Opinión
 
-Dos actos, una misma tentación
Por Carlos Berro Madero

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Un nuevo género de democracia está comenzando a popularizarse en la Argentina: la democracia callejera. La que trata de convencer y convencerse de que llenar una plaza “representa” algo que pone en valor público una idea o un reclamo cualquiera.

 
 
Es por cierto una forma tentadora de intentar la legitimidad “de facto”.

No es casual que la dirigencia del campo se haya seducido con este método y lo haya puesto en práctica una vez más, como gimnasia renovadora de sus tradicionales reclamos a las autoritarias formas de conducir la república del partido “oficialista” con su enorme conglomerado de piqueteros, funcionarios adocenados, empleados públicos que reciben asuetos y “estímulos” y empresarios ávidos de seguir prendidos de la teta gubernamental.

Pareciera pues que la fortaleza de una reivindicación debería medirse así por la cantidad de gente “verdadera” que asiste a presenciar los discursos pronunciados desde palcos donde el fervor de los oradores desata la lengua, y en los que por tal motivo se ve prosperar muchas veces una inevitable emotividad, que transforma un reclamo en una avalancha de reclamos un poco confusos y reiterados sin mayor orden.

Alguna vez se ha dicho que quien intenta ser fuerte sin tener necesidad de serlo y se exterioriza con vehemencia, -aunque tenga todo el derecho a ello-, demuestra que, probablemente, no es sólo fuerte, sino temerario hasta el exceso.

Algo de todo esto ha sucedido una vez más la tarde del martes 15 de julio de 2008 en la Plaza del Congreso y el Monumento a los Españoles.

El saldo de las manifestaciones es que los protagonistas de ambas demostraciones deberán concluir que la “naturaleza de las cosas”, -a la que tanto solemos acudir como referencia en nuestras reflexiones-, no podrá reemplazar un curso de acción que aparece como inexorable: el dictamen de quienes han sido elegidos para representarnos.

Y los contendientes deberán admitir que si de la demostración dependiera, la falta de diálogo reemplazado por vítores enfervorizados, mantendrá latente el problema que se desea dirimir, en cualquier caso en que “no alcance”, según la óptica de quien se trate.

Hemos dado nuestra opinión en cientos de oportunidades sobre el erróneo camino por el que quieren hacernos transitar Néstor y Cristina Kirchner; pero esta vez nos ha parecido que quienes se oponen a las retenciones a la producción agropecuaria, han “copiado” un modelo de expresión popular que ha sido desterrado en la mayoría de las democracias evolucionadas, sobre todo en aquellos casos en que una ley (mala o buena según se mire) ESTÁ EN DEBATE EN LOS AMBITOS DE LAS INSTITUCIONES CONSTITUCIONALES.

Por lo tanto, y dirigido como mensaje a los dirigentes agropecuarios, con quienes simpatizamos ampliamente y a quienes siempre acompañamos: creemos que el acto de Rosario fue importante y crucial porque forzó los cauces constitucionales; el de Palermo, resultó republicanamente innecesario y una peligrosa copia de las expresiones de gobiernos populistas que, como los de Kirchner y Chávez, sólo sirven para dividir a la sociedad, creando antinomias viscerales y alejando a los protagonistas de la racionalidad y la sujeción a la ley.

No ha resultado casual pues, que el ex presidente haya aceptado la pulseada desde el vamos, diciéndose probablemente a sí mismo algo así como “a mi juego me llamaron”, procurando ocupar una nueva tribuna popular simultáneamente, frente a los desprotegidos arreados como ganado por un precio vil a quienes les endilgó una vez más su arenga ideológica inoportuna y violenta.

Ahora, el análisis versará casi exclusivamente sobre cuántos adeptos concitaron uno y otro acto, y ello no creemos que resuelve nada en esta instancia, poniendo un acento más dramático y teatral al conflicto.

Siguiendo nuestra costumbre de indagar en los pensamientos de los filósofos, hemos encontrado una frase de Nietzsche que nos parece de perfecta aplicación a lo que querríamos dejar como mensaje.

Dice así: “La moderación se nos ha vuelto extraña a veces, confesémoslo; nuestro prurito es frecuentemente el prurito de lo desmesurado. Semejantes al jinete que montado sobre un corcel se lanza hacia delante; así nosotros dejamos caer las riendas ante lo infinito, nosotros los hombres modernos, nosotros los semibárbaros, y no creemos tener nuestra bienaventuranza más que allí donde más peligro corremos”.

carlosberro@arnet.com.ar

Gentileza en exclusiva para NOTIAR

 
 
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