Jueves, 14 Mayo 2020 00:00

INTIMIDAD DE UNA PANDEMIA (PARTE VI): A la búsqueda de la curación - Por Omar López Mato

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A las enfermedades infectocontagiosas se las puede tratar con el aislamiento para evitar su diseminación, pero una vez que se declara la epidemia no existían otros recursos para frenarla.

 

No existía en 1918 una vacuna para la profilaxis de este virus (que se lo llamaría N1H1). En formas clínicas benignas, la inmunización persona a persona era la clave propuesta con Jenner para combatir la viruela casi un siglo antes. Era algo que hacían nuestras madres a mediados del siglo XX cuando sufríamos una enfermedad exantemática de la infancia: ponían a todos los hermanos juntos para que se contagiaran y así inmunizarlos. Pero esta costumbre fue propia de la era antibiótica que permitía tratar las temidas sobreinfecciones bacterianas que complicaban las virosis. En 1918 no contaban con este precioso recurso.

A principio de siglo se contaba con un método bastante efectivo que había tenido éxito en el tratamiento de una de las enfermedades más terribles que afectaban a los niños, la difteria. A tal fin se creó suero de caballo infectado por el germen generador de la difteria para crear anticuerpos y una vez purificado se lo inyectaba en la víctima para transmitir los anticuerpos generados por el caballo. Este proceso, si bien efectivo, también podía desencadenar una reacción antígeno-anticuerpo, la llamada enfermedad del suero por las diferencias inmunológicas entre el equino y el humano.

En 1912, Rufus Cole, uno de los investigadores del centro Rockefeller, desarrolló un suero para tratar una de las bacterias responsables de la neumonía. Curiosamente Cole se inspiró en uno de los trabajos de un médico canadiense que prestaba servicios en el ejército de EEUU pero por su origen canadiense era uno de los pocos profesionales que no era oficial sino soldado raso, Oswald Avery. Avery era un hombre delgado y culto poseedor de varios talentos como ser un gran orador, ejecutar el corno inglés con tanta habilidad como para integrar la orquesta del conservatorio nacional y participar en un concierto conducido por Antonín Dvorák, además de ser un buen pintor. Era un obsesivo en su trabajo que años más tarde dio el gran paso hacia la ingeniería genética, descubrió que el ADN y el ARN estaban en el núcleo de las células. Su mundo fue la investigación. Avery coincidía con la afirmación que en su momento realizaría Einstein cuando explicaba por qué muchos se encerraban en su trabajo; "para escapar de la vida de todos los días...'', y Avery no tenía vida personal, hecha la excepción de la música.

Avery trabajó en el laboratorio del Hospital Rockefeller infectando ratones con distintas cepas de neumococos y estudiando la génesis de anticuerpos. Con esos anticuerpos curaron otros ratones infectados. Pero estos no eran humanos. ¿Acaso serviría este método para curar a los miles que morían a causa de la neumonía? Varios investigadores del Instituto Rockefeller se prestaron al experimento. Si bien existieron algunas reacciones, el método de Avery y Cole pudo ser utilizado para tratar algunos casos de neumonía secundaria y al sarampión en el Campo Gordon fuera de Atlanta donde años más tarde se desarrollaría uno de los laboratorios más importantes para el estudio de enfermedades infecciosas.

Enseguida Welch y Gorgas convocaron al comité de neumonía que incluía a Avery (en el laboratorio), a Cole, a Thomas Milton Rivers, uno de los virólogos más importantes de EEUU y a Eugene Linsday Opie como patólogo. Un verdadero Dream Team. Una de las principales medidas que se tomó fue mantener en barracas separadas por 15 días a los nuevos reclutas.

Mientras las autoridades se preocupaban por el sarampión, la influenza aparecida en Haskell se diseminaba a Camp Funston, de allí a Camp Forrest y Greenleaf en Georgia. Para el mes de abril la enfermedad se había extendido a 30 de las 50 ciudades más importantes del país. De allí saltó a Francia con las fuerzas expedicionarias y los primeros casos se dieron en Brest y Chaumont pero no hubo que lamentar pérdidas. El 10 de abril llegó a París y poco después a Italia. En mayo las fuerzas británicas tuvieron 36.560 casos. Al mismo tiempo se afectaron las tropas alemanas, a tal extremo que Erich Ludendorff debió posponer la gran ofensiva planeada y quizás por este virus Alemania perdió la oportunidad de ganar la guerra.

Omar López Mato

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