Domingo, 18 Junio 2017 00:00

Dilemas del planeta peronista - Por Pablo Sirvén

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Primero vienen las palabras cargadas, luego la representación teatral de la desestabilización. Sucedió en marzo, con la ocupación constante de la calle mediante protestas y piquetes en continuado, que terminó siendo contraproducente para una ciudadanía cada vez más agobiada y coartada en sus movimientos.

 

Los revoltosos contra el Gobierno lograron el insólito efecto de refrescarles a los votantes porque en noviembre de 2015 se habían inclinado mayoritariamente por Cambiemos y los predispusieron de vuelta a ratificar esa voluntad en el próximo llamado a las urnas, por más que la economía siga dejando mucho que desear.

El tono belicista de Cristina Kirchner vuelve a ser funcional al Gobierno y le facilita su campaña electoral, pero tiene otras consecuencias más inquietantes: sectores inorgánicos comienzan a llevar a la práctica el enfrentamiento verbalizado.

Así, entre el jueves y el viernes, el mini caos fogoneado indirectamente por las continuas bravatas mutó a algo más agresivo e indiscriminado. Con pocas horas de diferencia fueron escrachados por gremios filokirchneristas, en sendos actos, el presidente Mauricio Macri y la gobernadora María Eugenia Vidal, por un lado, y el ministro de Justicia Germán Garavano, por el otro. Uno de los abogados de Cristina Kirchner, Gregorio Dalbón, fue víctima de una paliza propinada por un taxista que lo transportaba tras reconocerlo, en tanto que el escritor Federico Andahazi recibió una estridente amenaza de muerte en la puerta de su casa por parte de un desconocido.

Al kirchnerismo le conviene el tono ríspido y estentóreo porque así evita hablar en serio de su paupérrimo legado gubernamental y de dar cuenta de su promiscua relación con la corrupción. Al Gobierno, también. Al sistema político, y a la sociedad en particular, le estaría haciendo falta otra cosa.

Sucedió hace pocas semanas en Terapia de noticias, el programa de LN+: dos personajes de la política, de ideologías opuestas, debatían sin chicanas y sin hacerse zancadillas para dejar pagando al otro. Prodigaron ese momento mágico -que debería ser la norma, no la excepción- Hernán Lacunza, ministro de Economía bonaerense, y Fernando "Chino" Navarro, integrante del Movimiento Evita. Fue muy enriquecedor escuchar sus respectivas posiciones sin ataques personales ni mentiras maliciosas. Así pudieron ir al meollo de las cuestiones sin golpes de efecto que sólo confunden y distorsionan los debates de fondo.

Pero con la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el centro del ring, con una prédica incendiaria y tosca que está en las antípodas del cruce recién mencionado, difícilmente se multipliquen diálogos como el de Lacunza-Navarro.

Se plantea un dilema que los votantes deberán resolver en el cuarto oscuro: si desean volver al populismo, cuya sustentación reside en una economía ultraproteccionista alimentada con subsidios, aranceles y restricciones cambiarias, arropada en una intensa épica histriónica que apela todo el tiempo al discurso amigo-enemigo, o si quieren ratificar el actual rumbo más aperturista y sacrificado, y, por el momento, de grandes privaciones, para reordenar las variables económicas con reglas del juego claras y estables que atraigan inversiones que multipliquen las fuentes de trabajo.

Lo que suceda en las próximas elecciones también podría acarrearle trascendentales virajes al planeta peronista. Por un lado, es muy clara la propuesta que encarna la viuda de Kirchner: seguir con su férrea conducción unipersonal y relato vociferante.

Ahora bien: ¿encarna Florencio Randazzo un kirchnerismo (de donde proviene) apenas de mejores modales o está dispuesto a librar una batalla mucho más profunda que apunte a una verdadera democratización del peronismo, que pueda (y quiera) dejar definitivamente atrás sus características movimientistas y hegemónicas concebidas por su fundador y potenciadas por sus sucesores más exitosos, controvertidos y duraderos (Carlos Menem y Cristina Kirchner)?

Si se dispone a lo segundo habrá que desearle muy buena suerte. Ninguno de los proyectos anteriores de sucesión institucionalizada y, aparentemente, más democrática funcionaron en el PJ: en 1952 quedó por el camino Domingo Mercante; en 1973, Héctor J. Cámpora duró sólo 49 días y Ricardo Balbín encarnó una fugaz ilusión de acompañar en la fórmula a Juan Domingo Perón. Pero el nepotismo volvió a imponerse y fue su esposa, Isabel Martínez, la vice y, a la muerte de su marido, la primera presidenta de la Argentina. Tampoco, en 1988, Antonio Cafiero pudo ser ungido candidato presidencial del PJ, desbancado en la elección interna por Menem, pero éste, en cambio, sí pudo mantenerse en el poder cuando, en 1995, la fórmula Bordón-Chacho Álvarez parecía una opción más amplia y superadora. Y Menem hizo todo lo posible, en 1999, para que Eduardo Duhalde no ganara (y no ganó) y Duhalde, presidente interino en 2002, buscó variantes más pluralistas de su sucesión, pero finalmente le abrió las compuertas a la dinastía Kirchner. El proyecto de un peronismo republicano, en vez de autoritario, todavía está inédito y pendiente de ser ejecutado (si eso fuera posible, claro).

Pablo Sirvén 
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