Editorial
 
-Todo tiene un final…todo termina
Por Humberto Bonanata

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Hace seis años, un mes y tres días asumía el poder de algo que dejaba de ser República un hombre que demostraría en su paranoia el resentimiento como bandera y la construcción de poder como arma de atomización a todo quien hubiera de pensar distinto.

 
Nacía en el ahijado del golpista Duhalde una sociedad que comenzaba a agigantar sus divisiones: “nosotros o ellos” fue la consigna de este largo tiempo de historia perdida que nos dejó fuera del mundo civilizado, incluidos en ello a todos nuestros vecinos geográficos que aprovecharon el ciclo histórico del crecimiento para insertarse definitivamente en la democracia liberal sojuzgada por Kirchner.

Junto con sus adláteres del comienzo de la “era perdida” podemos recordar a Elisa Carrió, Felipe Solá; Aníbal Ibarra; Fernando Solanas y Miguel Bonasso, entre algunos de tantos hoy arrepentidos en la puerta de la tumba política del patagónico que hoy se abre como cierre del ciclo histórico más déspota en un cuarto de siglo de formal democracia.

Claro está que el hombre por naturaleza es mutante y debe ser bien recibido todo arrepentimiento. No sólo por nuestra tradición judeo-cristiana sino como síntoma de urbanidad de una sociedad que pretenda progresar sin eufemismos y con criterios de grandeza.

Hoy será un día de grandes paradojas.

Se dirimirá la cuarta interna abierta del justicialismo en “la madre de todas las batallas”: la Provincia de Buenos Aires. Allí pelearán voto a voto –esperemos que no sea también tiro a tiro- para saber, al decir de Serrat “a ver es el quién la tiene mas grande”. Enfrentamiento típicamente mafioso al que nunca deberemos terminar de acostumbrarnos.

Tanto Kirchner como De Narváez pueden ganar esa guerra por el poder interno del justicialismo. Aunque aquí aparece el primer gran derrotado del día: Néstor Kirchner aunque gane por varios puntos habrá perdido a las 18.01 hrs. el poder omnímodo del “levantamanos parlamentario”.

Deberá acostumbrarse a convivir desde el lunes con sus adversarios, internos y externos. Deberá tener la valentía en ser el hacedor de su propia decadencia. Deberá tener la amplitud de conciencia en reconocer que su ciclo ha terminado y evitar cualquier artilugio maléfico –típicos en él- que siembren el enfrentamiento entre argentinos.

Sinceramente no lo creemos capaz de nada de lo que escribimos en el párrafo precedente. Simplemente porque Kirchner no es un demócrata y no admite la natural división de poderes de la carta alberdiana de 1853/60.

Claramente, como dice Enrique Avogadro, porque el peronismo conoce más que nadie el “olfato a sangre” y sabe actuar como carancho frente al animal moribundo, al que ayuda a morir.

Y eso serán los Kirchner desde hoy a la tarde. Una larga y triste página de nuestra historia que no deja amigos sino socios cómplices de los delitos que deberán justificar en los tribunales federales de todo el país.

Deja a Lázaro Báez, a Cristóbal López y a Eduardo Eskenazi como prohombres del capitalismo de amigos.

Deja a una sociedad crispada y en la pobreza.

Deja a la agroindustria quebrada como síntoma de venganza en su derrotista lucha del año pasado. “Ganaron ellos pero igual los destruyo” parece ser su apotegma de venganza sectorial.

Deja un saber amargo en la juventud que no sabe qué se vota y –lo peor- no quiere ni le interesa votar. Logró sembrar el desprestigio del menos malo de los sistemas de gobierno entre ciudadanos que pretendan ejercer sus derechos.

Deja un Poder Judicial destruido en la confianza social con jueces abyectos, dignos de juicio político imparcial.

Pero hoy será un pueblo quien le dirá basta. Y contra el pueblo no encontrará sinrazones de venganza porque sabe de su inferioridad de condiciones.

Todo pueblo aprende sólo de su historia.

Hoy viviremos la elección parlamentaria más trascendente y más degradante de estos 26 años. Kirchner lo hizo aunque no le alcanza para mantener el poder. Y sabe que muchos amigos hasta hoy serán sus victimarios desde mañana.

Pero la historia del kirchnerato también nos deja enseñanzas positivas. Como nunca creer que el exceso de poder es más eficiente que el consenso republicano. Que los personalismos solucionan los problemas que los debates cívicos tardan en solucionar.

Que sólo a través del diálogo se afianza la convivencia y a través de ella el desarrollo y el crecimiento social.

También nos deja de aprendizaje que en política “lugar que uno no ocupa, lo ocupa otro” y que la participación es un deber republicano para evitar que continúen repitiéndose despotismos como el que hoy, entre todos los argentinos, ayudaremos a enterrar.

Humberto Bonanata

Buenos Aires, Junio 28 de 2009

 
 
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