Martes, 28 Enero 2020 00:00

El superávit vale mucho, pero la clave está en las exportaciones - Por Alcadio Oña

Escrito por 
Valora este artículo
(0 votos)

Pese al dólar alto y a ser un motor de la economía y una gran fuente de divisas, las ventas al exterior sólo suben 5,4%. Evidente: algo falla.

 

El superávit de US$ 15.990 millones es uno de los datos más sonoros del balance comercial ​de 2019, y lo es porque coincide con un momento, o uno de los tantos momentos, en que el país pena por la falta de dólares. Sólo lo superan los registros de 2002, 2003 y 2019, dentro de la larga serie del INDEC.

Pero hay otro par de datos menos estimulantes y revelan que semejante resultado no se consiguió, digamos, por las mejores razones. El primero de ellos cuenta que eso fue un subproducto de la caída del 25% en las importaciones​, a la vez, un coletazo de la profunda recesión.

La explicación que sigue va sobre el muy modesto crecimiento del 5,4% de las exportaciones. Y aquí tenemos la misma luz roja de siempre, pues no estamos hablando únicamente de una de las grandes fuentes de divisas genuinas, sino también de que continúa casi apagado un motor que moviliza la economía. O que podría movilizarla, justo cuando más falta hace.

En 2019, las exportaciones ascendieron a US$ 65.115 millones, menos que las de 2008 y mucho menos que las del excepcional 2011, cuando todavía reinaban términos del intercambio favorables como nunca a la Argentina, empezando por el precio internacional de la entonces súper soja. Acá la diferencia monta a impresionantes US$ 17.800 millones.

Estos números ya ponen al descubierto que el tipo de cambio alto​ puede ser competitivo y ser, a la vez, insuficiente para potenciar la colocación de producción nacional, sobre todo de manufacturas, cuando otros factores juegan en contra.

Y juega en contra un listón de problemas harto conocidos. Van desde una infraestructura hace rato deteriorada, puertos y pasos fronterizos convertidos, también hace rato, en un obstáculo, hasta un sistema energético impredecible y rutas y caminos escasos, cuando no estropeados.

Con las empresas estatales adentro, toda la inversión pública apenas equivale hoy al 1,3% del PBI, un tercio del 3,9% que promedia América latina.

Falta añadir al combo las empresas privadas, muy poco inclinadas a comprometer capital propio o a hacerlo si median condiciones altamente propicias, como subsidios, mercados u otras cosas que garanticen el recupero de la plata. Por las razones que fuesen, la llamada inversión de riesgo continúa en lista de espera.

Sobre el cuadro completo habla la composición de las exportaciones. Entre productos primarios y manufacturas de origen agropecuario con un muy limitado valor agregado directo, explican un notable 62% del total. Y los bienes industriales puros, apenas el 29%.

Veamos qué decía la misma relación hace doce años, en 2007, un período de exportaciones similares a las actuales y cuando todavía gravitaba la súper soja. Decía 57 % contra 31%.

Los industrialistas y quienes sostienen la necesidad de agregarle valor a la producción primaria remacharán que vamos para atrás. Plantearán también que, en unas cuantas potencias, comenzando por Estados Unidos, la industria está lejos de ser vista como una etapa superada. No hay un antes y un después: hay servicios que hace tiempo son parte de sus procesos productivos.

Y si vamos a la hoy bien ponderada Economía del Conocimiento, tendremos acá, según el especialista Andrés López, que las ventas de software y de servicios informáticos a la industria solo llegan al 5% del total y que las dirigidas a la agricultura y a la agroindustria, se reducen a un muy módico 2%. O sea, poco o directamente nada sobre el impacto en dos sectores que pesan fuerte dentro de nuestro PBI.

Crece en cambio su papel en las telecomunicaciones y las actividades financieras. Algo más de López: las exportaciones que aporta la Economía del Conocimiento han perdido el dinamismo que tenían hasta 2012, lo cual, agrega, derivó en una caída significativa de la Argentina en el mercado internacional.

Empujado por el afán de estimular la producción y competitividad de las maquinarias en general, de las agrícolas, de micros y carrocerías, el Gobierno prorrogó hasta fines de 2020 los incentivos fiscales que las benefician. Ampliado y mejorado, el régimen viene de 2001 pero salta evidente que sin otras políticas resulta insuficiente. Tenemos, por ejemplo, que tras caer a fondo en 2018, el año pasado la fabricación de maquinarias bajó 16%, la de máquinas agrícolas, 31% y 23% la de carrocerías.

Apretar las importaciones es un método archiconocido, si no gastado, para proteger la industria nacional. Y pasa que la dependencia del exterior es tanta que por cada punto que crece el PBI, las importaciones deben subir entre 3 y 4 puntos. Luego, un avance económico del 3% implicaría aumentar las importaciones hasta un 12%.

Por donde se mire, trabajo para Matías Kulfas​, el ministro de Desarrollo Productivo, y encima trabajo en medio de la escasez de dólares. Así, el foco vira definitivamente hacia el crecimiento de las exportaciones, y también al impacto de las retenciones en el resultado de 2020.

Alcadio Oña

Visto 315 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…