Siempre
nos hemos caracterizado por nuestra inmadurez y a lo largo de este
cuarto de siglo la gente supo enaltecer y denostar a una misma figura
que luego negaba haberla votado. Y la imagen de Alfonsín se engrandece
más que por sus virtudes y defectos en el ejercicio del poder,
por la triste comparación ante la degradación institucional
que hoy padecemos por nuestra propia culpa.
Porque
no somos un pueblo valiente. Como latinos reaccionamos más
por instintos que por racionalidad republicana. Sólo nos conmovemos
en defensa propia y no por el bienestar general, por afianzar la justicia
ni garantizar la paz interior.
Aún
no asumimos el preámbulo como rezo laico y hasta que las figuras
de la generación del 80, Alberdi y los demócratas no entierren
la nefasta irrupción de Uriburu en el golpe de 1930 no habremos
comprendido la lección.
Sólo una genuina lucha sectorial
como la del campo frente a la soberbia gobernante nos unió a propios
y extraños. Y ese plexo histórico que causó la herida
de muerte del régimen en retirada volvió a despertarnos
del cobarde letargo.
Nadie, por mas alfonsinista que
se precie, imaginaba que un conglomerado voluntario y heterogéneo
saldría a la calle o consumiría cientos de horas de televisión
para despedir a un demócrata a quien quizás no votaron,
sea por diferencias ideológicas o porque simplemente no habían
nacido a la vida humana y cívica aquel 30 de octubre de 1983.
La
amplitud generacional que salió a las calles y la
respetuosa presencia de la juventud descreída de la actual dirigencia
política son parte del mensaje que ha dejado el presidente muerto.
La
falta de micros con gente paga, trasladada como reses con
el choripán y la gaseosa para un acto oficial es otro de los contrastes
que nos deja esta historia, aún fresca en nuestra mente.
La
gente salió a las calles no sólo a recordar el pasado sino
fundamentalmente a pedir futuro.
La sincera emoción, el beso
en la frente del cadáver y la mirada perdida de Carlos Menem demostraba
haber sobrepasado las miserias políticas de hombres que nos trascenderán
en la historia. Hoy le toca padecer al único líder carismático
viviente la persecución política a través de la “justicia”
de quienes Menem hizo llegar al poder cuando él tenía el
poder.
Las
traiciones si existen en la vida cotidiana, se potencian en la vida política.
Pero
Alfonsín, como Perón y Balbín en su momento, nos
dejó un legado: defender la unión nacional en una sociedad
destruida en sus valores durante los últimos seis años.
Murió
el día en que se cumplieron cuatro años del paso a la eternidad
de Juan Pablo II. Fue enterrado el día en que se conmemoró
el 27mo. aniversario de la gesta de Malvinas. Todo un mensaje para nada
casual.
Si
la clase política y el pueblo todo no los logra comprender, el
29 de junio será tarde para lágrimas ante la irracionalidad
del matrimonio gobernante dispuesto a todo con tal de no terminar en la
cárcel.
Humberto
Bonanata
Buenos
Aires, Abril 05 de 2009 |