Domingo, 18 Junio 2017 00:00

La presión burocrática

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Antes de la batalla de Caseros, cuando las tropas de Urquiza se avecinaban a Buenos Aires, el general Pacheco, que hasta entonces había perdido varias oportunidades de frenar  el avance del entrerriano (cosa que hizo a muchos sospechar de una connivencia para derrotar a Rosas, entre Pacheco y Urquiza).

 

Sin saber cómo proceder, Pacheco envió a su edecán, el entonces mayor Victorica a pedir instrucciones a Rosas. Primero Victorica debió esperar que Rosas se despertara de su siesta para explicarle que el enemigo estaba a pocos kilómetros de distancia. Al principio Rosas guardó silencio y se quedó como pensativo, mientras Victorica mantenía una actitud expectante. Después de un buen rato, Rosas lo miró fijamente y le dijo “¿Usted es Victorica, no es así?” “Si señor” contestó. “Pues le voy a tener que pedir que modifique la forma de enviar sus informes, porque los folios no siempre están bien confeccionados y esto me ha traido algunos problemas para ordenar sus carpetas. Así que cuando esto termine, me viene a ver para arreglar este asunto”.

Victorica lo contempló absorto y solo se atrevió a preguntarle: “¿Alguna orden para el general Pacheco?” Rosas solo hizo un gesto de despedida y Victorica volvió sin respuesta a su comandante, que pocas horas más tarde renunciaba a su puesto. El resto de la historia ya sabemos cómo termina.

Que la burocracia se anteponga a la acción, no es nuevo ni en Argentina ni en el mundo y que los regímenes caen por el peso de sus biblioratos, folios y expedientes es casi una regla.

Max Weber sostenía que la burocracia de una nación era su base administrativa, que daba orden y coherencia a un gobierno. Bajo este concepto abarcaba la organización judicial, legislativa y ejecutiva. Estos hombres, en su rol de funcionarios, debían garantizar orden a una masa que librada a su albedrio podía destruir el destino de una nación. Según Weber la burocracia “desde un punto de vista técnico (es) capaz de lograr el grado más alto de eficiencia, y es el medio formal más racional que se conoce para lograr un control efectivo sobre los seres humanos”. Sin la burocracia la organización administrativa es un caos.

Sin embargo, la palabra tiene un lado oscuro, “Burrus” quiere decir oscuro, y esta palabra dio a lugar al término “bure”, la tela que los romanos colocaban sobre las oficinas públicas. Basados en este término, los franceses mencionan a la burocracia con un tono despectivo, el desquicio propio de las oficinas públicas. El término llevaba implícito dos conceptos: bureau = oficina, y cratos = poder. Es decir el poder de la oficina, o mejor dicho de aquellos que ejercen su poder administrativo desde en una oficina.

En su definición conceptual Weber, se refiere a aquellos que se rigen en un marco legal y racional, objetivo que no siempre se cumple. De allí que de a poco el término adquirió una connotación despectiva, que implica un exceso de papeleo sin sentido, un régimen improductivo (o peor aún, que evita la producción eficiente), con una exagerada adhesión a reglamentos y rutinas consignados en largos manuales redactados por leguleyos que adhieren a normas retrógradas, basadas en que los ciudadanos son generalmente individuos capaces de las peores fechorías con tal de perjudicar al Estado (lo que hasta cierto punto, es razonable).

La burocracia estatal no se limita a la esfera del gobierno, porque esta solicitud de formularios, firmas, papeles y copias se extienden como un pulpo a las demás instituciones dependientes de Estado, ejército, partidos políticos, sindicatos, salud pública, etc., etc.

El concepto de eficiencia que Weber quería otorgar al término, fue degenerando con los defectos del sistema y en la literatura se convirtió en una estructura que Franz Kafka convirtió en un clásico.

La burocracia, como un ser vivo apunta a su propia sobrevivencia y multiplicación, especialmente en países de constitución latina, donde la desconfianza de los funcionarios es tal, que requiere la intervención de notarios para dar fe que las personas son las que dicen ser y actúan según su propia voluntad.

Obviamente, todo país requiere un ordenamiento y regulación de normas y costumbres, pero cuando estas dominan sobre el sentido común, contribuyen a la desorganización del país y la anulación del espíritu empresarial.

Si a esto agregamos la supremacía del Estado sobre los derechos del individuo y la hipertrofia de empleados públicos como un esquema de mendicidad disfrazada, nos hallamos ante el más grave de los problemas posibles, porque el Estado así administrado se convierte en el peor enemigo de la iniciativa privada.

Curiosamente nuestro país y a pesar de periódicos anuncios de desburocratizar el país, sufrimos un exceso de normas, decretos y condicionamientos legales capaces de desalentar a los más laboriosos emprendedores.

A pesar de que Max Weber hablaba de la impersonalidad de las relaciones, el burócrata adquiere un poder del que se abusa.

Este es un mal habitual en nuestra estructura administrativa, ya que el burócrata en lugar de ser un servidor público cuya obligación es facilitar la tarea ciudadana, se ha convertido en el “capanga” del sistema, el conocedor de los vericuetos legales que son las llaves del Cielo o del infierno del ciudadano  común, ajeno a tales conocimientos que (para colmo) periódicamente se ven reforzados por nuevas disposiciones. En no pocos casos,  éstas son contrarias o contradictorias a normas precedentes obligando a la judicialización del trámite que no es, ni más ni menos, fuente de nuevos requerimientos burocráticos porque la justicia se ha convertido en un acúmulo de carpetas y expedientes de extensiones difíciles o imposibles de abarcar. (Cuando uno lee que una causa tiene doscientos, quinientos mil folios, se pregunta ¿quién los puede leer?)

La supuesta meritocracia que pretendía Max Weber del funcionario se convierte en un festival de mediocridad, ya que el funcionario para evitar su responsabilidad directa en el proceso, diluye su participación en arbitrarios recovecos legales, donde la superposición de normas crea, curiosamente, un vacío donde subsisten normas que no condicen con la realidad. Son engranajes irresponsables de una trituradora para toda iniciativa.

Curiosamente el burócrata no lo vive como algo dañino, pues la “indoctrinación” del sistema los lleva a un lavado de cerebros, donde nadie se siente responsable del resultado final: todo es consecuencia “del sistema”, con una indiferencia ante el inevitable colapso de los resultados. Es la “banalización del mal”, propio de regímenes totalitarios.

La burocracia termina afectando la personalidad de sus miembros, haciéndolos resistentes al cambio. La rutina es su refugio preferido y la burocracia punitiva es un mal que desanima la producción y el respeto de las normas. Trate usted de lograr una habilitación municipal o una final de obra y verá de qué estamos hablando. Recorra usted los pasillos de Tribunales y verá laberintos dignos de pesadillas kafkianas. Se pierden expedientes completos (¡Cómo los de Sasetru!), desaparecen pruebas, se sustraen documentos y el resto es alimento para alimañas. Y cuando pretenden modernizarse es peor. ¡Caen en el ciber desbole! Máquinas que no funcionan, archivos completos que se borran. La burocracia también se digiere la digitalización. “Se cayó el sistema”, es la nueva muletilla apocalíptica.

Después de años de ser gobernados por una burocracia incoherente hemos perdido el norte, que es ayudar a la gente, ese es el sentido de la organización estatal y no el endiosamiento de los funcionarios.

Estas limitaciones frenan la inversión e investigación y limitan seriamente la promesa de progreso de este gobierno, que no ha podido aún lidiar con el flagelo de la burocracia, un monstruo de mil cabezas.

El mismo presidente Macri lo dijo días pasados a sus funcionarios: “No me vengan con versos”, es momento que se facilite el accionar a las empresas que son y serán las que movilizan al país, con el pago de impuestos exagerados.

¿Por qué no avanzamos? ¿Por qué no vienen las inversiones? Porque continuamos con la  inseguridad jurídica, hija predilecta de la burocracia estatal. Nadie sabe bien qué leyes obedecer y si las normas que hoy nos rigen serán las mismas que nos regirán mañana. Vivimos en una incertidumbre porque la justicia se atora en sus normas y frena las causas que les conviene (¡la señora sigue libre y ahora en carrera a su candidatura!), manteniendo a los funcionarios en vilo, por si le falta a la nueva disposición, un punto y una coma.

El  presidente Macri contestó una carta con un llamado telefónico, en la que expresó lo que todos sentimos: “"Me desespera que los que hicieron todas estas cagadas, que encima se robaron el país, como tenemos jueces como los que tenemos, los tipos siguen caminando por la calle".

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es Ciencias y mitos en la Alemania de Hitler
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