no tienen el poder.
Que la sagrada
carta alberdiana renació como el ave fénix
frente a la larga noche de la diktacracia.
Que el poder
reside en el pueblo que ya les perdió el miedo.
Ese será
nuestro mejor aporte a la consolidación de la democracia en sus
primeros veinticinco años de reinstauración.
Evitar que su irracionalidad
“neronesca” nos convierta en la antigua Roma.
Humberto
Bonanata
Buenos
Aires, julio 20 de 2008