Domingo, 15 Marzo 2020 00:00

Lo que faltaba: un choque final por la deuda - Por Alcadio Oña

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Especialistas con acceso a la Rosada y contactos con los bonistas hablan de un duro enfrentamiento.

 

No habrá declaración de default lisa y llana, como la hubo a finales de 2001 en boca del entonces presidente por unos días, Adolfo Rodríguez Saá. Puede serlo de hecho, según la información que manejan especialistas con llegada a despachos fuertes de la Casa Rosada y contactos con los fondos de inversión que representan al 40% de los bonistas.

Dice uno de ellos: “Las posiciones están durísimas, tanto de un lado como del otro. Y así el proceso se ha empantanado por completo”.

Sigue: “Los acreedores privados consideran inaceptable en toda la línea a la oferta que les hizo Martín Guzmán ​y han decidido esperar hasta que el Gobierno la ponga a tiro de sus pretensiones, cosa que al parecer no va a ocurrir”.

La propuesta del ministro de Economía arranca con un punto clave en la estrategia de Alberto Fernández: que el acuerdo incluya cuatro años de gracia para el pago de la deuda, o sea, nada de intereses ni de capital hasta el final de su mandato. Obviamente, Guzmán la comparte porque comparte el objetivo político de la movida, pero a los acreedores les importa la plata, no los avatares de la política argentina.

Al tanto del mismo baile, otra fuente va más lejos todavía. Afirma que la posición del Presidente resulta bien parecida a un “es preferible un default a un mal y muy costoso arreglo”. Bien parecida, también, a la que se les atribuye a Cristina Kirchner y a su asesor directo, Axel Kicillof​.

Quedarían en el aire, entonces, las interpretaciones de analistas en el sentido de que los coletazos de la crisis financiera ablandarían los reclamos de los bonistas.

¿Y con el Fondo Monetario qué?, le preguntó Clarín al especialista del comienzo.

Respuesta: “Suena a muy sintomático que la dirección del FMI haya mandado a sus casas a los técnicos que negociaban con el Gobierno, cuando si hubiesen conversaciones avanzadas con los representantes de los acreedores debieran estar trabajando a todo vapor y no, como ahora, por control remoto. Y no los sacaron del juego por un problema vinculado al coronavirus”.

Acoplado va el hecho de que sigue sin fecha la difusión de los resultados sobre el Artículo IV, el examen de la economía argentina que hicieron los técnicos que hace unas semanas pasaron por Buenos Aires.

Tal cual informó este diario, sus primeras observaciones apuntaron al notorio desequilibrio de las cuentas fiscales, a la debilidad de la recaudación impositiva y a las “peligrosas” rebajas de las tasas de interés que el Banco Central aplica bajo el argumento de reanimar la actividad económica. Traducido: parámetros capaces de asegurar la llamada sustentabilidad de la deuda que se asuma en adelante.

Con la película contada de este modo, estaría patinando el respaldo del FMI al que el Presidente apostó siempre y creía tener armado con Kristalina Georgieva​, la directora del organismo. Georgieva no decide sola, pues allí mandan los directores que representan a las potencias; entre ellos, el que manda más es el de EE.UU.

Pero el estado de las cosas quizás explique un comentario de Fernández que olió a raro y desplegó durante un reportaje del lunes pasado. Dijo: “El mundo se confabula para hacer más difícil nuestra salida”. Pregunta cantada: habrá querido colocar a la crisis internacional por delante, de modo de justificar puertas adentro la alternativa del default y meterle pimienta política al asunto. Remembranzas de los tiempos de Cristina.

Habrá nuevas noticias para este boletín, en los días que vienen.

Por los demás, cuesta encontrar en qué lugar nuestros males se tocan con el coronavirus originado en China, la guerra petrolera entre Arabia Saudita y otras, variadas causas del tembladeral. El mundo tendrá lo que tiene y aquí tenemos lo que tenemos.

Bastante antes de ahora, la Argentina ya era un país estructuralmente muy vulnerable y por eso el temblor internacional potencia esa vulnerabilidad, porque pega acá mucho más que en otros lugares.

Nuestra economía carga una recesión que va camino de acumular tres años consecutivos. La crisis externa la agudizará, ciertamente, pero sin ella el PBI ya iba a caer en 2020 y de redondear, así, una década de estancamiento y atraso.

Queda claro que nosotros portamos nuestros propios virus. Para el caso, una inflación que aunque haya cedido al 2% en febrero sigue en las alturas: a un 50,3% anual que cuesta encontrar en el mundo. Supera entre 12 y 28 puntos a la de países tan cercanos como Perú, Paraguay, Chile y Brasil.

Encima el sacudón le pega, sobre todo, al costo de los alimentos. Que es igual a decir a productos esenciales que los dirigentes sindicales tomarán muy en cuenta a la hora de discutir salarios.

Así se entiende que el Presidente haya poco menos que amenazado a los empresarios con regulaciones directas. Y que entre los empresarios la consigna general sea hoy “el autocontrol”. Igual que ocurre con tantas cosas, se verá andando.

La meta que se ha puesto Fernández y le ha puesto a su ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, consiste en cerrar el año con un índice de precios que de punta a punta no desborde el 27%. Hacia allí quiere enderezar los reclamos de los dirigentes sindicales, con una condición que incluso a los del palo propio les puede resultar indigerible: olvidarse de las pérdidas de ingresos acumuladas entre 2018 y 2019 y arreglárselas con los afiliados a sus gremios.

Entretanto siguen en lista de espera, si es que no han terminado finalmente en el cajón de los recuerdos, el famoso Consejo Económico y Social y el no menos famoso acuerdo de precios y salarios pensados, justamente, para frenar el proceso inflacionario. Y sin que se noten, además, los efectos del reforzado plan Precios Cuidados.

Otro caso de una especie parecida es el de Vaca Muerta, el enorme reservorio de petróleo y gas paralizado hace cinco meses. La promesa de sancionar una ley a la medida del negocio tarda en concretarse, mientras los coletazos de la crisis petrolera amenazan con espantar inversores, si no derivar en planteos de mayores concesiones al Gobierno. Con el crudo a 31 dólares, el negocio desaparece.

En el medio de la cuestión brotan señales cuanto menos confusas, generadas por internas y disputas de poder. Como Kulfas versus Lanziani, el secretario de Energía que solo en las formas depende de Kulfas. Y Cristina Kirchner, que cruza ajustes de tarifas anunciados por funcionarios cercanos a Fernández y fuerza desmentidas de Fernández.

El tiempo pasa y se come las mejores oportunidades. Esta vez, millones de dólares en un país que pena por la falta de dólares, más la recuperación del autoabastecimiento energético perdido durante la era K.

Dice sobre el cuadro general alguien que gambeteó ofertas del Presidente: “Guzmán habla más con los funcionarios del FMI que con el equipo del Gobierno. Hay un reparto de roles confuso. Falta un comando que coordine y articule le políticas, incluso aquellas necesarias para la emergencia. Y al final, nada concreto sale de allí”.

Valen un par de datos que el propio Guzmán expuso ante un plenario del Congreso. Uno fue que resolver el tema de la deuda es “condición necesaria” para volver a crecer. Y otro que hoy tambalea: que las negociaciones con los acreedores avanzan a una velocidad histórica.

Será necesario, entonces, encontrarle pronto una salida al laberinto. Sin que eso signifique, claro está, hipotecar el futuro de la Argentina.

Hay un trajín del Presidente que impresiona. Convertido decididamente en operador y vocero todoterreno de su gobierno, va de reunión en reunión, de declaración en declaración y de acto en acto; como quien quiere construir un personaje central. Él sabrá por qué lo hace, aunque ese mismo afán a veces lo pierde.


Alcadio Oña

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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