Domingo, 24 Julio 2016 09:22

Los impresentables de siempre

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Reza el dicho popular que los peronistas te acompañan hasta la puerta del cementerio, pero no les gusta entrar.

 

 

Pues a esta altura, deben estar pasando por Av. Quintana, a pocas cuadras de la Recoleta (vieron cómo son los muchachos, transpiran populismo, pero no los sacás de Barrio Norte ni de Puerto Madero, salvo que estén de campaña).

 

El cortejo avanza a buen ritmo, dispuesto a dejar a los compañeros K; hirviendo de bronca, repartiendo maldiciones gitanas a los cuatro vientos.

 

Como ya no pueden hablar de desestabilización, se victimizan diciéndose objetos de una campaña difamatoria y Cristina ensaya un latigazo al aire, en una contra ofensiva legal a la que poca vida le veo, si es que siguen ventilándose los desaguisados de su gestión.

 

Como Hansel y Gretel los Kirchner han dejado las miguitas que conducen de vuelta a cueva. Solo hay que seguir las pistas dentro del gran desbole que han creado.

 

No vamos a seguir perorando de bolsas rebosantes de dinero pertenecientes a secundones, choferes y mucamas, ni de la aviesa huida del Chino Zannini, que choca y se escapa (¿acaso él no conducía al kirchnerismo hacia su entuerto electoral?), ni de la espuma por la boca que lanzan los laderos del gobierno K (¿será por la impotencia ante el oscuro futuro que los espera o por lo tonto que se sienten de haber apoyado a Cristina, que solo les ha ofrecido las migajas de la fiesta?). Hoy nos toca hablar de los impresentables de siempre, que después de abandonar el ataúd se apresuran a cumplir “el duelo express” para olvidar prestamente a sus accidentales compañeros de ruta. Al igual que ninguno de ellos se acuerda de López Rega ni de Isabelita (¿Eran peronistas?) en algún tiempo se despegarán del kirchnerismo, como un lejano ancestro paleontológico que olvidaron en el Pleistoceno, demostrado que el ADN que los emparenta es solamente una azarosa y desagradable coincidencia. Una vez enterrado el ataúd, se dedicarán al deporte preferido que los peronistas practican cuando se alejan del poder, llamado Poner palos en la rueda.

 

Mientras Cristóbal ordena a sus huestes de esbirros rentados (con el dinero que debe de impuestos) a despotricar en arameo y sanscrito contra el gobierno, Víctor Hugo hace ensayos literarios, y Moyano amenaza con la vieja consigna ubaldinesca dejando oír los sordos ruidos que no son de corceles ni de aceros, sino de bombos sindicales anunciando un próximo paro. A un paro por semestre, a Macri le esperan, por lo menos 8, paros generales.

 

¿Alcanzarán al record de Alfonsín? ¿Habrán aprendido algo?

 

Massa, el primer amnésico del kirchnerismo, ensaya distintas suertes para ver cómo cae parado en la próxima contienda electoral. Total, el trabajo sucio lo están haciendo los otros. ¡Qué suerte que no gané! Debe decir cada noche, mientras le reza al ángel de la guarda.

 

El Justicialismo se aglutina alrededor de los gobernadores que hacen turnos para pedirle al gobierno nacional “los mangos que los hagan morfar”, cedidos amablemente en el contexto del toma y daca político, esperanzados en que exista, al final, algún tipo de reconocimiento o gratitud (aunque sepamos que esta raza peronista es proclive a morder la mano del que le da de comer.

 

¿Serán tan incorregibles cómo decía Borges? El maestro tenía razón en tantas cosas…)

 

Después de haber debatido extensamente sobre los bolsos de López y las monjitas que no son monjitas (¿Acaso tupamaros?), y viven en una clausura que solo rompen para convidar con scones al gentil donante que aparece a las tres de la mañana, como si fuese un Papá Noel desorientado (Fellini, un poroto) en las mesas de los argentinos se discute sobre dos temas excluyentes: la suba de las tarifas y el blanqueo.

 

La bomba energética plantada con alevosía por el kirchnerismo, chisporrotea en manos de quienes tratan de desactivarla.

 

Los 24.000 millones de pesos en subsidios son una onerosa carga presupuestaria e inflacionaria. En estos años nada se hizo por energías alternativas, cifraron sus esperanzas en Vaca Muerta y terminamos en vía muerta, sin gas, sin petróleo, sin energía solar, nada.

 

Después de años de dejar la luz prendida, derrochar el agua potable y calefaccionarnos con gas barato (que no producimos por desidia de los K, y que nos cobran ahora igual que lo que pagan en Chile y Uruguay) nadie está muy dispuesto a enfrentar una crisis que no se vivió, porque el país no llegó a ser Venezuela.

 

Nos salvamos por un escaso 2 % de votos.

 

Como es parte de nuestra naturaleza nacional, nadie está dispuesto a cambiar los usos y costumbres del despilfarro.

 

¿Aprenderemos algún día que las cosas tienen un precio? Para llegar a una sociedad de bienestar debíamos haber producido antes!

 

A pesar de haber existido hasta diciembre un blanqueo K, existe un súbito interés en este nuevo blanqueo que enciende controversias por despertar ambigüedades que se concentran en una gran pregunta: ¿Ha llegado el momento de confiar en el país?

Existe una larga tradición nacional, una costumbre casi folklórica por “defaultear”, (anglicismo que en buen cristiano quiere decir: “El gobierno tarde o temprano te va a garcar”, con perdón de la expresión).

 

¿Llegó el momento de sacar la plata del colchón o traerla de paseo para que los billetes con la sonrisa del bueno de Washington conozcan al Obelisco?

 

Los argentinos descienden de los barcos y los nietos de los inmigrantes toman el avión para buscar nuevos horizontes… pero ¿dónde ir? Europa tiembla bajo el flagelo del Islam, EE.UU. se retuerce ante la amenaza de Trump, y el mundo está en guerra contra un fundamentalismo furioso que siembra bombas por doquier.

 

Los sistemas fiscales van al intercambio automático de información, porque todos los gobiernos del mundo quieren los impuestos de sus contribuyentes o de cualquier contribuyente.

 

Para los argentinos ¿Acaso no llegó el tiempo de quemar las naves y quedarse en casa a defender lo nuestro? Por qué no poner los huevos en la misma canasta y dejar de pensar que podemos andar por el mundo sin pagar impuestos y declarando default cuando a uno le venga bien.

 

Llegó el momento de invertir en el país, dejarse de discursos politiqueros, de enfrentamientos de barricada y hacer un país mejor para todos. Hay que producir, invertir, laburar… no solo hay que pedir.

 

Argentinos, a las cosas.

 

Ya hemos perdido demasiado tiempo.

 

Omar López Mato 

Médico y escritor    

Su último libro es IATROS Historias de médicos, charlatanes y algunos tipos con ingenio

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