Martes, 01 Octubre 2019 00:00

Inflación y pobreza, las piedras con las que tropezamos desde hace 70 años - Por Hernán de Goñi

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La Argentina no se merece tener los dramáticos indicadores de pobreza que reveló ayer el Indec. Porque no se trata de un flagelo agravado por un factor circunstancial como puede ser una sequía. Es el resultado de desencuentros entre la dirigencia que no termina de acertar con las políticas que derivan en esta compleja situación social.

 

No está en discusión si la Emergencia Alimentaria alcanza o no. Los paliativos siempre serán insuficientes, porque lo que se requiere es un consenso que permita erradicar la inflación y generar empleo formal. Sin una economía sana, la incertidumbre estará focalizada en si la pobreza sube poco o baja poco. Lo que se necesita es que se reduzca a la mínima expresión.

Los datos de pobreza se mueven a la par de los precios de la canasta básica total, un conjunto de bienes y servicios definidos en 1985 cuyo valor se actualiza mes a mes por la inflación. La línea de indigencia, por su lado, sigue la evolución de los alimentos básicos.

Es por esa razón que la variación del tipo de cambio y los precios son la contracara de este drama argentino. Un país que ha tenido en las últimas décadas una inflación promedio de 69% no tiene otro destino que padecer una pobreza promedio de 36%, según datos que presentó el diputado Luciano Laspina en la última convención del IAEF.

Mauricio Macri tomó una apuesta fuerte cuando pidió que su gestión sea evaluada según su éxito o fracaso en luchar contra este flagelo. Su problema es que confió demasiado en las recetas del Banco Central para contener este indicador. Si la inflación hubiese llegado a un dígito en cuatro años, su reelección estaba asegurada. Pero sucedió todo lo contrario: la pobreza terminará por encima del nivel que tenía en la gestión de Cristina Kirchner, por efecto de dos devaluaciones que provocaron un salto en el dólar que se trasladó con extrema facilidad a los alimentos (60% de aumento promedio en el primer semestre) pero no a los salarios.

Hernán Lacunza, actual ministro de Hacienda, no tiene empacho en reconocer que las chances de corregir precios relativos, bajar la inflación y crecer eran muy poco probables. Pero el Gobierno no tenía esa mirada hasta 2018. Y pagó caro la falta de coordinación macro. En lugar de crear un círculo virtuoso, empujó un circuito viciado, en donde las empresas no estaban en condiciones de invertir y crear todo el empleo que requería la economía. A eso se le agregó la precarización laboral y la difícil situación de las Pymes, agobiadas por el financiamiento y la caída del consumo.

Para salir de la estanflación, hace falta crear consensos y regenerar la confianza. La pobreza no se resuelve con un aumento de sueldos o de jubilaciones, sino con las condiciones para crecer y no tropezar con la misma piedra desde hace más de 70 años...


Hernán de Goñi
Director periodístico

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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