Domingo, 04 Febrero 2018 00:00

Entre Drácula y Frankenstein

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Cuando se una discusión con un amigo peronista sobre el rol del General en la historia argentina, en algún momento del entrevero verbal, nuestro interlocutor sonreirá y como sacando el ancho de espadas en una final de truco cabrero, declarará: “Gracias a Perón y su manejo de los sindicatos se evitó al comunismo en la Argentina”.

 

Vista la evolución del sindicalismo peronista y cotejado con su variable de izquierda la opción que nos queda es como elegir entre Drácula y Frankenstein (¿Drácula es peronista y Frankenstein troskista? ¿Unos chupan sangre y otros destruyen porque sí?) El tema bien merece que le prestemos atención porque el espacio que uno vaya dejando será acaparado por otro.

Mientras que en todos los sindicatos del mundo la izquierda tiene peso, el peronismo evitó ese proceso o al menos lo atrasó en nuestro país. Es histórico que la izquierda organice reclamos sindicales y quizás es lo que hubiese pasado en Argentina si no fuera porque Ongania  tuvo la peregrina idea de entregarle a los sindicatos el control de las obras sociales. Solo la inconfesable intensión de los gobiernos militares que surja de sus filas un nuevo peronismo, pudo empujarlos a entregarle a los sindicatos “la cajita feliz”, de dónde sacaron la plata que permitió la eternización de su cúpula. Esta, con el tiempo aumentó el volumen de su poder, de sus cuentas bancarias y de sus abdómenes. Los Gordos no dejaron pasar la oportunidad que les regalaban en bandeja (y que Perón no concedió oportunamente, pero asistió muy divertido a ver como sus enemigos hacían peronismo sin Perón y terminaban cayendo en sus garras).

Con la plata en las manos, los sindicalistas se lanzaron por todo, sin cumplir el viejo aforismo del general “todos los muchachos son buenos, pero si los vigilamos, son mejores”. Y como no los vigilaron, los muchachos hicieron todo el manual de picardías y barbaridades bajo la mirada distraída (o no tanto) de funcionarios, empresarios, médicos y abogados.

Conclusión, armaron una estructura para mantener su status quo independientemente de la justicia social, la redistribución de la riqueza (nunca dijeron entre quienes redistribuían la riqueza) el bienestar de sus afiliados, y menos aún la salud de sus afiliados. En fin, ya saben, el verso pirucho.

Ahora que les piden elecciones libres, control administrativo, declaraciones de ganancias y patrimonio, rotaciones en el manejo de las instituciones, etc., etc., patean el tablero y sacan a las barrabravas a la calle (mejor dicho, lo harán cuando baje el calor) para mostrar palos y pancartas amenazantes. No piensan  entregar los derechos ganados con el sudor de sus panzas…

La izquierda argentina, siempre escasa de votos, coqueteó con el peronismo, revisaron los textos de Marx y buscaron cualquier punto de coincidencia. John William Cooke fue el autor del guiso. Perón en un primer momento no se sintió identificado con el Che ni con Fidel, pero en la placidez del exilio aceptó como amigos a los enemigos de sus enemigos y los disfrazó de descamisados. Mientras que solo existió un cambio de ideas y saludos protocolares, estuvo todo bien, pero cuando asumieron el poder, los muchachos le hicieron tanto desbole al viejo, que al final de sus días, Perón trató de sacárselos de encima… pero ya era tarde, la izquierda se había colado en el movimiento.

No voy a salir a defender a los gordos, pero la premisa de mis amigos peronistas sigue estando vigente: el espacio que deje Drácula será ocupado por Frankenstein (salvo que se cree un sindicalismo moderado en el ínterin, cosa que solo pongo como un ejercicio mental, ya que lo veo como algo utópico).

La izquierda, con su versatilidad, y su facilidad para ser paladines de la corrección política, se infiltrará en todos los resquicios que el sindicalismo peronista deje libre.

Este es fenómeno histórico y se ha dado en todas las demás sociedades. Lo preocupante de la zurda autóctona es que atrasa. No se quedó en el ’45, ¡se quedó en 1917! y los chicos idealistas sueñan con asaltar el Palacio de Invierno, como en la película de Eisenstein (como en la película digo, porque en realidad no pasó así) o el foquismo guevarista, o la utopía troskista (y es una utopía porque Trotsky jamás pudo llevar sus ideas a la práctica). Las izquierdas en el mundo evolucionaron, se adecuaron a una realidad mundial diferente que marcó la caída del Muro (el Maoísmo no existe, el stalinismo no existe, sí el trotskismo porque, como dije, jamás fue llevado a la práctica y los idealistas ilusos creen que puede funcionar). Mientras tanto, en la Argentina continúan con la conducción histórica y la filosofía propia del golpismo bolchevique: Cuanto peor, mejor.

La diferencia fundamental ente Drácula y Frankenstein es que mientras el sindicalismo peronista se ha entrenado en el diálogo (mafioso por momentos, pero diálogo al fin), la izquierda se encierra en un monólogo y su hipotética corrección política (con antecedentes como Stalin y Mao ¿se pueden dar ese lujo?) en su fundamentalismo anacrónico y las amenazas de violencia generalizada, donde las razones se reducen al sí “porque sí”.

Obviamente, con los años esta posición de la zurda irá mutando, contagiado por la experiencia de otras naciones (no hay que irse muy lejos, siempre estaremos dispuestos a cambiar “dos montoneros por un tupamaro”) pero en el interín el proceso pondrá a prueba la intención de modernizar al país y ponerlo a tono con los tiempos que corren.

¿Vamos a poder competir con el mundo cuando no hay paritarias donde se discuta productividad?

¿Vamos a poder ser atractivos para la inversión de empresas extranjeras cuando vean el uso de la violencia y la parálisis en el diálogo de los sindicatos?

¿Alguien pondrá un mango cuando las calles estén colapsadas por reclamos sindicales?

¿Vamos a poder dar pleno empleo cuando cada nuevo puesto de trabajo pertenece a un enemigo en potencia?

¿Vamos a poder tener costos competitivos con normas anacrónicas?

¿Cómo podemos progresar cuando el flete entre Salta y Buenos Aires es tan caro como mandar un conteiner a Pekín? Este fue, sin dudas, un logro peronista…

Todas estas dudas las sabremos cuando Drácula se conforme con almorzar una morcilla cada tanto y Frankenstein aprenda a hablar sin usar el cerebro de un asesino. 

   

Omar López Mato   
Médico y escritor  
Su último libro es FIERITA - Una historia de la marginalidad  
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