Domingo, 25 Septiembre 2016 10:06

Mirando a España

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Por identidad, costumbres y por herencia, nos gusta mirar a España. Madre patria, tierra de nuestros abuelos, fuimos testigos de su Historia. Vimos como una nación salida de una guerra atroz y una larga dictadura, se convertía en un país pujante, de donde partían inversiones que promovían negocios en esta hija pródiga.

 

 

Nos llenábamos la boca con el Pacto de la Moncloa, la forma civilizada en que un país con “grietas” profundas podía salir adelante con un tratado firmado por falangistas y comunistas, que hasta hacía poco se mataban, Ebro de por medio.

 

Telefónica, Repsol y cientos de empresas compradas nos hicieron dudar. ¿Para qué nos independizamos del Imperio, si ahora se compran todo?

 

Vamos a Madrid y nos maravillamos de su elegancia y las seis circunvalaciones que la rodean. El Ave vuela a Barcelona, Barajas es un aeropuerto monstruoso, y los pueblos de donde nuestros abuelos habían partido con hambre, hoy son ciudades cosmopolitas y refinadas.

 

De un día para otro, después de Felipillo y de Aznar, del Mercado Común Europeo y la OTAN, de Juan Carlos cazando elefantes y sus yernos cazando fortunas, España quedó atrapada en sus laberintos. El gigante tenía pies de barro y dedos pegajosos, a los que se adherían billetes indebidos.

 

“Una de las dos Españas”, cantaba Machado y ahora no había dos sino millones de españoles desorientados, parados, quejosos porque despertaban a la vida real y se percataban que España no era una potencia, las cuentas estaban mal hechas, el dinero se había esfumado y el príncipe azul de antaño desteñía.

 

Los que hace treinta años exhibieron el Pacto de la Moncloa como un signo de civilidad, hoy se pelean por un voto y no pueden ponerse de acuerdo para elegir un gobierno.

 

Hace más de un año que no se vota una ley, pero la economía española crece al 3 % (cuando el promedio europeo es de 1.5) a pesar de la anarquía… o quizás por la anarquía.

 

El poder legislativo se separa del ejecutivo en el siglo XVIII, cuando las jóvenes democracias necesitaban regular su vida en común. Hoy día, después de 200 años, las cosas han cambiado y vale preguntarnos si un exceso de leyes no es tanto o más perjudicial que su carencia.

 

¿Necesitamos 380 diputados y 72 senadores con secretarios, asesores, choferes y dietas extraordinarias, amén de sus jubilaciones? ¿Necesitamos miles de diputados y senadores provinciales, nacionales, y representantes locales? ¿Necesitamos mantener la misma proporcionalidad cuando somos el doble de habitantes que hace 30 años? ¿Para qué? ¿Para dictar más leyes y reglamentos, para decretar el día del choclo, la festividad de la batata, o la celebración de algún prócer local? ¿Para qué necesitamos legisladores que en los momentos más dramáticos del país, cuando se robaban todo y destruían los sistemas de control, la mayoría de ellos guardó un silencio cómplice, levantó la mano sumisamente cuando le tocaba votar y bajó la cabeza mientras Cristina sermoneaba con el dedito levantado? Se convirtieron en la escribanía de los déspotas sureros y con su silencio avalaron el latrocinio.

 

¿Necesitamos seguir votando listas sábanas de las que conocemos, en el mejor de los casos, a los tres primeros de la lista? ¿Qué representatividad tienen los restantes diez o veinte aspirantes a legisladores?

 

No se malinterprete, no digo que no deban existir los legisladores, pero como siempre en la Argentina, la cuestión es la desproporción. ¿Qué pasa si en lugar de representar a 120.000 votantes lo hace por 240.000 o 300.000? ¿Acaso se deteriora la democracia por esto?

 

Tenemos el mayor índice de médicos, abogados y psicólogos per cápita del mundo y también tenemos una proporción creciente de analfabetos y semianalfabetos. Siempre caemos en excesos, por mucho o por poco. Tenemos decretos, leyes, edictos y regulaciones que se meten en detalles nimios de nuestra existencia, pero carecemos de los sistemas para controlarlo o la fuerza policial que los haga cumplir. ¿Necesitamos seguir alimentando a la corporación política que se enriqueció a expensas de los contribuyentes?

 

Miremos a España.

 

Omar López Mato

Médico y escritor    

Su último libro es IATROS Historias de médicos, charlatanes y algunos tipos con ingenio

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