Domingo, 01 Mayo 2016 07:50

Los luditas

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Se cree que Ned Ludd nació a fines del siglo XVIII en Anstey, una aldea en los alrededores de Leicester, antigua villa romana que en tiempos de la Revolución Industrial se convirtió en una pujante ciudad, donde proliferaron hilanderías y empresas textiles, al ritmo frenético de las máquinas de vapor.

Esta proliferación de tecnología parecía que podía dejar sin empleos a los artesanos, obreros y campesinos. Las condiciones de empleo empeoraron y la proliferación de máquinas prometía extenderse a los largo y ancho, no solo de Inglaterra, sino del mundo, adónde el imperio se extendía de la mano de los mercaderes británicos, dispuestos a vender sus productos a precios decrecientes.

Algo debía hacerse para frenar esta locura de máquinas y el tal Ned Ludd, en un acto de arrojo, destruyó dos telares al frente de hordas de obreros deseosos de conservar sus trabajos, de sueldos miserables y condiciones laborales espantosas, pero eran lo único que conocían y que podían hacer. A palazos destruyeron a sus monstruosos enemigos, como antaño San Jorge había matado al dragón.

A medida que la tecnología avanzaba, se producían brotes de violencia espasmódicos, destruyendo las nuevas maquinarias. Hacia 1830 el mismo Ned Ludd (o en todo caso, el espíritu de Ned que se multiplicaba como las protestas) destruyó las trilladoras que amenazaban con dejar sin trabajo a los campesinos.

El imaginario popular lo asimilaba a Robín Hood, y al igual que el festejado bandido, ubicaba su hogar en los bosques de Sherwood, el Capitán o General Ludd (según el caso y la inspiración del momento) suscribía cartas intimidatorias amenazando a los emprendedores que osaban mecanizar el trabajo.

Lord Byron se opuso fervientemente al Frame Breacking Act, que sancionaba la destrucción de maquinaria, después de los disturbios en York que habían terminado con varios muertos. El mismo Karl Marx se refiere al tema en el Vol I. del Das Kapital, afirmando que a los trabajadores les llevarías considerable tiempo distinguir la culpabilidad entre las máquinas y la forma en que la sociedad utilizaba esos instrumentos a través del orden económico imperante.

Heidegger sostenía que el avance tecnológico implicaba la perdida de los sentidos y la capacidad de asombro convertidos en brutal indiferencia. En la segunda mitad del siglo XX Jacques Ellul fue el defensor del neo ludismo y su seguidor más notable, Ted Kaczynski (niño prodigio, doctor en matemáticas a los 22 años y profesor en Berkeley), opinaba que lo peor que le pasó a la humanidad fue la revolución industrial. El problema con Kaczynski es que pasó a la acción violenta enviando cartas explosivas a distintas empresas con la consiguiente muerte de tres personas y veintitrés heridos.

Kaczynski es conocido como el Unabomber, casi un mito urbano americano que tuvo en vilo al FBI por muchos años.

Quizás el Sr. Moyano y los taxistas porteños no sepan que se incorporaron a la escuela de los ludistas, al boicotear la distribución de resúmenes de cuentas por E-mail, y protestar contra UBER en Buenos Aires. Ellos alegan estar defendiendo su fuente de trabajo, y tienen todo el derecho de hacerlo, aunque no sé si tienen la razón.

Nuestro país está organizado bajo estructuras corporativistas heredadas de las instituciones fascistas impuestas en las década del ’40. Los sindicatos argentinos son una típica estructura corporativista, un lejano heredero de las guildas medievales. Vale aclarar que no son los únicos, hay grupos empresarios y profesionales corporativistas que cuidan sus intereses en desmedro de los demás. El avance de la tecnología on line parece amenazar muchas actividades y probablemente en pocos años algunas de ellas vean reducida su actividad (como las librerías) ya es más fácil bajarlos apretando una tecla.

Muchos neoludistas acusan a Internet de esta globalización que nos obliga a competir contra cyber imperios internacionales, de los que hasta ayer no tenían la menor idea de que existían.

Vuelvo a repetir, no sé si este mundo digital es mejor. Hay días que me quiero bajar del mundo, cómo decía Mafalda. Terminé mis estudios cuando la tecnología de punta era la Commodore 64 y en el colegio nadie me enseñó a escribir a máquina (tarea que debí encarar años más tarde en forma digital, mejor dicho monodigital, porque escribo con un dedo). Lo que aprendí a lo largo de estas últimas décadas de ejercicio profesional es que a la tecnología no le podemos ganar la guerra. Las batallas si, pero a la larga la guerra, no. Hoy los taxistas de Buenos Aires ganaron una batalla, pero el enemigo es colosal y abundante en recursos que satisfacen la “necesidad” de la gratificación inmediata –un nuevo standard en las conductas de la sociedad.

La solución lógica es que los mismos taxistas se vayan organizando en la oferta de mejores servicios, como los que ofrece UBER, pero para eso hay que actuar con inteligencia –que este impasse lo usen para organizarse, y no para pensar que tienen la vaca atada, armando desastres en la circulación de la ciudad.


Las políticas de rehenes (o lo que Hobsbawm llama “la negociación colectiva por disturbio”) a la larga siempre fracasan.

Deben entender que hoy el gobierno cedió porque no tiene ganas de meterse en esta discusión bizantina, cuando hay situaciones que urgen, y ésta es la menos importante. Pero en algún momento, tarde o temprano, van a cambiar, y más vale estar preparados para este cambio.


La tecnología debería abaratar los precios competitivos, que a su vez aumentan la necesidad de nuevos puestos de trabajo. ¿Se cumple esta consigna? ¿Acaso la tecnología siempre abarata los costos? Stephen Hawking en febrero de 2016 sostuvo: “Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado de esta situación dependerá de cómo se distribuyan las cosas. Todos podremos disfrutar una vida de lujos se la riqueza de esos productos hechos por las máquinas se comparten, o si las personas terminan miserablemente pobres en caso que los dueños de las máquinas no distribuyan esa riqueza en forma equitativa. Hasta ahora la tendencia parece ir en la segunda opción”.


Redistribuir no solo significa planes sociales, sino la creación de nuevos trabajos. A eso apunta el nuevo gobierno, pero estos neoluditas, que le tuvieron una paciencia eterna a los cuatreros sureros, no se percatan que el daño que ellos colaboraron a producir por años (los sindicalistas son aristocracias per vitam con puestos hereditarios) no se arregla en unas semanas. ¿Por qué no se quejaron cuando en los últimos 4 años se perdieron millones de puestos de trabajo por ineptitud de sus “correligionarios”? ¿Por qué no se quejaron cuando desde octubre el gobierno precedente dejó de pagar la mitad de la obra pública, generando 15.000 cesanteados? (¿Solo a Báez le pagaban?) ¿Acaso Cristina los tenía con la boca cerrada, amenazándolos con el tema de los remedios truchos? Estos tipos mataron a los afiliados de sus obras sociales dándoles agua en vez de remedios. ¿Qué tipo de malandras son? De ahora en más que muestren su declaración patrimonial.


Una vez más vemos que los peronistas no dejan gobernar y menos aún se hacen cargo de su participación en la hecatombe.


¿Empezamos con los palos en la rueda como Vandor a Illía, o cómo Ubaldini a Alfonsín?


¿Ahora que puede despegar el país del lío innecesario con los Holdouts, y que pueden venir a generar trabajo, asustan a los inversores creando leyes que ya sabemos que no funcionan?


¿Se necesita la retórica de Cristina para armar un país? ¿Necesitan el verso de un “relato” para hacer crecer al país?


Consintieron que el país se llenara de ñoquis y que el déficit estatal llegase a las nubes y ahora se olvidan que fueron gobierno, como se olvidaron que Isabelita era peronista. ¿Se olvidaron de Herminio, de López Rega, de Casildo Herrera, de Lorenzo Miguel y que los cuatreros santacruceños que subieron con su apoyo? Ahora son luditas, pero siempre fueron hipócritas.

  

Omar López Mato
Médico y escritor    
Su último libro es IATROS Historias de médicos, charlatanes y algunos tipos con ingenio.
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