Un
año antes habían muerto dos verdaderos estadistas que supieron
conducir los destinos de la República: Marcelo Torcuato de Alvear
y Roberto Marcelino Ortiz.
Europa seguía en llamas y hambrienta. El granero de mundo excedentario
en alimentos y en reservas de oro depositadas en el Banco Central.
Éramos
acreedores del viejo mundo; sólo debíamos continuar un camino
ordenado y paciente. Debíamos alimentar a nuestras raíces
desvastadas por la segunda guerra mundial.
Lamentablemente
la herencia germanófila del G.O.U. hizo estragos con los principios
libertarios de Alberdi. Tomamos el ejemplo de lo peor y de quienes perdieron
la guerra que declararon. El falso nacionalismo argentino veía
nacer en un hombre “el llamado de la providencia” y, en base
a la necesaria sustitución de exportaciones por la destrucción
de Europa, aprovecharon las banderas de la generación productiva,
aunque mal entendida.
Todos
sabemos lo que fuimos y lo que tristemente somos. No vale la pena redundar
en ese aspecto.
El
1º de julio se cumplieron treinta años de la muerte del ex
Presidente Perón y en el recuerdo que le prodigaron sus seguidores
quedó demostrada, por si hiciera falta, la división del
peronismo de hoy. Como hace también treinta años dos grupos
internos se enfrentaban en demostración de poder de fuego y de
muertos en sus espaldas, lo que nos conduciría a una guerra civil
no declarada.
En
el secundario me enseñaron que la historia es cíclica; se
repite con diferentes protagonistas y con meros cambios cosméticos.
Con la diferencia que en la década del setenta nuestro país
sustentaba un ingreso per cápita muy superior al actual; existía
casi pleno empleo y no eran necesarios los prebendarios “planes
reclutar” para armar milicias populares; la neoguerrilla urbana
llamada piqueteros.
Nadie
puede negar que la Argentina sigue peronizada y por ende, dividida. El
hegemonismo del partido dominante arrastra consigo el futuro de nuestra
Nación; la de quienes pensamos distinto incluida.
¿Cómo
puede demostrar un pueblo honesto, trabajador, arraigado a la familia
que es víctima del formalismo electoral y del revanchismo internista
de otros?
¿Luego
de la convocatoria de Blumberg: qué hemos hecho ante el constante
arrebato de nuestras libertades cívicas?
¿Cuáles
son nuestros constitucionales medios de defensa ante el hegemonismo bucólico
del 22% gobernante?
¿Leemos
los argentinos nuestra Carta Magna y los atributos para lograr una moción
de censura sobre un ministro que ha demostrado su rotundo fracaso como
Gustavo Béliz?
Volviendo
a las “milicias populares” la lógica indica que terminarán
juntándose. Sólo necesitaban un muerto de dudoso pasado
relacionado con el tráfico de drogas. Y debían hallar un
culpable. ¿Qué mejor que la Seccional 24ª de la Policía
Federal para realizar un ejercicio prerrevolucionario? Total, la decisión
de la Juez María Angélica Crotto de ordenar el restablecimiento
del orden perdido no pasaría “los filtros oficiales”
de la anomia y permisividad destructiva...
Semana
tras semana a Kirchner se le agrava el problema de cómo controlar
a los caciques milicianos. Ni el propio D’Elía cuidó
las formas políticas de proteger a su patrón político;
cometió once delitos por los cuales deberá comparecer ante
el Juez Federal Dr. Norberto Oyharbide. Pero eso no le preocupa; más
importa la fraternal compañía de Castells en el entierro
de Cisneros como sello de unidad de acción.
Kirchner
piensa cómo logrará controlar a estos grupos marginales
sin la ayuda de Duhalde. Perón echó de la Plaza de Mayo
el 1 de mayo de 1974 a…”esos imberbes que gritan”. El
viejo caudillo fue insultado por sus críos como paso previo al
camino de la clandestinidad. Todos sabemos qué siguió después.
Aunque Isabel ordenó aniquilar la guerrilla acompañada por
la valentía y decisión de Ïtalo Luder, ya era tarde.
Como
será tarde para Kirchner cuando quiera gobernar a su nuevo ejército
nacional y popular y no vengan sólo por nosotros: cuando también
vayan por él.
Humberto
Bonanata
Buenos Aires, Julio 4 de 2004
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