Domingo, 07 Junio 2020 00:00

Los flagelantes - Por Omar López Mato

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No hay gente por las calles pregonando el fin de los tiempos, ni escritos apocalípticos, salvo los pronósticos económicos. Pero existe una autoflagelación en las redes sociales.

 

El movimiento de los flagelantes nació entre hambrunas y epidemias durante la Edad Media. Convencidos que esos males eran un castigo divino por la corrupción de las costumbres y los pecados de su conducción, un grupo de personas de humilde extracción marchaban por las ciudades y caminos infligiendose lesiones y haciendo justicia por mano propia, a fin de castigar a los individuos y grupos que, según ellos, era los responsables de estas calamidades.

Un grupo de flagelantes se fue separando del cristianismo. Creian que la conducción de la iglesia era la causa de la furia divina que nos llevaría al fin de los tiempos.

Esta actitud mereció la condena de Clemente VI en su bula Inter Sollicitudines de 1349. Pronto estos flagelantes que acusaban a los judíos de ser los culpables de la peste se vieron comprometidos por la persecución de la Iglesia que los acusaba, a su vez, de haberse convertido en una banda proclive a la rapiña y las agresiones. Ellos eran los causantes de la ira divina.

Si bien fueron condenados por el Concilio de Constanza (1414), la costumbre de marchar flagelándose continuó en Italia, en España y en Brasil, donde eran tolerados por la Iglesia, no así en Alemania y Europa del este, donde se manifestaban contra el poder terrenal del Vaticano y eran excomulgados y perseguidos como herejes.

En Rusia tomaron una forma particular, los jlystì que infligían la tenue línea entre la autoflagelación y el placer ya que aquellos que lo practicaban solían concluir sus encuentros con orgías. El más célebre de sus miembros fue el monje Rasputín. Otro grupo dentro de los flagelantes rusos sostenía que la salvación estaba en la castración...

¿Qué ha quedado del espíritu de los flagelantes que marchaban en multitud por los caminos medievales, golpeándose la espalda y también ejerciendo por mano propia lo que creían era la justicia de Dios? Quizás no se expresen de forma tan descarnada, pero podemos adivinar su presencia en esta pandemia covid-19.

LATIGO EN MANO

En este contexto, estando prohibido circular por las calles látigo en mano, existe una tendencia a la autoflagelación digital, llevando el recuento de muertos e infectados, analizando el ranking de países que, con más óbitos o contagios, esperando el reporte en vivo y en directo de las víctimas, o escuchando largas explicaciones sobre el síndrome de Kawasaki (afección a la piel que recientemente se ha detectado en unos pocos niños afectados por el covid-19).

Parte de la flagelación es escuchar tasas de mortalidad y curvas de contagio, cuyo pico se va corriendo a medida que la cuarentena se extiende y comienza el invierno, temporada propicia para la trasmisión del virus.

Otra forma de flagelación es escuchar las distintas posibilidades terapéuticas, las opciones de una vacuna que se hacen en China, otra en Israel, una en Alemania, otra en Estados Unidos y hasta una que se hace en el país. La vacuna se ha convertido en el Santo Grial, la solución a nuestros miedos que solos se resolverán mágicamente con su llegada...

Sin embargo, se debe entender que para que llegue a usted y a millones de personas en el mundo deberá tardar meses en que se prepare, reparta y aplique, y para entonces (Dios no quiera) el virus puede haber mutado...

Todos los años la vacuna de la gripe se hace con las cepas del año pasado, pero la efectividad no es total ya que raramente supera el 70%. Es difícil saber cuál será su utilidad, pero cuando se siembra el terror también hay que sembrar esperanzas, como proponía Orwell en 1984...

INCERTIDUMBRE

La prolongada cuarentena se ha convertido en una flagelación, creando incertidumbre sobre la salud de los individuos y sus seres queridos, sobre su economía, sobre su trabajo, sobre la seguridad de la familia y el destino del país (que ya estaba condenado de antemano y solo prolonga la agonía aprovechando el pandemonio de la pandemia para evitar el décimo default de nuestra economía).

Está pandemia crea el miedo no solo de su prolongación sino de su repetición. En lo que va del siglo hemos tenido varias pandemias. La del SARS, del MERV, la gripe porcina, la aviar y el sida -que en estos días paso segundo plano- ¿Qué posibilidades existen de que un virus más dañino haga su aparición?

Hemos tenido la suerte que este covid-19 comprometa fundamentalmente la vida de adultos y no de niños, como fue la poliomielitis y la viruela o el sarampión en su momento. ¿Sería muy descabellado pensar que una pandemia por otro virus se propagase en un futuro no muy lejano?

La idea de la autoflagelación está íntimamente ligada a una percepción mileranista. El apocalipsis está a la vuelta de la esquina y solo el castigo autoinfligido puede salvarnos, porque somos frágiles, volubles y corruptibles... Hemos querido domar a la naturaleza y ella nos devuelve una partícula infinitesimal que nos muestra nuestra debilidad.

No hay gente por las calles pregonando el fin de los tiempos (aunque hay quejas sociales, como es de esperar después de las pestes), ni escritos apocalípticos (salvo los pronósticos económicos) lo que probablemente este marcando el alejamiento de la religión de las personas, más atentas a Netflix que al próximo sermón, más esperanzadas en la vacuna y los adelantos científicos que, en la prédica de ayatolas, sacerdotes y rabinos. La pandemia creó comuniones de flagelantes que no abandonan sus hogares, pero protestan por la suerte perra que les ha tocado vivir.

Parte de la flagelación es escuchar tasas de mortalidad y curvas de contagio, cuyo pico se va corriendo a medida que la cuarentena se alarga.

Omar López Mato

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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