Martes, 26 Abril 2016 09:09

Las reglas del juego

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Siempre fui muy malo jugando al fútbol. Lo que se dice, un tronco. Era el último en ser elegido en la selección de equipos y quedaba para arquero o defensor. La verdad es que mucho no entendía las reglas. ¿Qué era un foul? ¿Cuándo era penal? ¿Off side? Y menos entendía cuando las reglas cambiaban y jugábamos sin árbitro. Eso era asegurarse un final de pugilato.

 

 

Con los años el fútbol me interesó como fenómeno social e histórico, y aprendí que originalmente, las reglas eran cambiantes. El área penal surgió cuando en un año en Inglaterra murieron varios jugadores por la vehemencia defensiva de los contrarios, que aumentaba en forma directamente proporcional a la distancia al arco; entonces no medían su fuerza y cualquier cosa parecía lícita para evitar que el contrario metiese un gol. Hizo falta que cuatro jugadores murieran en un año para imponer el área penal.

 

Como sociedad aprendemos mal y poco, y a fuerza de muchas repeticiones, y muchas veces jamás aprendemos, porque cada generación vuelve a descubrir la pólvora y todos creen que al mundo lo inventaron anteayer.

 

Por doce años no se hizo campaña contra la droga. Por doce años se jugueteó con la idea de despenalizarla. ¿Ya nos olvidamos de la Morsa Fernández y el festival de la efedrina?

 

Hay muchos sueltos por ese cuento que aún tienen puestos oficiales… ¿Necesitamos que se incineren cinco pibes para acordarnos que la droga mata, que el paco crea idiotas, que la coca te atrofia el cerebro en cómodas cuotas?

 

Más allá del dealer, de la vigilancia, de las habilitaciones, falta un mensaje claro. Desde estas páginas he propuesto la creación de un servicio cívico, dónde se les explique a los jóvenes las enfermedades de transmisión sexual, el uso de profilácticos, y los dramas de las drogas. Hay que poner reglas claras.

 

Nada se ha hecho y estamos condenados a repetir los mismos errores.   

 

Cómo reacciona un joven al que hoy se le dice una cosa, y otra mañana. Hoy es bueno, mañana es malo, esto es inocuo y al día siguiente le revientan los riñones a tu amigo. Hoy es delito, mañana es ley.

 

Las oscilaciones ciclotímicas de las leyes nos hace buscar mandamientos más constantes, albergados en el yo de cada uno: Hago lo que a mí me conviene y basta.

 

En la economía pasa lo mismo. Desde la década del ’40 se viene estatizando lo que después se privatiza. Importando lo que después se exporta. Hoy es prohibido lo que mañana es permitido, aplaudimos lo que después solo recibe silbidos… No podemos seguir yendo de un extremo al otro, cobrando impuestos a las ganancias sobre sueldos de sobrevivencia, cargando a la propiedad privada con impuestos municipales, provinciales y nacionales.

 

Por años se cobraron impuestos suecos para recibir los servicios de Burundi. ¿Y cómo responde la gente? Evadiendo. La evasión es el pecado más antiguo desde que Adán mordió la manzana. (Las grandes revoluciones son por excesos en los impuestos, después dicen que es por libertad, independencia, contra la tiranía, pero en el fondo… es por plata). La gente se pregunta ¿por qué tengo que pagar tal impuesto si la señora lo usaba para hacer caminos que nunca se inauguraron o para que el ministro viaje en jet privado a la China?

 

Esto no se arregla de un día al otro, es un problema cultural. Uno no puede justificar su ilícito por el pecado ajeno.

 

Y tampoco puede de un día para otro pasar de la lucha libre en el barro a bailar el Lago de los Cisnes en el Colón. Es un largo camino desde la corrupción a la evasión, pero en algún momento hay que empezar.

 

Omar López Mato 
Médico y escritor    
Su último libro es IATROS Historias de médicos, charlatanes y algunos tipos con ingenio.
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