Opinión
 
-Es riesgoso llevar todo al límite  
Por Eugenio Paillet

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Resulta difícil no caer en un lugar común: Néstor Kirchner salió a doblar la apuesta. Ha vuelto a apostar fuerte, como a él le gusta. Otra vez embadurnado en la obsesión casi enfermiza sobre la existencia de un plan del campo para desestabilizar al gobierno de su mujer. Tal vez se ha diferenciado de las varias veces anteriores en las que incurrió en la provocación verbal a sus adversarios de ocasión: ahora ha llevado el entrevero con las entidades rurales a su punto límite. En consonancia con las dificultades que encuentra su tropa de legisladores para sacar la ley de retenciones tal como quiere el gobierno, ha puesto las cosas en un definitivo y peligroso plano de todo o nada.

Cristina Fernández cedió finalmente a las presiones del Ministerio de Planificación para llevar adelante el nefasto plan de Ricardo Jaime, decidido contra lo que raye a sacar a sus dueños españoles la empresa Aerolíneas Argentinas. Es muy probable, y penoso, que la presidenta haya comenzado a cerrar la única --tal vez la última-- puerta abierta para la Argentina ante el duro y competitivo mundo europeo, que hasta ahora encarnaba el gobierno del socialista Rodríguez Zapatero.

El maravilloso mundo en el que vive Guillermo Moreno nos acaba de entregar la noticia que rompe hasta los corazones más insensibles: el costo de vida no aumentó en junio. Los precios que controla el secretario de Comercio fueron iguales que en el mes anterior. El INDEC insólito del kirchnerismo no mide la sideral suba de la carne, de los alquileres, de la ropa, de los seguros de automotores, etc. Realmente, exacerba los ánimos que este personaje oscuro y patotero les siga tomando groseramente el pelo a los ciudadanos.

Volvamos a Kirchner. Pareciera que después de las marchas que el oficialismo y el campo han convocado para este martes, pero también de lo que ocurra en el Senado, cualquier tremendismo puede pasar. No sólo si las cosas resultan a contrapelo de lo que reclaman los productores. Ellos han aportado su grano de arena a la imagen por ahora difusa de un desmadre social, al prometer que si la ley no los satisface irán en queja a la Corte Suprema de Justicia.

También en el caso nada desechable de que los senadores oficialistas no consigan ratificar la ley que les llegó desde Diputados. Veamos este punto. Hay en el propio gobierno quienes, en las últimas horas, han hablado a contramano de aquel discurso pretendidamente institucional de Kirchner, que acusa al campo de no aceptar las reglas de la democracia. "Si nos les gusta a ellos, amenazan con romper todo", los ha chicaneado en su segunda conferencia de prensa en poco tiempo.

Pero, desde el riñón del gabinete, Florencio Randazzo aseguró que si, por aquellas calamidades impensadas, el Congreso vota otra ley que no sea la que ratifica lo votado en Diputados, el Ejecutivo la vetará sin más trámite, con lo cual quedaría vigente la polémica resolución del 11 de marzo, con todos sus pecados e inequidades de origen. Se podrá argüir, como lo hacen algunos estrategas del kirchnerismo, que es potestad del gobierno utilizar la herramienta del veto. Es cierto. Pero no puede Kirchner entonces sostener livianamente que el único que no respeta el libre juego de las instituciones, en este caso del Parlamento, es el campo o algunos integrantes de la Mesa de Enlace.

Conviene repetirlo. Apenas tras un breve respiro, Kirchner ha retornado al ruedo con sus peores formas. Por momentos desencajado, convencido más que nunca --sin que nadie en su entorno o en el gobierno logre convencerlo de lo contrario-- de que esto se trata de una guerra en la que hay que ganar o morir, y que enfrente tiene a un enemigo al que, como en toda guerra, hay que exterminar. Suena insensato llamar a la marcha que convocó para el martes frente al Congreso como una concentración de paz y amor.

Esa manifestación, de paz y amor, no tiene nada, y rebosa en cambio de provocaciones y no pocas incitaciones a la violencia. Hebe de Bonafini, una de las convocantes, reunida en la Casa Rosada para organizar detalles, ya reclamó echarles gas y moler a palos a los productores agropecuarios que piden la anulación de una ley claramente confiscatoria de sus ganancias. Junto a ella, convocados por Oscar Parrilli, estuvieron en esos menesteres otros pesos pesado de los grupos de choque del oficialismo como Luis D'Elía, Emilio Pérsico, Humberto Tumini y Carlos Kunkel.

No hay un gramo de paz en esos dirigentes, en quienes prevalecen ánimos de venganza y represalia. En el caso del penoso diputado, ni siquiera hay respeto por la opinión diferente de un par suyo, como acaba de ocurrir con sus fieros insultos a Felipe Solá. No es paz y amor, en definitiva, lo que el ex presidente y su mujer les han transmitido en las últimas jornadas a los senadores propios, y hasta a algunos de otras bancadas, si cometen la osadía de votar en contra del proyecto de la Casa Rosada.

Cuentan confidentes del poder que Kirchner quiere cien mil personas en la Plaza del Congreso, donde será único orador. Parrilli --cuándo no-- fue el depositario de esa orden rajante. Se explica en los corrillos gubernamentales: el ex presidente le teme más de lo que jamás reconocería a la foto que pueda entregar la marcha del campo frente al Monumento a los Españoles, que, según sus organizadores, podría empardar a aquella otra del 25 de mayo frente al Monumento a la Bandera.

El temor no es ocioso: allí convergerán de seguro manifestantes con el perfil de quienes estuvieron en Rosario, más el agregado de los habitantes porteños, que reprueban mayoritariamente el estilo autoritario y soberbio del matrimonio Kirchner. La caída en picada de Néstor y Cristina en las encuestas de imagen, para más datos, se ha nutrido de la opinión ciudadana de la Capital Federal casi en igual medida que en el conjunto de las opiniones recolectadas en el resto del país.

Como telón de fondo de ese escenario, se ha instalado el debate en el Senado. Aquellos aprietes desde Olivos a legisladores propios y aliados circunstanciales reconocen una carencia: nadie hace tamaños esfuerzos por nada. Con el correr de las horas y el paso de los debates en la Cámara Alta, ha crecido la impresión de que el gobierno tendría todavía más dificultades que la semana anterior para conseguir la mayoría que le permita sancionar la ley sin modificarle una coma.

Aquellas apelaciones dramáticas, apocalípticas de los fanáticos del kirchnerismo, según las cuales podría caer el gobierno si no sale la ley y debe volver a Diputados, donde una mayoría especial es absolutamente imposible de conseguir para ratificar su propio dictamen, hablan de esa preocupación y de pedidos en tono de ruego, como el de Cristina con el radical rionegrino Pablo Verani, quien igual respondió que votará en contra.

Algunas actitudes del oficialismo para respaldar el proyecto de la Casa Rosada lo mostraron con el paso cambiado. Frente al surgimiento de alternativas que han generado más de un consenso, como es el dictamen que propone Carlos Reutemann, los senadores kirchneristas se han mostrado, en el mejor de los casos, sin capacidad de reacción. Vale un ejemplo: si lo mejor que tiene Kirchner para mandar al Senado a defender las retenciones móviles es un impresentable como el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, es porque las cosas no funcionan como lo pinta algún falso triunfalismo de última hora.

Hay quienes objetan esos modos. Son los mismos que suelen reconocer por lo bajo que si Kirchner se hubiese apartado, como prometió en un comienzo, de la gestión presidencial que obstinadamente se resiste a dejar, la administración de su esposa no habría atravesado por tantos tropiezos. Pero pasa lo que siempre pasa en este gobierno desde el 10 diciembre pasado: el que traza la estrategia de quién va a defender qué cosa es Kirchner y no Cristina.

La presidenta, tal vez como consecuencia de ese plan de acción que le ha sido impuesto en las alcobas de Olivos, ha entrado, de un tiempo a esta parte, en una suerte de actitud despreocupada, casi indolente, ausente que, en lugar de serenar los ánimos en las encuestas, pareciera crisparlos aún más. La última referencia al campo que se le escuchó en los últimos días a Cristina fue para reconocer, entre jocosa y divertida, que el conflicto la volvió de repente una experta en vacas, trigo y soja.

Lo que se comprueba, por otra parte, que se ha convertido en una constante a medida que ha avanzado el conflicto y el gobierno ha desnudado sus carencias o sus debilidades, es que crece la oposición interna a Kirchner en el peronismo. Tal vez por ahora con nichos muy marcados. Eduardo Duhalde y José Manuel de la Sota por un lado. Carlos Reutemann, que parece aglutinar a buena parte del peronismo santafesino, por otro. Juan Schiaretti y el entrerriano Jorge Busti, que buscan hacerse fuertes en sus respectivos dominios. Felipe Solá, a quien, según se dice en corrillos parlamentarios, le están soplando al oído para que aproveche su actitud rupturista y vaya por más.

Se habla primero de una prueba piloto para capturar la jefatura del peronismo bonaerense, hoy en manos del ex menemista y ex duhaldista, y ahora ultrakirchnerista José María Díaz Bancalari. Después vendría, dicen en los mismos mentideros, el salto hacia la candidatura a gobernador en 2011, con el voto del peronismo disidente, de la clase media urbana y del interior provincial que rechaza el estilo autoritario y soberbio de los Kirchner y, por supuesto, del favor de la gente de campo. Todo esto se verá, pero son síntomas de un progresivo deterioro de la otrora autoridad férrea del santacruceño.

Un párrafo para la segunda conferencia de prensa que ofreció en menos de un mes el hombre que jamás, en aquel período, habló con los medios, salvo con aquellos que siguen la bajada de línea que dicta la Casa Rosada. Es evidente que Kirchner no se anima a enfrentar a los periodistas sólo con su alma.

Necesita a su alrededor del coro de aduladores y alcahuetes que todo aplauden mientras enarbolan sus índices en señal de aprobación. De la barra de pesados que se encargan de que no haya repreguntas o de abuchear cuando alguna pregunta no les gusta. Se divierte malamente envalentonado por esa claque, maltratando a simples trabajadores de prensa por el pasado o el prontuario de los dueños de algunos de los medios a los que pertenecen.

Necesita, en suma, rodearse de conversos de toda clase y toda época que no dudarán ni un segundo --y él debiera saberlo-- en clavarle puñales por la espalda cuando el mango de la sartén del peronismo cambie de dueño.

Fuente: La Nueva Provincia (Bahía Blanca)

 
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