Domingo, 18 Septiembre 2016 08:05

De canillita a campeón y de campeón a mendigo ¿Cuándo comienza la declinación argentina?

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Esta es, de una u otra forma, la pregunta que se hace la intelectualidad nacional desde hace 50 años.

 

 

Obviamente, esta pregunta tiene tantas respuestas como argentinos quieran responderla.

 

Hay quienes opinan que la declinación estaba en nuestros genes como herederos de un imperio corrupto como lo era el español. Otros creen que la impronta mercantilista de ese imperio es la que obliga a los porteños a vivir del contrabando, ligando la idiosincrasia nacional a una falta de respeto a las normas legales, sintetizada en la fórmula “se respeta pero no se cumple”, con la que los cabildantes criollos rechazaban las cédulas reales que no se ajustaban a la realidad del momento.

 

En última instancia, fue el puerto de Buenos Aires y la jugosa recaudación de su aduana la fuente de discordia que condujo a guerras civiles entre unitarios y federales, aunque nadie puede negar el centralismo de Rosas y las barbaridades cometidas por ambos bandos. Unos fusilaban, los otros degollaban. El fin era el mismo.

 

Después de un progreso colosal que llevó al país a una situación de encubrimiento mundial, vino el crack del ’29, con la caída de los comodities y un período de zozobra y declinación. En esa instancia dramática se repartieron las culpas. ¿Fueron los conservadores los que no supieron adaptarse a los nuevos tiempos? ¿Fue Irigoyen y su diario? ¿Fueron los militares quienes impusieron “la hora de la espada” y su nacionalismo fascistoide? ¿Fue Perón el responsable de establecer un régimen populista y corporativo quien sembró la semilla de la discordia entre los argentinos? Al igual que Napoleón decía que cada soldado llevaba en su mochila el bastón de mariscal, cada gobierno militar que siguió al peronismo soñaba (en forma inconfesa) con tener su propio 17 de Octubre.

 

Obnubilado por esta ilusión llevaron sus pretensiones hasta las últimas instancias. Como le dijo Galtieri al general Haig frente a una Plaza de Mayo rebosante de entusiasmo patriótico por la recuperación de las islas Malvinas: “Usted comprenderá que esto no tiene marcha atrás…” Y los militares se estrellaron en Malvinas, junto a la deuda externa impagable y los excesos en la represión.

 

Hay quienes ven en la “debilidad” democrática la razón de nuestros desvelos. Fueron estas debilidades heredadas las que hicieron que no se “supiera, ni pudiera, ni quisiera” arreglar al país. Por otro lado, imperó la feroz oposición del “conmigo o sinmigo”, el antagonismo postdiluviano, el enfrentamiento caiga quien caiga. Acá no hay opositores que debaten, hay enemigos que se pelean (aunque pertenezcan al mismo partido). Hay que ganar como sea y hacer hociquear al rival. Este enfrentamiento parece obligar a matar o morir, al cinco por uno, a levantar horcas para castigar a los opositores, a distribuir alambre de enfardar para colgar a los enemigos, a dar “leña” al disidente, a torturar, a aniquilar, a aplastar… En definitiva, al enemigo ni Justicia. Odio sembrado desde los medios de comunicación, desde el palco presidencial, confirmando aquello de la violencia de arriba genera la violencia de abajo.

 

No contento con fomentar el enfrentamiento entre argentinos (que al final de su vida se le volvió en contra, gracias a los mocosos imberbes), Perón instaló el perverso concepto de celebrar el déficit fiscal y minimizar el impacto inflacionario, un impuesto perverso que siembra miseria entre los pobres que decía defender, aunque cuidándose de sembrar falsas esperanzas: la deuda se paga con dos cosechas, Dios es argentino, estamos condenados al éxito y otras simplezas.

 

Pasamos de canillita a campeón y de campeón a mendigo gracias al germen peronista que muta periódicamente de neoliberal “trucho” a “bolche” de Puerto Madero con un ejercicio de la hipocresía que disfrazan de “Nac and Pop”, no sin antes asegurarse que el opositor/enemigo entrará al séptimo círculo del Infierno, donde todos se pelean por las migajas de un festín cada día más pequeño, gracias al desmanejo y la corrupción que supimos conseguir y en la que todos debemos reconocer nuestra parte de culpa por palabra, obra y omisión.

 

Omar López Mato 

Médico y escritor    

Su último libro es IATROS Historias de médicos, charlatanes y algunos tipos con ingenio

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