Domingo, 19 Noviembre 2017 00:00

Víctimas de la corrección política

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Ante todo debo aclarar: No tengo Facebook, Twitter, ni Instagram a mi nombre.

 

Cuando apareció Facebook tuve la impresión que se trataba de un instrumento destinado a fomentar los vínculos sociales y sexuales entre los estudiantes de las universidades norteamericanas. Me pareció entonces (y me parece ahora) una universalización del chisme, que no es otra cosa que prejuicios con los que encasillamos a las personas para que tengan un lugar en nuestro esquema mental –una especie de construcción psíquica que facilita el juicio rápido que necesitaban los cazadores recolectores de nuestra prehistoria: amigo – enemigo, ¿debo huir, o debo atacar? ¿Puedo quedarme tranquilo en su presencia? Facebook, a prima facie, es una prolongación cibernética de tal instinto de preservación.

La evolución tecnológica del hombre marcha mucho más rápido que la evolución física/psíquica y moral… Saber más no necesariamente nos convierte en mejores personas. En menos de 200 años cambiamos nuestra forma de vida hacia un sedentarismo con gratificación inmediata. El mundo está al alcance de un botón.

Sin embargo seguimos siendo simios (o algo más) con computadoras, cosa que nos convierte en individuos más peligrosos que los “monos con navajas”. Continuamos  con la necesidad de tener un grupo de pertenencia que nos cobije y de respaldo a nuestras expectativas. Para eso es fundamental coincidir en formas, léxico, vestuarios y cliches que sintetizan las ansias de ese grupo. El espíritu tribal no desaparece en la jungla de cemento, es más, se exacerba.

La comunicación instantánea agiganta los vínculos y el sentido de pertenencia, pero también ofrecen un terreno fértil para el disenso. Recordemos que no hay nada mejor para la cohesión de un grupo que tener un enemigo en común.

Con estos dispositivos electrónicos que conforman la Aldea Global de Ludham, las diferencias entre lo privado y lo público se diluye en aras de privilegiar al grupo.

Entonces, las vidas se exhiben sin pudor ni tapujos y algunos de estos relatos tienen trascendencia más allá de lo esperado, sobre todo cuando los medios de difusión atraviesan, lo que en la jerga de llama The Silly Season, (o la temporada boba), que lleva a un periódico a cubrir como noticia destacada el rescate de un gato por abnegados bomberos.

En estos días tomó estado público las opiniones sesgadas y clasistas de una señora (¿La cheta? ¿Cirujana plástica? ¿Existe?) a la que no le gusta el mate, ni las sillas de plástico, ni los perros, ni la playa Bristol de Mar del Plata. Curiosamente estos comentarios privados tomaron estado público y los medios reprodujeron ad nauseam estas apreciaciones poco felices de la señora, y hasta hubo una movida en Mar del Plata con mates y termos en la Bristol repudiando sus expresiones.

La recriminación de los medios y el público responden a la necesidad de imponer una corrección política que por momentos roza los límites de una dictadura mediática, sin respetar las fronteras entre lo público y lo privado.

Obviamente existen temas que merecen la movilización del público cuando está amenazada la seguridad o bienestar de la sociedad, pero a esta señora por más antipática y afectada que nos resulte su forma de expresarse, le cabe el derecho a no gustarle los perros, ni el mate ni las sillas de plástico ni la Bristol.

Un detalle no menor en este tema, es que sus opiniones fueron vertidas en un medio privado, cuya intimidad fue violada, no sabemos por qué conflicto de intereses.

Las redes sociales facilitaron la creación a la mayor policía ideológica de todos los tiempos (el sueño del Gran Hermano). Con retuiteos se puede linchar mediáticamente a cualquiera. El sistema actual favorece al exagerado o aquel que incurre en diatribas.

La comunicación instantánea ayuda a acrecentar la grieta, porque en 280 caracteres no hay espacio para matices.

Voltaire decía que podía discrepar con lo que el interlocutor estaba diciendo, pero defendía a muerte el derecho ajeno a expresarse en disenso y respetarlo como un criterio individual. Vale preguntarnos ¿Qué haría hoy Voltaire con Tweeter?

Tema distinto, porque se debatía en un recinto público (hecho para plantear disensos y buscar consensos como es el Congreso de la Nación), fue la expresión de la Dra. Carrió sobre su hartazgo de los “progresistas estúpidos”. Tal afirmación cayó como una bomba. Más allá del exabrupto (que ya es un clásico de la política nacional después de 30 de Lilita) no hay que fijarse en la forma, sino en el tema que se debatía que “era eximir a los donantes de alimentos de los daños y perjuicios que pudieran producirse por dichos alimentos, siempre y cuando hayan cumplido los controles bromatológicos estipulados por su ley”.

La diputada Stolbizer se opone a esta ley porque “no resuelve el problema del hambre con lo que sobra, mucho menos cuando hay riesgo… Lo que se está votando es gravísimo…” Remató.

Parece que la diputada Stolbizer piensa que el hambre se resuelve por decreto y no asiste, como los demás ciudadanos de a pie, a ver como las personas revuelven los tachos de basura y comen los restos que pueden rescatar de la mugre, ¡donde no hay control bromatológico!

En otra sociedad y en otro momento, tal purismo podría justificarse, pero no en un país hecho trizas por la corrupción y con 30 % de pobres que revuelven tachos de basura para buscar algo que llevarse a la boca, cuando existen toneladas de comida (más precisamente 160 millones de toneladas al año) que por cuestiones técnicas, de marketing o distribución no pueden llegar a sus vías de comercialización habitual.

Un medio práctico (y como paliativo), es distribuirla entre la población de escasos recursos. Pero como cualquier empresario sabe, en este país hecho de trampas leguleyas, es menester ponerse a salvo de los “caranchos” que seguramente sacarán a relucir algún cuadro de indigestión para reclamar unos pesos (varios pesos) a aquellos que se avienen a donar alimentos. Muchas empresas han sufrido este hostigamiento y prefieren tirar lo que sobra antes de terminar en un juicio de final impredecible.

“Lo mejor es enemigo de lo bueno”, me enseñaron mis maestros y la doctora Stolbizer con su preciosismo no ayuda a nadie y colmó la paciencia de Carrió quien, como muchos de nosotros, estamos cansados de décadas de progresistas que proclamaran “la ayuda al pueblo” y la final lo dejan en la miseria. La corrección política de Stolbizer sigue la misma línea de idea “buenistas”, maniqueas, atada a viejos preceptos de la izquierda, resumidos en un “idealismo emocional” a expensas del Estado (como dice Gloria Álvarez en su libro “Hablar progre”).

Estamos hartos de los que proclaman odiar al capitalismo mientras viven con las comodidades del sistema, a los ecologistas armados de celulares con baterías de lítio, al doble discurso “progre” de sostener una idea o la contraria según sus intereses y la plata que pueda recibir por su mutación… como estamos viendo con el “secuestro de los goles” y las coimas del “Fútbol para Todos” (ya empezarán a hablar más arrepentidos).

Algunos pretenden recriminar la expresión de la Dra. Carrió… puede ser que tengan razón, pero en el Congreso (en este y en muchos del mundo) existe una larga lista de diputados que se insultaron, llegaron a las manos y se retaron a duelo. En nuestro medio los hicieron Agote, Hipólito Irigoyen, De la torre, Pinedo, etc., etc.

 ¿Es buena tanta vehemencia? Este es un tema de debate y perspectiva personal, pero en opinión del que suscribe, este furor, esta expresión de hastío este exabrupto, es mejor que la indiferencia o la sumisión de una escribanía sometida al poder institucional.    

Omar López Mato 
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad   
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