Martes, 05 Noviembre 2019 00:00

Evasión más morosidad fiscal: una montaña de dólares perdidos - Por Alcadio Oña

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Según cálculos privados, entre dos generarían un agujero de US$ 5.300 millones sólo en este año. Pesan la recesión y las altas tasas de interés.

 

La recaudación impositiva es, de lejos, la principal fuente de recursos propios del Estado nacional y de los estados provinciales. Y si se resiente, se resiente obviamente el pilar que sostiene gran parte de ambas estructuras.

El proceso recesivo, que ya lleva dos años en continuado y va para un tercero -2018 y 2019 más 2020-, está sacudiendo los ingresos fiscales en los dos frentes, tanto como lo hace la caída del consumo. Se nota, sobre todo, en aquellos gravámenes vinculados directamente al mercado interno.

Hay un factor incorporado al proceso recesivo: el crecimiento de la evasión y de la morosidad, aquello que los especialistas llaman financiarse con la AFIP o, sin vueltas, bicicletear pagos a la espera de alguna moratoria si no llanamente dejar de pagar. Viene potenciado, desde hace un tiempo, por las altísimas tasas de interés que saldría financiarse con los bancos y alimentado, siempre, por la habilidad de ciertos contadores a la hora de dibujar las cuentas de las empresas.

Un estudio de los especialistas del IARAF ha puesto en números el costo fiscal de este fenómeno. Revela que, descontados los recursos de las retenciones a las exportaciones, en 2019 contra 2018 la pérdida de ingresos del Estado nacional provocada por la evasión y la morosidad equivaldría a 1,18 puntos del PBI. Para que se entienda mejor, estamos hablando nada menos que de 5.300 millones de dólares en un solo año.

Dice Nadin Argañaraz, el director del IARAF: “Es un dato fuerte que quienes hoy evalúan futuras políticas tributarias debieran computar, para que no les pase lo que pasó con el Presupuesto de este año. Que se sobreestimaron los ingresos”.

Algo semejante, aunque en otro sentido, podría ocurrir con el aumento del impuesto a los bienes personales. Así el incremento de la carga vaya sobre las capas consideradas más pudientes de la escala social, el gravamen no llega a rendir ni siquiera el 1% de la recaudación de la AFIP. Lo cual significa, que el ajuste debiera ser enorme para que la medida “valga la pena”.

A propósito de los ejercicios fiscales que se puedan ensayar, el informe del IARAF hace una distinción grande entre la carga tributaria y la presión tributaria, dos conceptos que parecen sinónimos pero que al fin no son lo mismo.

La carga tributaria es la que cae sobre los contribuyentes que pagan todos los impuestos que marca la ley y en el momento que corresponde, o sea, sin moras. Y la presión tributaria equivale a la recaudación que efectivamente se cosecha.

Puede suceder, entonces, que cumplir en tiempo y forma las obligaciones impositivas resulte hoy casi de la misma magnitud que en 2015: el 26,2% del PBI versus el 25,8% de 2015. Y que, pese al aumento de la carga, la recaudación real de 2019 vaya a retroceder al 22,7% del PBI.

Aquí se cuelan, justamente, la evasión, la morosidad y los desajustes de la economía. Y un consejo que emerge limpio de ese combo: que quienes hoy decidan sobre el futuro cercano calibren bien sus proyecciones, pues nada asegura que el conocido expediente de aumentar los impuestos rinda la plata que ellos han estimado.

Pero si el foco se pone en la carga que soportan los ingresos de los trabajadores asalariados, tendremos un número que impresiona. Entre impuestos directos e indirectos, nacionales, provinciales y municipales, la presión tributaria se lleva en promedio el 49% del ingreso total, lo cual es igual a trabajar 180 días para el Fisco. Casi medio año y sin escapatorias.

Varias cifras de estos meses también registran los coletazos de los desajustes económicos, cuando se las contrasta con una inflación anual del 53%. La recaudación de la provincia de Buenos Aires crece al 32% y la mejor de la Ciudad de Buenos Aires marcha al 48%. Una más y la otra menos, ambas caen medidas en términos reales.

Lo mismo sucede respecto del 38% que reporta el IVA y del 48% del cheque o de la coparticipación impositiva Nación-provincias, que sube el 47,8% y aún así también pierde frente a la inflación. En muchos estados del interior, la copa significa arriba del 50% de sus recursos totales o hasta el 80%.

Dos conclusiones emergen evidentes mirando el cuadro completo, y las dos reclaman respuesta a gritos. Una es la recesión, que ya ha consumido 5 de los últimos 8 años y que va camino del sexto, si nada la detiene en 2020. Otra es la inflación, que siembra distorsiones por todas partes.

En tren de sumar cuentas pendientes, la que sigue se llama inversiones y, de seguido, el factor capaz de apalancar un crecimiento económico sostenido y sustentable. La estadística dice, de nuevo, que sobre 8 años ha retrocedido en 5. Y para que no falte nadie en el conteo, vale agregar que tanto en estos 5 como en los 5 recesivos, 2 correspondieron al ciclo cristinista.

Sea lo que fuese que hoy los apriete, los impuestos existen para financiar el gasto de los Estados. Y llegado ese punto, salta un problema tan antiguo como la injusticia: la pobre calidad de los servicios públicos, o la necesidad de pagar por las alternativas privadas. Aquellos que pueden, claro está.

Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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