Domingo, 17 Mayo 2020 00:00

Intimidad de una Pandemia (Parte VIII): La segunda ola - Por Omar López Mato

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Para mediados de 1918, la influenza había matado a casi el 5% de los combatientes franceses. Probablemente una cifra semejante haya eliminado a los soldados alemanes que no pudieron asistir al ataque final organizado por el alto mando. En Louisville, Kentucky, la letalidad había sido también muy alta.

 

En agosto llegaron a Estados Unidos varias naves con su tripulación postrada por la enfermedad. Era una devolución del regalo griego que había recibido meses antes. Cuando una de estas naves atracó en Nueva York con enfermos a bordo las autoridades de la ciudad afirmaron que no habrá nada que temer con una población "sana y fuerte como que la vivía en esta ciudad".

El 10 de agosto, al mismo tiempo que el gobierno británico declaraba el fin de la epidemia, los marinos franceses estacionados en Brest (ciudad donde meses antes habían desembarcado 700.000 norteamericanos) eran víctimas de la segunda ola de la enfermedad.

Mientras esto acontecía en Europa, el virus se diseminaba por África. El primer país en sufrir la pandemia fue Sierra Leona. En algunos países del continente negro, las muertes excedieron al 5%, aunque entonces (y tampoco ahora) se contaba con estadísticas confiables.

SOBREPOBLACION DE RECLUTAS

En Estados Unidos las cosas empeoraron, especialmente en las vecindades de Boston, específicamente en los cuarteles de Camp Devens, donde existía una sobrepoblación de reclutas. Desde agosto en adelante los soldados caían fulminados por la enfermedad en tal proporción que los cadáveres se acumulaban en los pasillos del regimiento. Casi el 20% de los reclutas estaban enfermos, 75% de ellos debieron ser hospitalizados y cientos de ellos murieron a pesar del esfuerzo de los médicos.

La situación fue tan grave que el Dr. Welch fue convocado. Lo que vio fue apocalíptico. Ni en los peores momentos de la guerra el espectáculo había sido tan dantesco. Welch llegó a pensar que se enfrentaban a una nueva enfermedad.

Inmediatamente fue convocado Avery que había sido promovido de soldado raso a capitán. Welch instó a las autoridades militares a declarar la cuarentena.

A medida que los muertos se acumulaban en Campo Devens, la gripe llegaba a Nueva Orleans, Filadelfia, Chicago y Rhode Island. Las fábricas y los armaderos de Filadelfia quedaron vacíos... Los obreros no se presentaban a sus puestos de trabajo por miedo a contagiarse. La situación empeoraba dada la escasez de viviendas y el hacinamiento de la población, especialmente de la gente de color. Para paliar la crisis económica, el Partido Republicano comenzó a pagar a los obreros sin trabajo ni en la municipalidad ni en un departamento estatal sino en la propia sede del partido.

En la Estación Naval de los Grandes Lagos, la situación era igualmente dramática. Creada en 1905 por Teddy Roosvelt como la base naval apta para formar marinos de carrera, también fue el lugar de formación de bandas musicales, encabezadas por el teniente John Philip Sousa, compositor de marchas militares que aun hoy se ejecutan. También allí los muertos se acumulaban insepultos.

Muchas autoridades quedaron paralizadas ante la magnitud de los eventos, pero otras directamente negaron que la epidemia estuviese diezmando a la población. Sin embargo, la realidad los superó y comenzaron a distribuir panfletos explicando la sintomatología y limitaron el desplazamiento dentro de ciertas áreas de las ciudades afectadas por la pandemia.

La actitud negacionista respondía a una política nacional destinada a aumentar el esfuerzo bélico. Ya dos millones de soldados americanos habían llegado a Francia y otro millón estaba en preparación. Lógicamente se necesitaba mucha plata que se gestaba a través de un bono patriótico. Para lograr inspirar a la población se organizaban desfiles y en cada obra de teatro o función de cine se daban discursos alusivos. La situación en Filadelfia era tan catastrófica que hasta estos actos patrióticos se prohibieron, después de un contagio masivo durante una de las marchas organizadas para recaudar fondos.

MUERTE IMPARABLE

La muerte en las barracas era imparable. El 4 de octubre en Camp Grant 100 hombres murieron en un día. Eran jóvenes reclutas, la mayoría campesinos fuertes, hombres robustos que fallecían entre esputos sanguinolientes y delirios entre cientos de médicos y enfermeras exhaustas que debían atender a 5.000 pacientes postrados en literas dentro de tiendas de campaña.

En Camp Custer, Michigan, 2.800 hombres fueron admitidos al hospital ese mismo 4 de octubre. La situación se complicó rápidamente y los jóvenes morían por docenas. El coronel Hagadorn, el jefe del batallón escuchaba día a día el informe de sus subalternos sin tener otra opción más que lamentarse.

A los diez días de iniciada la epidemia, después de escuchar el informe sobre enfermos y muertes, ordenó que sus oficiales se formen frente fuera de su despacho. Después de unos minutos de espera, se escuchó un disparo. El coronel se había suicidado. No por su muerte dejaron de morir sus subalternos.

Omar López Mato

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