Viernes, 08 Julio 2016 09:53

9 de Julio

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A diferencia del 25 de Mayo de 1810, que se presentó como la oportunidad para marcar las diferencias de los criollos con la conducción española, la declaración de la independencia fue una medida largamente debatida dentro del amplio espectro ideológico de las Provincias Unidas del Río de la Plata

 

–que se extendía desde una política continuista bajo la corona española (recordemos que Rivadavia estaba llevando adelante gestiones a tal fin en Europa), hasta un republicanismo federal promovido por Artigas y sus seguidores, pasando por alguna opción monárquica con variaciones para todos los gustos, que incluían un protectorado británico (propuesta por Alvear a Lord Strangford), al carlotismo, y la fallida unción de Francisco de Paula de Borbón cómo Rey del Río de la Plata, Perú y Chile (instancia que fracasa porque Napoleón tiene la mala idea de volver por cien días al poder y Carlos IV, convencido de las bondades del plan de Belgrano, Rivadavia y Sarratea- se echa atrás por miedo a enfrentar una vez más al corso). A falta de príncipes europeos se propuso uno de origen incaico, idea rápidamente desechada por varias razones, entre ellas que ninguna princesa de las casas reinantes estaría dispuesta a casarse con un “cholito”…

 

El 9 de Julio de 1816, a pesar de las amenazas realistas desde el Alto Perú después del desastre de Sipe Sipe (que implicaba la pérdida de la plata boliviana), el avance del Protectorado Artiguista (que ya había declarado su independencia un año antes en el Arroyo de la China) y la amenaza lusitana a la provincia Cisplatina, los congresales reunidos –la flor y nata de la intelectualidad del país- decidieron dar este paso fundamental como antes lo habían hecho las colonias americanas, que inspira el texto de nuestra acta de independencia (extraviado el original en tiempos de Rosas).

 

Los 29 firmantes del acta del 9 de Julio eran (17 abogados, 12 sacerdotes, y solo uno era militar –Gorriti- que asistía en su carácter de abogado), tenían en claro su misión: desvincularse de España para convertir esta guerra civil entre criollos y realistas, en una guerra entre naciones y evitar las retaliaciones y excesos en la represión propias de una guerra entre hermanos. La única opción era dejar caer la máscara de Fernando VII y asumir los riesgos que conlleva ser un país soberano.

 

Solo se proclamó esta independencia aunque el país no la pudo concretar, porque sin constitución, ni moneda, ni industria ¿se puede ser libre e independiente?

 

El congreso reunido en 1816 continuó sus deliberaciones hasta 1819, cuando dictó una constitución unitaria que con pocas variaciones podía convertirse en una monarquía parlamentaria, forma de gobierno preferida por la mayor parte de los diputados. Dicha constitución fue rechazada y muchos de los congresales que declararon nuestra independencia debieron sufrir persecuciones y prisión.

 

La declaración del 9 de Julio debió ser corregida por la amenaza de una invasión portuguesa. Entonces se proclamó la independencia de España y “cualquier otra potencia”, tanto en castellano como en quechua y aymará. El presidente de estas sesiones fue el abogado sanjuanino Narciso Laprida, que encontró su trágico destino enfrentando a las huestes del fraile Aldao, evocado en el “Poema Conjetural” de Jorge Luís Borges.

 

Desde entonces los argentinos parecemos condenados a estar unidos por el espanto.

 

Argentina fue la única colonia española que tiene un proceso libertario divido, primero el 25 de Mayo y seis años más tarde la gesta independentista. A lo largo de ese tiempo se plantearon distintas opciones y conflictos internos que terminaron en hechos violentos, como el fusilamiento de Liniers, la muerte de Moreno y la ejecución de Álzaga.

 

Cabe preguntarnos, si podíamos ser “libres” sin ser independientes o viceversa. La pregunta no pierde vigencia.

 

¿Cómo fuimos un país “libre e independiente”, sin constitución, guiándose los jueces por leyes de tiempos de Alfonso el Sabio, con aduanas interiores y gobiernos anárquicos en las provincias, sin moneda propia hasta casi fines del siglo XIX, y con una dependencia económica formidable en un país que solo exportaba cuero, sebo y tasajo? Esta anarquía solo sirvió para pelearnos en conflictivas guerras civiles y revoluciones, persecuciones políticas y un ejercicio arbitrario de la violencia represiva.

 

Hoy debemos preguntarnos ¿Podemos ser libres cuando la mitad del comercio exterior depende de la economía brasilera?

 

¿Podemos ser independientes si solo funcionamos con préstamos del exterior, entregados a regañadientes después de caer en defaults aplaudidos y nuevas promesas de pago con un festival de bonos?

 

¿Podemos ser independientes si más de la mitad del país vive de una coparticipación arbitraria, sin reglas claras cuya redistribución depende del poder político de turno?

 

¿Podemos ser independientes si la Justicia obedece al mandón de turno?

 

En 1816 se declaró la independencia pero no se la conquistó en toda su dimensión. ¿Acaso hay naciones independientes? La interacción entre las naciones es la regla y el comercio entre ellas afianzan los vínculos que nos alejan de la guerra. Más ahora, cuando el mundo tiende a la globalización y países de largas tradiciones sacrifican su soberanía para amalgamarse en una Unión de Naciones –que tampoco parece satisfacer a todos…

 

Es parte de nuestra condición humana, del espíritu de tribu, aislarnos o diferenciarnos de los demás. Periódicamente aparecen esbozos de ese nacionalismo obsoleto, el canto de las sirenas de “vivir con lo nuestro”, y nos encierran en un espacio minúsculo y asfixiante, propenso a crear la pobreza que alimenta el populismo.

 

La independencia de un país termina siendo la administración del limitado libre albedrío que tanto nos ilusiona pero que en realidad se reduce a un minúsculo espacio de maniobra.

 

Hace 200 años, un grupo de hombres de leyes y de fe tomó la decisión de separarse de una España absolutista que restringía su potencial y su capacidad de acción. Ellos buscaron horizontes más amplios a pesar de las amenazas que se cernían sobre la patria naciente.

 

Doscientos años más tarde, el país también se libera de una maraña ideológica, de una atroz prédica demagógica y de dislates económicos que pretendían ocultar la intencionalidad de saquear un país para perpetuarse en el poder.

 

A esos hombres de 1816 los esperaban las glorias de Chacabuco y Maipú, y la desesperanza de las persecuciones ideológicas. Muchos de los diputados que declararon la independencia sufrieron prisión, escarnio y olvido.

 

En este 2016 sabemos que la lucha contra los cínicos ladrones del kirchnerismo que se disfrazan de patrioteros, no será fácil. Sabemos que mucha gente se desilusionó porque alimentó el pensamiento mágico que el desmadre de una década podía resolverse de un día al otro, como por arte de magia. Se ilusionaban que nadie iba a pagar el latrocinio atroz de aquellos que habían elegido, no una, sino tres veces en las urnas.

 

Pero no fue así, ni podía serlo.

 

Estamos en el camino hacia un cambio estructural, la matriz de corrupción no puede tener lugar en la Argentina. Debemos independizarnos de este atavismo que venimos arrastrando desde hace décadas.

 

Hace 200 años un grupo de hombres que aún no se llamaban argentinos (pero que echaron las raíces de la nacionalidad), se pronunciaron por la separación de un Imperio opresor y corrupto.

 

Hoy nos toca a todos pronunciarnos contra esta podredumbre del poder omnímodo, que asfixió a la República, arrojándola a la pelea de intereses mezquinos, dividiendo argentinos para conquistar el poder y así eternizarse en el robo de la cosa pública.

 

Este grupo de ladrones nos dividió para sacar lo peor de nosotros, bajo propuestas revolucionarias que conspiraban contra la evolución natural del ser nacional. Por eso nos encontramos en este deterioro fenomenal de las instituciones, y del Poder Judicial que al verse en la mueca infame de funcionarios corruptos, recién despierta de su marasmo moral.

 

Este país construido sobre la sangre y sudor de sus ancestros, deberá renacer independizándose de sus propias flaquezas, que han sido muchas y profundas, pero que en un acto de contrición nos permitirá volver a creer en nosotros mismos, después de sancionar a aquellos que dañaron a nuestra patria con un relato mendaz que pretendía justificar sus arbitrariedades, sus falsedades y su corrupción.

 

Omar López Mato 

Médico y escritor    

Su último libro es IATROS Historias de médicos, charlatanes y algunos tipos con ingenio

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