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Miércoles, 25 Mayo 2016 11:59

Las deudas de Bicentenario

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Cómo en el tango que dice, “veinte años no son nada”, podríamos afirmar que doscientos es un poco más de errores, excesos, desconsuelos y aciertos.

Los argentinos estamos acostumbrados a construir relatos históricos para justificar las políticas de turno. El relato liberal de fines del siglo XIX se hizo teniendo en mente las justificaciones de las guerras civiles antirrosistas, arrojando un velo romántico sobre la gesta del Gral. Paz (desafortunadamente desarticulada por una  boleada azarosa) y la desastrosa campaña de Lavalle, una sucesión de errores e imprecisiones que hacen sospechar intenciones cuasi suicidas.

Poco después surgió un revisionismo pro rosista que intentó elevar a la figura de Don Juan Manuel a prohombre del nacionalismo, obviando detalles como el terror mazorquero, la despreocupación por Malvinas y la desastrosa campaña en la que perdimos nuestros territorios del Alto Perú.

Para colmo, la desnaturalización de la identidad nacional por la avalancha de inmigrantes, obligó a las autoridades del centenario a escribir una historia almibarada con buenos ceráficos, malos endiablados y varias omisiones intencionadas. (¿Cómo le íbamos a contar a los hijos de los inmigrantes europeos, que venían huyendo del fracasado modelo monárquico, que nuestros próceres republicanos, como Belgrano, San Martín y Rivadavia eran monárquicos, y el único que proponía un régimen federal y democrático era el cuasi bandido, Artigas –para colmo “padre” del país vecino?)

La historia oficial fue un relato tan eficiente, que llegó hasta nuestros días quizás porque nos fue inculcado en nuestra infancia con la misma perseverancia con la que nos introyectaron los pensamientos religiosos.

Se cumple un nuevo aniversario de la gesta de mayo, y aún persisten viejos problemas sin resolver.

La gesta de mayo fue la oportunidad que otorgaba la acefalía del reino de España para lograr algunas ventajas económicas y disputar el monopolio comercial que tenían los ciudadanos españoles.

Las políticas virreinales defendían el modelo mercantilista de economía cerrada que había otorgado un equilibrio precario en las ciudades del interior, conectadas con la enorme industria minera del Potosí, fuente del oro y la plata que se embarcaba rumbo a España para mantener el ritmo de vida de la corte madrileña.

Pero en 1806 los ingleses se llevaron el tesoro de Buenos Aires, paseado en triunfo por las calles de Londres. El nuevo virrey llegó con las arcas vacías.

En 1809 Cisneros abrió la ciudad al mercado británico, de acuerdo en el pacto de Apocada-Canning, que permitía el comercio entre ingleses y españoles, ahora aliados contra los franceses.

Los ingresos por estos derechos de importación aportaron divisas a las flacas arcas del tesoro virreinal pero generaron protestas de los comerciantes españoles como Yañiz, quien pronostica la ruina de la industria nacional.

“La representación de los Hacendados”, inspirada en Moreno y probablemente Belgrano, relataba las ventajas del libre comercio propugnado por los ingleses para colocar las manufacturas británicas, que crecían de la mano de la revolución industrial.

En 1810 la pulseada fue ganada por los ingleses (quienes previsoramente habían hecho llegar armas y municiones al regimiento de los Patricios, en caso hubiese algún díscolo hispano difícil de reducir).

La primera medida de la Junta, después de la obligada misa, fue ir a visitar a los capitanes ingleses, que a pesar de haber terminado su permiso de venta el 19 de marzo, esperaron pacientemente hasta el 25 de mayo, cuando cambió la marea de los tiempos.

Enseguida comenzó una lucha armada. La revolución era más resistida cuanto más lejos estaba la localidad del puerto de Buenos Aires, beneficiario casi exclusivo del librecambismo.

Han pasado 200 años y los problemas siguen siendo los mismos. ¿Apertura o cepo? ¿Proteccionismo o libre comercio? ¿Sometimiento a las potencias mundiales o encerrarse a “vivir de lo nuestro”? Evidentemente la respuesta no está en los extremos sino en situaciones intermedias que cambiarán de acuerdo a los valores de la época. El mismo gobierno K en un principio, tratando de seducir al gigante chino, permitió la entrada casi irrestricta de mercadería oriental cuyos costos impedían la competencia con los productos nacionales, presionados por impuestos y sindicatos. A este aperturismo le siguió el cepo cuya acción perjudicial aún persiste.

Mientras tanto la coparticipación de las provincias fue razón de disputas desde la reorganización nacional. Entre 1810 y 1820, Buenos Aires invadió 4 veces Santa Fe y se deshizo de la Banda Oriental porque Montevideo era mejor puerto. La historia argentina podría resumirse como la guerra por la renta de la Aduana.

Buenos Aires no quería coparticipar sus negocios aduaneros con las doce “hermanitas pobres” y así se anduvo con excusas (hecha la excepción del gobierno del Dr. Ricardo Alfonsín) hasta que el boom de la soja le otorgó al gobierno K la posibilidad de distribuir los ingresos de acuerdo a sus preferencias partidarias.

El país se debate en viejos problemas por ser herederos de las estructuras corruptas del Imperio español. La macrocefalia portuaria, la falta de un federalismo autosuficiente, la carencia de una política económica a largo plazo, las oscilaciones espasmódicas de encierro y apertura se han sucedido durante estos doscientos años, llevándonos al borde del abismo.

Es tiempo de terminar con estos ciclos que han generado nuestra decadencia.

Nos lo debemos a nosotros mismos y a la gente que se reunió un lluvioso 25 de mayo, esperanzados por un futuro mejor.

Omar López Mato

Médico y escritor    

Su último libro es IATROS Historias de médicos, charlatanes y algunos tipos con ingenio

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