Opinión
 
-Otro record de pésima gestión: Los empleados públicos en la era Kirchner
Por Ernesto Poblet

www.notiar.com.ar

Saltó una denuncia del diario Clarín acerca de los escandalosos nombramientos en la Secretaria del Medio Ambiente. No menos de quinientos nuevos funcionarios designó de un saque la doctora Picolotti. Descollaban ahí un candoroso plantel de familiares, amigos dentro del país y amigos del exterior. Brillante inauguración de una imaginativa beneficencia implementada por nuestros espléndidos impuestos.
 
 
Más que el acto administrativo relajado y feliz de la nueva Secretaria, asombraron las justificaciones del Jefe de Gabinete. La teoría de Alberto Fernández -entusiastamente admitida por la presidenta Kirchner- debería ser observada por los estadistas del mundo. En caso de sufrir grandes daños ecológicos, los adecuados remedios se pueden encontrar mediante masivos nombramientos de funcionarios familiares y dentro de un exclusivo marco camaraderil. El planeta necesita de la más tierna sensibilidad entre nosotros para enfrentar la agresión de los perversos humanos con sus industrias y servicios contaminantes.

Hasta 1929 la administración del Estado argentino se caracterizaba por un plantel de empleados sobrio y funcional. Las instituciones del federalismo más o menos se respetaban y no se había caído aún en la elefantiasis centralista que se fue enquistando desde la década del treinta.

Las provincias y territorios nacionales –con sus respectivos municipios- cumplían los roles que les asignaba la Constitución Nacional y el desarrollo de su burocracia se fue conteniendo por el límite natural consistente en cuidar sus propios recursos. Esta relativa pero llevadera armonía institucional feneció drásticamente con la inauguración de los regímenes de facto asombrosamente admitidos y justificados por la Suprema Corte de Justicia.

La aparición de las “empresas” públicas y organismos de regulación del Estado nacional durante los regímenes del general Justo, los militares de 1943, el peronismo y la autodenominada Revolución Libertadora incrustaron en la historia veintiocho años de orgía estatista acompañada de un novedoso aparato sindical hiper-regulado, con garantías jurídicas exorbitantes, funciones extra constitucionales y potestades exageradas -por medio de las cuales- el poder de este sector dio por tierra con los frenos y contrapesos necesarios para el desenvolvimiento armónico de una república federal.

No ha sido casual que los males de nuestro país y Latinoamérica aparecieran junto a la crisis mundial de 1930. La moda del estatismo industrial y comercial fue parida en Europa mediante el sovietismo, el nazismo, el fascismo, los regímenes salazarista y franquista y ciertos ensayos o escarceos centralistas operados en otras naciones influyentes de aquel apabullado continente que tanto sufriera durante la segunda guerra.

SÍNTOMAS DE UN MAL GOBIERNO

La experiencia de las historias recientes han llevado a países vecinos –Brasil, Chile, Uruguay, Perú y Colombia- a escapar de los cantos de sirena de los populismos, la demagogia, el gasto público incontrolable, la falta de inversiones de capital y la carencia de asistencia financiera. Otros factores atentatorios contra los pueblos son la inseguridad jurídica y el abuso de los bienes públicos en descarado provecho de los propios gobernantes.

Hubo muy escasos gobiernos argentinos –desde 1930 hasta el presente- que cuidaran con prolija asepsia administrativa la buena administración de los gastos del Estado. Se ha llegado a tal situación de abusos que la calificación histórica de un buen gobierno partiría de una medición elaborada con parámetros muy simples: es cuestión de averiguar cuántos empleados públicos nombró durante su gestión y cuántos racionalizó. El gobernante que se destaca por engordar la burocracia deja desde ahí percibir la tendencia ineficiente de su labor. Tal síntoma incide como un muestrario de pésima gestión.

El cometido del matrimonio Kirchner ha llegado al paroxismo de la ineficiencia. El dato quedará consignado en la historia. A través de la abogada Picolotti, empedernida designadora junto al iluminado gabinete, este gobierno ha accedido a un récord que bien podría interesar a los informes Guinnes. Lamentablemente no se tienen datos acerca de otros regímenes gubernamentales que puedan competirle al actual sistema argentino.

Verseaba un poema de Lepera cantado por Gardel: “Por una cabeza de un noble potrillo, que justo en la raya afloja al llegar… Y que al regresar, parece decir: No olvidés hermano, vos sabés, no hay que jugar…”. La ventaja tan sólo de una cabeza es la que lleva el Estado argentino sobre todo el aparato industrial de nuestro país. Así acaba de ganar -en cantidad de empleados- a la dimensionada industria de todo el país.

Veamos las posiciones:

Primera Posición: El Estado patrón con 1.173.778 personas tan sólo en la privilegiada “planta permanente”, vale decir, los empleados registrados. Sobre contratados y demás yeites no se cuenta con información. No incluye a los trabajadores en negro ni a los contratados sin aportes al sistema jubilatorio. Los contratos de organismos internacionales -tipo Chacho Alvarez- tampoco se cuentan.

Segunda Posición: Toda la industria privada con 1.170.124 laburantes genuinos ocupan un honroso segundo puesto.

Para información ilustrativa de la presidenta Kirchner, cabe aclarar en este clásico cuasi turfístico, que las palmas en la generación de empleos se la lleva el sector “servicios” con nada menos que 3.711.743 personas. Con estas cifras se lo puede considerar fuera de concurso. Esperamos ver a la atildada investidura presidencial no excediéndose más en sus improperios contra un sector manifiestamente “inclusivo” de nuestro universo productivo. Los “servicios” también existen, no es cuestión de deshecharlos.

Cabe aclarar, estas informaciones han sido publicadas recientemente por el inobjetable indicador de datos estadísticos denominado INDEC. Quizás los datos puedan sufrir errores. En tal caso podríamos retractarnos justificadamente de las impertinentes denuncias contra el régimen situacionista.

EL EMPLEADO PÚBLICO

El empleado público, aún siendo una buena persona y trabajador, lamentablemente incide en el gasto del Estado. En su conjunto –mediante los abusos- los empleados públicos retroalimentan la ineficiencia del Estado en casi todos sus órdenes. Si los hay en exceso ya pasa a ser una enfermedad del órgano estadual. Pues va adquiriendo ventajas a costa del gasto y muchas veces es inconciente de ello.

Lamentablemente es una realidad acorde con la situación. La propiedad privada no existe en el Estado. Todo empleado público empieza por llevarse resmas de papel o biromes a su casa. Jamás se le ocurriría pensar que ese material tan sencillo y barato - inocentemente llevado para sus niños- se está multiplicando por millones en el consumo.

Y lo hacen silenciosamente. Nadie jamás lo comenta con nadie pero saben que lo están haciendo. Se hace difícil calcular los demás materiales simpáticamente hurtados o agotados en el dispendio. La energía eléctrica, el gas, la yerba, el azúcar, el papel higiénico, el teléfono, las fotocopias, los libros, las carpetas, los artículos de bazar, de ferretería, los jabones y demás enseres de limpieza... el inventario sería interminable y la suma general puede asustar demasiado.

Es una sangría que se ha tornado una enfermedad. Súmesele a eso las interferencias burocráticas que producen los empleados y funcionarios por su deseo de ser protagonistas en los actos del Estado. Provocan el engorrosamiento de los expedientes, la necesidad de hacer creer y creerse ellos mismos acerca de lo indispensable de sus funciones.

Los empleados públicos han constituido una corporación poderosa y abigarrada. No podemos los argentinos reducir el número exagerado de empleados públicos -siempre sobran cientos de miles- ni meternos con sus altos sueldos. Sus gremios son los más activos y hasta violentos, se lo pasan haciendo zozobrar al resto de los trabajadores que quieren concurrir a sus trabajos. No se puede ni crear conciencia en la población acerca de la necesidad de bajar por ese lado el gasto del Fisco y así comenzar el Estado en todo lo que pueda aportar para el despegue tan ansiado.

Se trata de un círculo vicioso. Hay desempleo precisamente por la incidencia del exceso de empleados públicos y el mismo gasto público exacerbado del cual los empleados son una parte muy importante. El gasto público no nos deja crecer. No permite generar empleo privado que es el que interesa por su efecto productivo, creador y multiplicador de riqueza.

La insufrible devaluación, pesificación y default provocaron la pérdida masiva del empleo a una proporción espantosa de trabajadores privados, cerca de dos millones ¡y nadie pataleó - nadie chilló¡ qué significa ésto. ¿Hay una corporación sobreprotegida..? Sin embargo, todas esas personas que en el Estado son parasitarias en la actividad privada pasan a ser útiles a la sociedad.

PECADO ORIGINAL

Los empleados públicos en la Argentina y en la mayoría de los países padecen de un "pecado original". Todo empleo público se obtiene por una recomendación, por un acomodo, por una amistad, por un parentesco. Los casos excepcionales a los que se accede por concurso también están teñidos por esos vicios. Los funcionarios se las arreglan para manejar hasta los concursos mas aparentemente transparentes. Sistemáticamente, en cada nombramiento de un empleado público se viola el art. 16 o 17 de la Constitución. Jamás se preserva el derecho a la igualdad o a la competencia.

El empleo público perjudica a los pobres. Más de la quinta parte de los ocupados perciben ingresos públicos. El sector está compuesto por dos millones de personas según recientes cálculos entre permanentes y contratados. El ingreso promedio de los empleados públicos es 18% mayor que el promedio del sector privado. (Ver Ernesto Kritz-Sociedad de Asuntos Laborales).

El empleado público goza de estabilidad plena. No así el correspondiente al sector privado. Cuentan los estatales con una norma constitucional que establece como obligatoria la estabilidad del empleado público. Se le concedió una estabilidad discriminatoria . Determinados políticos nuestros han tomado al empleo público como un seguro de desempleo y al mismo tiempo hacerlo jugar un papel redistributivo, lo cual es un grave error económico en perjuicio de toda la comunidad.

Un dato escalofriante llegó estos días a las páginas de los diarios que demuestra flagrantemente el dispendio inescrupuloso de la administración actual. Entre el primer trimestre de 2007 e igual período de 2008 todo el Estado argentino (Nación-Provincias y Municipios) sumaron a su planta permanente de empleados la friolera de 65.460 personas. Vale decir, incorporaron 179 “ trabajadores” por día.

El autor es abogado, periodista e historiador.

epoblet@fibertel.com.ar

Gentileza en exclusiva para NOTIAR

 
 
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