A
esta altura del partido es evidente que Néstor Kirchner, arrogándose
un protagonismo y funciones que no le corresponden, intenta llevar a la
Argentina a una escalada de conflicto social que no sabemos dónde
puede terminar. Digámoslo con todas las palabras: ya satura tanta
agresividad, prepotencia e intolerancia; aburren ese monótono discurso
demagógico que tergiversa la realidad y la constante descalificación
de sectores y personas que piensan diferente.
Si
bien este comportamiento incivilizado estuvo vigente durante 5 años,
en los últimos meses se ha profundizado de manera notable. ¿Qué
se busca con tanto grito, amenazas y descalificaciones? ¿Por qué
esta escalada en la agresión? Una respuesta posible es que el oficialismo
haya advertido que está terminando su momento de gloria. No sólo
por la espectacular caída en la imagen del matrimonio presidencial
y el aumento de la imagen negativa, sino también porque la economía
ha entrado en un proceso de acelerada disminución en la actividad,
junto con un notable incremento de la inflación. Todo esto sazonado
con una fenomenal distorsión de precios relativos y crisis energética.
Basta
con ver el Índice de Confianza del Consumidor que elabora la Universidad
Torcuato Di Tella para advertir que la gente tiene un grado de incertidumbre
que se acerca bastante al de noviembre del 2001, un mes antes de la caída
de De la Rúa y con el corralito en vigencia. Es más, ya
durante el 2007 la confianza del consumidor tuvo una clara tendencia decreciente:
la gestión de Néstor Kirchner perdió, entre enero
y agosto del año pasado, un 24% de confianza en los consumidores.
Por
alguna extraña razón, los argentinos pensaron que Cristina
Fernández de Kirchner iba adoptar un comportamiento diferente al
de su esposo. Así, por tres meses, logró recuperar parte
de la confianza perdida. Sin embargo, entre enero y junio de este año,
la presidenta consiguió que el mencionado índice bajara
un 28%, lo que lo ubica en niveles muy parecidos al crítico 2001.
Un
dibujo muy parecido tiene el Índice de Confianza en el Gobierno.
En este caso, la caída es del 49% entre enero y junio de este año.
El Índice varía entre 0 y 5 (cero es la peor nota y 5 la
mejor). En junio pasado estaba en 1,21 y en mayo del 2003 en 1,22. Como
dato adicional, la confianza en el gobierno cayó el 63% desde su
punto más alto en junio del 2003. En resumidas cuentas, el gobierno
tiene licuada la confianza de la gente en su capacidad de gobernar y en
la confianza de los consumidores sobre el futuro de la economía.
La
actividad económica baja, a mi juicio, por varias razones. A saber:
a) incertidumbre de la gente ante el creciente conflicto político
y social que creó el gobierno, b) caída del ingreso real
por efecto de la inflación y c) la licuación del tipo de
cambio real ya no incentiva a la gente a desprenderse de dólares
ahorrados para consumir. Con U$S 100 nadie hace ningún desparramo
como en el 2002. De manera que el consumo que tenía como combustible
la venta de dólares dejó de existir y ahora, por el contrario,
la gente prefiere comprar dólares ante tanta pirotecnia verbal
y medidas económicas absurdas.
Como
sistemáticamente el Gobierno se ha encargado de espantar las inversiones
con sus medidas y ahora agregó un castigo adicional a las exportaciones,
no hay forma de recuperar el nivel de actividad ante la caída del
consumo. Vamos, por no decir que ya estamos, a un proceso de congelamiento
de la economía.
Si
por el lado de la actividad económica el malhumor se palpa claramente
en la calle, indicador más científico que los números
que elabora el INDEK, por el lado del tema impositivo el gobierno ha logrado
generar una doble rebelión fiscal gracias a su enorme capacidad
para crear nuevos problemas.
Es
que no sólo está el conflicto con el campo por las retenciones,
sino que, además, la gente siente escalofríos con el impuesto
inflacionario que está pagando. La caída de los depósitos
del sector privado y la constante demanda de dólares reflejan claramente
las expectativas inflacionarias de la población.
Es
por esta razón que los impresionantes cacerolazos, que llevaron
a poner vallas por todos lados en la Quinta de Olivos, intentando aislar
aún más al gobierno de la cruda realidad, muestran claramente
el nivel de agotamiento de la gente ante los crecientes problemas económicos
y la soberbia del matrimonio.
Si
uno tiene en cuenta todos estos datos, más el poco optimista horizonte
electoral que tiene el oficialismo para el 2009, los gritos de Néstor
denunciando desestabilización y golpes contra Cristina podrían
estar escondiendo, en el fondo, el deseo de irse antes de tener que afrontar
la humillante situación de enfrentar una economía descontrolada.
Porque es bueno recordar que la gente puede tolerar cierto desprecio por
las instituciones mientras la economía funciona, pero la historia
reciente demuestra que cuando la burbuja económica se pincha, la
factura se pasa por la inflación, la caída en la actividad
más la falta de respeto a las instituciones y los sonados casos
de corrupción.
Forzar
el caos social y luego buscar un chivo expiatorio es un viejo truco para
tratar de evitar hacerse cargo de los resultados de tanta insensatez.
Fuente:
www.economiaparatodos.com.ar |