Domingo, 18 Noviembre 2018 00:00

El año que vivimos en peligro

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En realidad, para un argentino sesentón no hubo año que no viviésemos en las condiciones que evoca Peter Weir en esta película de 1983, momento en que muchos nos esperanzábamos con la vuelta a la democracia.

 

Nacimos con el fin del peronismo y la Revolución Libertadora. Fuimos al colegio en tiempos de Frondizi, y, aunque éramos muy chicos, percibimos la ilusión de nuestros padres por la sinergia “comprada” al general en el exilio. Podría haber sido el inicio de una etapa de paz y prosperidad. Sin embargo, fue interrumpida por la perseverancia golpista del partido militar, más la “falta de colaboración” de Perón, quien se dio cuenta que con un gobierno exitoso, como el desarrollista, él perdía protagonismo… Un precoz “cuanto peor, mejor”.

La fe depositada en la figura del Dr. Illía, apoyado por el Radicalismo, pronto fue ahogada por el vandorismo aliado a los militares que fracturaron una vez más la frágil democracia cuando ésta tocó algunos núcleos de intereses. Le siguió Onganía y el Cordobazo. Después vino Levingston (que nadie entendió a qué fines servía).

Lanusse asumió el poder e increpó a Perón, diciendo que al viejo no le daba el cuero, mientras la alianza espuria del peronismo y la izquierda llenaba las calles y agitaba las banderas de subversión. ¡Perón! ¡Perón! Qué grande sos… y Perón nos dejó a Isabelita, (que nada tenía de grandeza) y a López Rega (que menos aún la tenía). La guerra llegó a las calles cuando los imberbes se hicieron más intolerantes y a Perón se le cayó la careta de zurdo. La violencia se dispersó por el país. Una vez más, el mesianismo militar, siempre con veleidades caudillezcas, se hizo del poder. Alfonsín volvió a abrir la esperanza que pronto se vio frustrada, porque no pudo, porque no supo, porque no quiso…

Argentina vive endeudada desde 1826, pero las inconsistencias de los últimos años, la ha convertido en un país poco confiable, impredecible, espasmódico, inseguro, y estancado, donde la inversión que había logrado convertirlo en un país afortunado, se fue desmembrando por falta de políticas coherentes.

Estructuralmente, el país frena su progreso por la instalación de un corporativismo con reminiscencias fascistas con distintos grupos de intereses articulados en una patria contratista, una patria financiera, una industrial, otra agropecuaria, una patria burocrática –sindical… Todas ellas munidas de estructuras políticas complacientes donde cada uno cuida su quintita y multiplican su patrimonio a expensas del hundimiento de la nación. El corporativismo siempre actuó con una cortedad de miras suicida.

Después de ellos no viene el diluvio, sino terremotos y tsunamis, más cuando se ven amenazados de caer presos, peligro del que se han protegido por un laberinto judicial, que también forma una estructura corporativa e ineficiente, la mejor forma de mantener su cuota de poder, sus prerrogativas y fuentes de enriquecimiento. A ellos les interesa un bledo como le va a la Argentina. La han saqueado y seguirán así. Las consecuencias están a la vista: un país obsoleto, corrupto, desarmado, pero con veleidades de gran madama “fané y descangallada”.

El corporativismo no piensa ceder un ápice y como lo hizo Perón en su momento, se van a aliar con cualquiera, y a cualquier costo para mantener su tajada. Hoy Moyano está dispuesto a juntarse con la Izquierda que combatió en sus años mozos y con Cristina, a quien confrontó en su momento. Argentinos unidos por el espanto, contra otros argentinos igualmente temerosos ante el espanto.

La corporación opositora se agranda y a tal fin, todo es bueno para “combatir el capital” (aunque ellos sean capitalistas). La excusa del G20 es magnífica para dar comienzo a una serie de disturbios y reclamos, que con cualquier excusa (antisistema, diferencia de género, aborto, contra el FMI) buscarán la represión y especialmente, un muerto (con uno basta) para iniciar un proceso desestabilizador.

Después, como siempre han hecho, negociarán la sangre derramada.

Si el gobierno logra salvar este escollo (¡que está siendo gestado!) puede ser que el año próximo logre llegar, rengo, tuerto y manco a las elecciones. Sin embargo, no nos salvaremos de vivir años en peligro, ya que la plata del Fondo dura hasta el 2020, y aun así, la elección tiene final incierto si persiste la debacle económica y social.

Las cuentas no dan, la presión fiscal se multiplica, convirtiendo al país en un destino poco feliz para la inversión. Sin inversión no hay crecimiento y así se hace muy difícil pagar los intereses de los préstamos internacionales. Mientras tanto, la producción local se ve amenazada por la recesión y los elevadísimos intereses de los bancos nacionales, taza de giro al descubierto 78 % anual, compra de cheque 216 %anual (18 % mensual, 0,6 diario) frena a la economía, corta la cadena de pagos y aceita la bicicleta financiera (lo único bueno es que se evitó la entrada de fondos golondrinas, que echaban más nafta al fuego).

Aun así, las proyecciones crecientes del déficit financiero del Tesoro, más déficit cuasi fiscal del Banco Central rodean el 8 % del PBI para el año próximo, que será, seguramente, otro año más en que viviremos en peligro.

Omar López Mato
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane
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