Domingo, 31 Mayo 2020 00:00

El oráculo - Por Omar López Mato

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Desde los albores de la humanidad los hombres han tratado de conocer el futuro. Los griegos recurrían a la Pitonisa y los romanos a la Sibila quienes, de distintas formas, trataban de conocer la voluntad de los dioses. Como difícilmente lo podían predecir con exactitud, recurría un lenguaje oscuro, elíptico e impreciso que necesitaba de una exégesis. Esta predicción podía interpretarse después de conocido el resultado. Este es el antecesor del famoso diario del lunes.

 

Otro típico ejemplo son las predicciones de Nostradamus, escritas en un lenguaje tan abstruso que pueden significar cualquier cosa, aunque nunca falte un incauto que quiera ver en esos poemas un asomo de verdad.

Nadie vio venir la pandemia del covid-19. Aparece algún video de Bill Gates hablando de la posibilidad de una pandemia varios años atrás (conferencia TED, Vancouver, 2015) y hasta de Obama (Casa Blanca, Washington D.C., 2014). Sin embargo, la guerra bacteriológica es una posibilidad cierta desde que la viruela fuera dispersa por los conquistadores para someter a los pueblos americanos que desconocían dicho flagelo y por lo tanto no habían creado inmunidad.

Los griegos y romanos lo usaban arrojando cadáveres dentro de las ciudades sitiadas, aunque a veces los victimarios terminaban siendo víctimas de su propia estrategia. Quizás por esta razón la práctica no se generalizó, aunque los japoneses, durante la Segunda Guerra, tenían un escuadrón de científicos experimentando con gérmenes, la tristemente célebre Unidad 731 que bombardeó ciudades chinas (Ningbo y Changde) con pulgas infectadas por la bacteria de la peste bubónica.

Al jefe de la tenebrosa Unidad 731, el general Shir Ishii, se le ofreció inmunidad a cambio de proveer la información que había recogido mientras dirigió dicha unidad. Ishii en ningún momento fue juzgado y murió ejerciendo su profesión. El peligro de usar armas biológicas sigue vigente...

Sin embargo, la propuesta es hablar de un tema tan letal como los gérmenes, la economía, sobre todo cuando estas caen en manos de dogmáticos y tendenciosos.

NO ES UNA CIENCIA EXACTA

Alguien ha dicho que gran parte de la actividad de los economistas pasa en explicar por qué no pasan las cosas que según ellos debían acontecer. Y todo esto se debe a que la economía no es una ciencia exacta a pesar de las fórmulas matemáticas y estadísticas que esgrimen. Obviamente no estoy en contra de la idea de buscar modelos matemáticos que ayuden a entender la realidad, pero hay que estar conscientes que no son la verdad absoluta. Lo importante es saber que hay fenómenos psicológicos que no tienen correlación matemática y están fuera de las fórmulas como el miedo, la irracionalidad de conductas primarias, la codicia y conductas psicopáticas.

Estas últimas son muy interesantes porque un 5% de la población (poco más poco menos) son psicópatas (los sociópatas son más, pero estos tienen alguna expectativa de cambio) y sin embargo tenemos leyes y fuerzas del orden para evitar su accionar, un gasto enorme que hace la sociedad para defenderse de ellos. Si todos fuésemos ángeles no necesitaríamos leyes pero basta que haya un ángel caído para que se desate el infierno.

Cuando alguien se equivoca por no haber previsto un problema, no es raro que sobreactúe para compensarlo, o pintar un panorama apocalíptico, como el que ahora dibujan algunos especialistas. No dudo que Argentina estará en una posición muy comprometida pero no sé si los pronósticos para el mundo son tan sombríos, como para asegurar que se perderán la mitad de los puestos de trabajo ó que las economías tardarán años en recuperarse.

Muchas de tales afirmaciones suelen estar basadas en el crack del 29 y otras catástrofes económicas. Al estudiar una crisis económica ó una pandemia ó las secuelas de una guerra, se pueden tomar en cuenta algunas cosas, algunas ideas y conceptos sobre la reacción de algunos grupos. Pero hasta aquí llegamos. No todo es perfectamente extrapolable.

Cuando se estudia una pandemia, podemos llegar a conclusiones para esa pandemia y no para todas las pandemias, más cuando lidiamos con un virus del que poco se conocía y cuando estamos ante una situación sin precedente en la historia de la humanidad que es la instantaneidad en las comunicaciones.

Estar constantemente informados enchufados a un televisor o un celular, con una curiosidad casi perversa de saber la cantidad de muertos y contagiados , no se vivió en ninguna instancia previa. Conocer el número de contagiados es un hecho que puede servir a los epidemiólogos para reconocer la aparición de un brote, pero no para la población general que no sabe con qué compararlo.

ALARMISMO INUTIL

Anualmente mueren en Argentina 120.000 personas, groseramente 350 al día. Al año también mueren 20-30.000 personas por gripe o sus complicaciones, Entonces saber cuántos murieron por día solo sirve a la población general si es que se exceden los guarismos habituales. Lo demás es alarmista y asiste a crear el miedo -que siempre guarda en su esencia algo de ignorancia-.

Parte de las predicciones de cuantos muertos podría traer esta pandemia están basadas en la opinión de epidemiólogos que tomaron datos históricos ó en data que dio China en un primer momento. Todos sabemos hoy que ocultaron parte de la verdad. Basados en datos de pandemias previas (los números de víctimas de la influenza de 1918 oscilan entre los 17 millones a 100 millones de muertes) cualquier proyección dará cifras escalofriantes y los epidemiólogos, como muchos profesionales, prefieren pintar el peor pronóstico antes que el más benigno.

Si se da el primer pronóstico, es decir la peor proyección, se podrán ufanar de eso, y si la cifra es mucho menor a la pronosticada, entonces se podrán vanagloriar de que se llegó a tal resultado porque ellos advirtieron del peligro pintando el peor panorama sanitario y que gracias a ellos se logró prevenir el desastre. A los epidemiólogos no se les preguntó nada sobre las consecuencias en la economía...

Creo que esta inesperada pandemia y su parate económico nos confirman, una vez más, que el oráculo de poco sirve. Que en las entrañas de las palomas no está el futuro, ni en las entrelíneas de un libro abstruso.

Alguno podrá predecir alguna vez algún dato, pero nunca todas las veces. Los organismos internacionales, después de todo, no son una corte de ángeles, ni de sabios y menos aun tienen la verdad absoluta. Estamos librados a la interpretación de los hechos a la escasa luz que arroja el estudio del pasado dentro de un nuevo contexto... y al igual que en Grecia, en Roma o en la Edad Media, el futuro no está escrito en las estrellas y de poco sirven los horóscopos, las pitonisas y las proyecciones matemáticas...

Omar López Mato

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