Martes, 28 Abril 2020 00:00

Quien quiera oír que oiga, o mejor que escuche – Por Dr. Guillermo Javier Nogueira

Escrito por  Notiar
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Tengo 80 años y me acabo de despertar inquieto, quizás angustiado por primera vez, en esta madrugada del 27 de abril de una cuarentena de final incierto, no precisamente por lo biológico.

Había superado mi cuota de malas noticias que ahogaron y opacaron mi tradicional buen humor y la alegría de haberme comunicado y visto a mis seres queridos incluyendo hijos, nietos primos y amigos.

El wapp junto con internet y los medios de comunicación se habían convertido gradualmente de una fuente de solaz y enriquecimiento espiritual, complemento del vagabundeo de la mirada y el pensamiento por el jardín y los libros, en un doloroso desafío a mi comprensión y tolerancia.

Fue ese conflicto librado en la profundidad del inconsciente, el que cual volcán en erupción interrumpió mi sueño.

Ahora, taza de café mediante, contemplo la oscuridad de una noche sin luna ni estrellas que borronea el jardín. Siento la necesidad de hablar, de poder sacar afuera esa amalgama de dolor, razón y sinrazón.

Despierto, comienzo a pensar, a poner esto que siento, en esa línea de montaje del pensamiento y la palabra para que un hablar consciente se traduzca en una gran pregunta ¿por qué me está pasando esto a mí? la que luego corrijo y amplío a la humanidad y finalmente focalizo en los argentinos.

Nací en los albores de la segunda guerra mundial y vi el miedo en los ojos de mi madre y la preocupación en el rostro de mi padre.

Eso pasó. Estaba en el jardín de infantes del Normal Nº 1 el 17 de octubre. Eso pasó. Vino la peste bubónica y nuevamente los ojos de mi madre y la cara de mi padre y eso también pasó.

Vi a un tío que asustado trataba de borrar una cruz negra pintada en el frente de la casa de mi abuela materna, ominosa advertencia al militante radical que allí vivía.

Eso pasó. Vi la grieta en las discusiones de mi padre socialista tanto en la casa de la abuela materna, radicales, como en la paterna, peronistas.

La diferencia era el cariz que tomaban, en un caso podían agraviarlo y en el otro no. Eso pasó.

Vi la alegría del salario mensual, la seguridad laboral, y la libreta de ahorro.

Eso pasó. Vi una escuela primaria de calidad que sobrevivía en contados lugares y luego lo mismo en la secundaria con examen de ingreso y bachillerato especializado en el Nicolás Avellaneda de Palermo.

Eso pasó. Vi una segunda revolución con odios, venganzas, y una grieta que crecía. Vi mi facultad de Medicina, que retomaba el examen de ingreso y pegaba un respingo acorde con la época de oro de la UBA. El mérito era suficiente y por eso obtuve dos becas en Estados Unidos, recién recibido de médico.

Eso pasó. El nuevo hospital escuela, cuyo terreno baldío tenía un cartel que lo anunciaba y mamá a los siete u ocho años me lo señalaba cuando pasábamos con el tranvía, siendo ya médico aún no funcionaba.

Eso pasó. Viví mi segunda epidemia, la de la polio, cuando estaba en el secundario y recibí las primeras vacunas Salk y ya como estudiante de medicina me entristecía ver niños en el pulmotor y luego las secuelas en ALPI.

Eso también pasó. Finalmente vi una larga sucesión de gobiernos fracasados, la mayoría por ineptitud y desvaríos ideológicos. Otros, que fueron excepción, como los de Frondizi, Illia y Alfonsín que también fracasaron por intentar vanamente un proyecto superador buscando apartarse de la decadencia progresiva y generalizada que abarcaba y aún abarca todos los órdenes de nuestra sociedad.

Esto no parece terminar de pasar nunca. Me fui del país 2 veces y viví fuera de él 10 años, que retrospectivamente figuran entre los mejores. Ahora tengo 2 hijos y 2 nietos fuera de él.

Llevan varios años viviendo y desarrollando sus proyectos en paz. Una tercera hija que lo hizo y regresó, no parece estar contenta con esa decisión. Ahora mis nietas piensan seguir los pasos de sus padres.

Si fuera joven pensaría nuevamente en irme y no tengo argumentos sólidos para disuadir a nadie que lo quiera hacer. Ninguno de nosotros lo hicimos como exiliados ni perseguidos por otra cosa que no fuera el desprecio de nuestros dirigentes por la ética y el conocimiento.

Un segundo título universitario, la investigación, la extensión y la docencia, al igual que mi tarea asistencial siempre tuve que hacerlos con mucho esfuerzo, a pesar de las circunstancias y no favorecido por ellas. Cuando me di cuenta que todo se convertía en un aburrido, rutinario y degradado trabajo, en vez del libre, creativo y valioso ejercicio y desarrollo de una vocación, me jubilé.

Mis circunstancias y sus causas, que me han acompañado como a la mayoría de mis compatriotas, no terminan de pasar nunca y mi tercera epidemia, la del coronavirus, las pone de manifiesto en toda su magnitud.

Es un hecho biológico que se lo pretende hacer pasar por una guerra para eludir responsabilidades que hacen a su gravedad por haber ignorado sistemáticamente a la sociedad, sus necesidades y sus verdaderos derechos.

De pronto se hizo la luz y han quedado todos los causantes alumbrados, deambulando desorientados y a merced de la realidad, en ese gran escenario que limitadamente llamé Argentina.

Si se quiere seguir usando la metáfora bélica, recordar que en toda guerra el primer muerto es la verdad. Descubro en este momento porqué he despertado así.

Es que a los 80 años sigo queriendo disfrutar de las cosas buenas que se fueron dando en mi vida y que tuve cuidado en proteger.

El tiempo ahora tiene otro valor y me doy cuenta que se puede agotar en un fracaso que no depende de mí ni de la biología, sino de nuestros gobernantes y dirigentes.

No me preocupa mi fin biológico natural o en manos del Covid-19, solo me preocupa que dicho fin, tanto en mí como en los que amo o el de cualquier ser humano, dependa o sea provocado por la estupidez y la mezquindad acompañante.

NO quiero que mis seres queridos vean en mi la mirada temerosa de mi madre o la cara de preocupación de mi padre en épocas malas, épocas que insisten en repetirse aquí y ahora, porque los mismos actores repiten sus roles vanamente o tontamente, tratando de representar y peor aún crear una obra diferente con el mismo libreto aunque diferente maquillaje.

Preparo mi desayuno y veo amanecer, que no es poco, pero tampoco es suficiente.

Guillermo Javier Nogueira

Médico Neurocirujano/Psicólogo

Mar del Plata

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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