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-Kirchner, el golpe y su increíble visión de la guerra interna
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El ex presidente replica la lógica de los Montoneros de “cuanto peor, mejor”, remix simplificado de las teorías de Frantz Fanon en las luchas de liberación argelinas. El único problema es que los 70 ya no existen y la Argentina no es Argelia. Se trata de una coartada ideológica, anzuelo que pican intelectuales como José Pablo Feinmann, contradiciendo sus propios textos.

“La negociación no forma parte de la guerra sino de la política. Y la política está antes o después de la sangre. En tanto hay sangre no hay política, hay guerra. La sangre lleva las acciones a extremos desde los que ninguna negociación (traducida como el arte del entendimiento) es posible. Dentrode la guerra y de la sangre toda negociación es traición. Porque toda negociación es, inevitablemente, política. Y la política no es la guerra. Ni su continuación por otros medios. La política es el arte de la comprensión entre laspartes. Hasta diría que la política es el arte de laconstrucción de la democracia.”

José Pablo Feinmann, en “La sangre derramada”.

Aunque la enorme mayoría de los argentinos todavía ni nos enteramos, Argentina está en guerra. Es lo que cree Néstor Kirchner, convencido de que las cacerolas buscaban destituirlo del poder y que los militantes que se lanzaron apuradamente a la Plaza de Mayo una noche de sábado, salvaron al gobierno que comparte con su esposa.

Tan convencido está, que forzó la votación de varios diputados bajo el argumento de que “si perdemos, Cristina tendrá que renunciar”. Y gritó furioso cada vez que alguno de los suyos buscaba negociar con Claudio Lozano y Eduardo Macaluse un dictamen más cercano a la visión de la Federación Agraria.

Hay que reconocer que en ese delirio tiene quienes lo acompañan. Sin ir más lejos, el propio Feimann, aquí citado. Hoy, en Página/12, dijo que “todo lo que ha ocurrido hasta ahora tiene por finalidad minar el poder de este gobierno. Debilitarlo, restarle credibilidad, restarle gobernabilidad. Para el Poder agrícola-mediático éste un gobierno muy irritante. Que sea peronista no les importa tanto…La finalidad es: que “la pareja montonera” se vaya lo antes posible, sacarlos de la foto. No piden que se vayan todos. Piden que se vayan “ellos”.”

OK. Insisten. Quieren los defensores del matrimonio presidencial que se hable de los montoneros. No corresponde, porque se trata de un falso dilema que pretenden instalar justamente los ex montoneros, hayan pasado o no a la clandestinidad en 1975 (es decir, hayan decidido tomar las armas como única opción frente a la violencia del Estado desplegada bajo el liderazgo de la Triple A, o se hayan retirado a espacios más apacibles como la JP Lealtad, contraria a desafiar al Perón del 74.)

Pero es un falso dilema. Como dijo Mario Llambías, el campo no es la Unión Democrática, por varias razones. Entre otras, porque Kirchner y Cristina tampoco son Perón y Evita. Del mismo modo, si bien es cierto que muchos manifestantes del campo y de la Ciudad manifiestan a viva voz su antimontonerismo, es absurdo creer que Hugo Moyano, Paolo Rocca, Daniel Hadad, Luciano Di Cessare, Alberto Samid, José María Díaz Bancalari o Eduardo Borocotó, por tirar algunos nombres, sean defensores de los montoneros.

La coartada ideológica

Kirchner no es montonero, ni tampoco su gobierno. Cantidad de ríos de tinta se escribieron para detallar que sólo fue un cuadro menor de superficie, como tantos de esa época, y corrió a refugiarse al sur para abrir su estudio y hacer dinero, apenas la cosa se puso fea en serio.

Todos sabemos que Kirchner no sólo jamás tuvo un gesto heroico antes del golpe militar del 76. Tampoco lo tuvo después. No respaldó a la militancia de derechos humanos durante la década del 80, ni tampoco refugió o defendió como abogado a ex compañeros.

Tampoco estaba obligado a hacerlo. El miedo es la valla racional de las sociedades ante las dictaduras, lo cual no evita que algunos más irracionales encuentren fuerzas para saltar esas vallas y terminar con los dictadores.

Pero está claro que si ahora se refugia en un pasado heroico que no tuvo, es al sólo efecto de encontrar una justificación ideológica que oculte sus errores políticos descomunales, su incapacidad para gobernar la sociedad argentina que tiene y no la domesticada que le gustaría, y así sumar como adherentes a militantes o sus familiares o sus amigos de los 70 que sí padecieron la persecución, la cárcel, el secuestro y la tortura.

O, por lo menos a algunos. Porque muchos militantes, familiares y amigos de la militancia de los 70 no está a favor de la Resolución 125 ni de la visión maniquea del gobierno kirchnerista, como Lozano, Macaluse, Buzzi, De Angelis, y yo, por tirar otros pocos nombres.

La sangre derramada

Hace exactamente 10 años, en 1998, Feinmann publicó un fenomenal ensayo sobre la violencia política, “La sangre derramada”. Es excepcional volver a leerlo ahora.

Rastraendo los orígenes de –justamente- la violencia montonera, comenta que “Por ejemplo: cuando Perón decía “al enemigo ni justicia” y los jóvenes setentistas se exaltaban con este discurso más que beligerante, ¿en qué se fundamentaba la decisión de negarle la justicia al enemigo? En que el enemigo se oponía a la liberación del hombre, a la humanización de los oprimidos, al surgimiento del hombre nuevo. ¿Hay algo más inhumano que oponerse a la humanización de los oprimidos y al surgimiento del hombre nuevo? Desde esta perspectiva ideológica se abría el espacio violento de la militancia armada”.

Y recuerda que la situación argelina que Frantz Fanon describía en “Los condenados de la tierra”, escrito en 1963, era trasladado mecánicamente a la Argentina, como otra modalidad de las luchas nacionales contra la dependencia. Para Fanon “no hay transacciones, no hay posibilidades de arreglos. La violencia es la negación de la racionalidad política y, para desplegarse, tiene que montar un escenario en el que esa racionalidad sea imposible”.

Dice Feimann: “No es casual que los mediadores suelan ser víctimas de la violencia. Para el violento, el mediador (el que inventa un diálogo) es un farsante, un impostor y hasta un traidor”. Es obvio que eso fue lo que le espetaron sus compañeros a Feimann en ese momento, cuando decidió no acompañar el pase a la clandestinidad de Montoneros en el 75. Es obvio que no quiere volver a pasar por lo mismo.

Porque dice:

“La otra tesis de Fanon (la represión genera conciencia política) tuvo amplio y trágico desarrollo entre nosotros. Toda la práctica de Montoneros a partir de su pasaje a la clandestinidad se basa en esa concepción fanoniana. Suele ser expresada por una simple frase: cuanto peor, mejor. Pero Fanon le había entregado su exaltada fundamentación: toda hecatombe, a partir de cierto estadio embrionario de la conciencia, fortalece a la conciencia nacional.

Promediaba el año 1975 cuando Montoneros advierte que la hecatombe está cercana: es el golpe militar. El gobierno de Isabel Perón era –así lo interpretaban- un colchón molesto que impedía al pueblo la visualización de las verdaderas contradicciones, de los verdaderos e inconciliables enemigos en pugna: Ejército y guerrilla.

Así, comienzan a desear la hecatombe. Y la desean desde ese riguroso horizonte conceptual fanoniano: las hecatombes fortalecen el desarrollo de la conciencia nacional. Se equivocaron. Se equivocó Fanon con su demencialismo nietzscheano y, trágicamente, se equivocó la militancia armada con su iluminismo vanguardista, solitario, aislado de las masas: la hecatombe fue la hecatombe, y nada más que la hecatombe”.

En efecto. Con el Feimann del 98 podemos decir que se equivoca Cristina Fernández de Kirchner cuando llama a los senadores asegurándoles que un golpe se cierne sobre su gobierno si votan alguna modificación al proyecto aprobado en Diputados; se equivoca Néstor Kichner cuando pretende que una sociedad de clase media con posibilidades de aprovechar la inversión de los términos del intercambio, como lo hacen Uruguay y Brasil, se arrodille a su demencial visión del ejercicio del poder. Y se equivoca también Feimann cuando pretende redimir su propia historia, esa en la que se sintió traidor, simplemente por pensar distinto.

Pero la hecatombe a la que insiste en deslizarse el matrimonio presidencial con centenares de intelectuales prestigiosos, intendentes del conurbano que protegen al narcotráfico y funcionarios que llevaron al Estado nacional a la parálisis por incapacidad o corrupción lisa y llana, es todavía evitable.

No hay vanguardismo en Kirchner, ni ideología en la Resolución 125. Son patéticos manotazos de un ahogado que todavía puede salvarse si en lugar de negarla, se aferra a la realidad, que siempre supimos que es la única verdad.

Fuente: Radiopasillo.worldpress.com

 
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