Domingo, 23 Diciembre 2018 00:00

El nacimiento del FMI - Bretton Woods

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El 27 de diciembre de 1945, en Bretton Woods, un hotel de New Hampshire, 44 naciones aliadas establecieron el nuevo sistema monetario y orden financiero mundial a fin de evitar los desequilibrios económicos que habían ocurrido después de la Primera Guerra Mundial, cuyo corolario fue la dramática crisis del ’29. Al igual que el 25 de diciembre recordamos el nacimiento de Jesús, el 27 debemos recordar el alumbramiento del FMI.

 

Estados Unidos resultó ser el gran triunfador de la Segunda Guerra Mundial. Las naciones europeas habían visto a sus países devastados, a una generación muerta en combate y persecuciones raciales que crearon rencores, dolor y diáspora.

Los norteamericanos habían logrado aumentar su capacidad productiva, su hegemonía bélica y su dominio económico. Inglaterra había cedido su condición de capital mundial de las finanzas, una capacidad que Churchill había sacrificado en aras de lograr el apoyo americano. El dólar desplazaba a la libra esterlina como valor de referencia.

Las naciones victoriosas, antes del final de la contienda, establecieron que no habría sanciones económicas contra Alemania (ya que estas habían sido el desencadenante del ascenso de Hitler). No se cobraron en dinero, pero si en mano de obra (millones de alemanes prisioneros, trabajaron para las naciones vencedoras), en científicos (Operación Paperclip) y tecnología (sería el comienzo de la carrera espacial entre EE.UU. y la U.R.S.S.).

La caída de la producción y el producto en los otros países beligerantes había sido impresionante. La producción industrial japonesa cayó en 1946 a 1/5 del promedio de 1939-1944. En Alemania se vivía una situación crítica, ya que el nivel de vida había descendido después de la guerra a niveles inferiores a los de subsistencia y mucha gente moría por desnutrición.

Reunidos en Bretton Woods, las naciones triunfadoras querían un conjunto de acuerdos monetarios que combinaran la ventaja del patrón oro clásico (la estabilidad cambiaria) con la ventaja de la flotación del tipo de cambio (que otorgaba cierta independencia para llevar a cabo políticas laborales locales). Querían evitar los defectos de la flotación (especulación desestabilizadora y devaluaciones competitivas a costa de los demás países) y la rigidez del patrón oro.

El mundo debía expandirse. Había que dar trabajo y bienestar a los individuos para no trenzarse en otra contienda.

El pacto daba prioridad a mantener los valores de paridad –con un mínimo margen de fluctuación- y excluir medidas unilaterales en el caso de dificultades en el balance de pagos. Si éstas eran transitorias, el Fondo Monetario Internacional –la entidad creada para colaborar financieramente y supervisar los acuerdos- daría ayuda para cubrir los déficits. Si los desequilibrios eran estructurales, el país se comprometía a consultar con el Fondo para acordar medidas más adecuadas a fin de superarlos. Los Estados miembros se comprometían a renunciar gradualmente a la mayoría de las restricciones de cambios que habían enrarecido el comercio, antes y durante el conflicto.

Junto con el FMI se creó el Banco Mundial, con el propósito de ayudar a los países devastados por la guerra y a las naciones en vías de desarrollo. Los convenios financieros se propusieron eliminar los obstáculos que impedían el desarrollo del comercio.

Se propuso –además- la creación de la International Trade Organization, en cuyo ámbito se negociarían la reducción de las tarifas y el levantamiento a las restricciones. El comercio entre naciones siempre fue el mejor aliciente para mantener la paz.

Sin embargo, este tercer pilar de Bretton Woods no llegó a nacer y fue reemplazado por el “General Agreement on Tariffs and Trade”, GATT (hasta la reciente creación de la Organización Mundial de Comercio), que se enfocó en la reducción de restricciones al comercio, pero en la que no se incluyó a los productos agrícolas, porque naciones como Francia y Alemania no querían volver a pasar hambre, ni depender de exportaciones. Ellos querían (y quieren) producir sus alimentos.

La cooperación en el sistema de Bretton Woods estaba relacionada con el mantenimiento de un tipo de cambio estable y con el libre comercio entre los países adheridos. Los mecanismos de compromiso que estas instituciones proveían incluían determinadas reglas de cooperación, recursos financieros para permitir seguir estas reglas de juego, y una fuente generalizada de información respecto del compromiso que cada país tenía.

Aunque los países se reservaron la facultad de mantener durante períodos no determinados restricciones al flujo de capitales, los controles fueron desapareciendo gradualmente. En 1946 se llegó a un acuerdo de paridades que reflejó las variaciones relativas de precios, evitándose el explosivo conflicto que siguió a la Primera Guerra.

Los problemas de pagos que afrontaron los ex beligerantes, con abultados débitos en los Estados Unidos, no fueron, sin embargo, resueltos dentro del marco de Bretton Woods. La política de los Estados Unidos, la final de la guerra, proclive a “contener” a la Unión Soviética (y su avance ideológico y económico) los llevó a implementar un programa de apoyo a los países europeos. El famoso Plan Marshall no solo proveyó de divisas para comprar bienes indispensables en el mercado norteamericano, sino que forzó a los países europeos a llegar a acuerdos de colaboración, a cambio de recibir ayuda. Así crearon una Unión de Pagos, un sistema de clearing intraeuropeo que buscó ahorrar el uso de dólares, lo que estaba también fuera del marco previsto en Bretton Woods.

Desde entonces y hasta 1971 (aunque no siempre por los mecanismos previstos), los países miembros –salvo excepciones- anclaron sus monedas al dólar que, a su vez, había quedado desde 1933 a una paridad de treinta y cinco dólares por onza troy. De hecho, se había entrado a un régimen de cambio fijo: el patrón dólar basado en el oro. Éste fue el período de mayor éxito del sistema instaurado en Bretton Woods, en el cual se registró un notable aumento del comercio y de la riqueza en el mundo, aunque –como dijimos- resultó en buena parte de circunstancias no previstas en el tratado.

El problema de la postguerra no fue el de las devaluaciones competitivas sino el de los cambios sobrevaluados. Nada era más peligroso para un gobierno que se descubriera que existían negociaciones de las cuales podría resultar una devaluación. El mercado se anticipaba, y la devaluación la concretaban igual. Las cuentas fiscales abiertas a todo el mundo eran suficientemente reveladoras de los desequilibrios y si los gobiernos no se apuraban a remediarlos, la devaluación se descontaba.

Algunos simplifican los resultados de Bretton Woods como la victoria de las teorías de Hayek sobre las de Keynes. La cosa no es tan simple, ya que, en realidad, gran parte del éxito del pacto fue la acción del Plan Marshall, para ayudar a renacer la economía europea (especialmente la alemana) y la estabilidad de los cambios, ligando el dólar al oro. Así se hizo hasta el año ’73, en que los gastos del gobierno americano, envuelto en la guerra de Vietnam, llevaron a Nixon a desligarse del Patrón Oro.

La nueva flotación produjo incertidumbre, los ciclos económicos se hicieron más marcados y cortos. También disminuyó la convergencia. Hubo momentos en que la Guerra Fría se calentó… la fragilidad del mercado signó la década del 70/80, cuando entró en escena el petróleo, que aumentó la presión inflacionaria y dio jerarquía a la economía del Medio Oriente.

La derrota en Vietnam y la expansión ideológica de la izquierda puso en duda el liderazgo de los Estados Unidos, pero los americanos ya tenían en sus manos la carta ganadora: la hegemonía del dólar.

Desde Bretton Woods, los EE.UU. han impedido que la libra, el euro, los francos suizos y los yuanes tomen su lugar. El secreto mejor guardado del mundo es el M1, es decir, la cantidad de dólares en circulación. ¿Cuántos dólares emiten los norteamericanos? Eso nunca lo sabremos, porque es la mejor defensa a su economía, estrechamente ligada a la capacidad de fuego de su ejército, el más poderoso del mundo. Todos sabemos, aunque no nos guste reconocerlo, que la guerra es un intercambio económico violento, y muchas guerras no se pelean en los campos de batalla, sino en los mullidos sillones de Wall Street.

Argentina y el FMI

En la Argentina el Fondo tiene mala prensa. Siempre se vio como la mano del capitalismo salvaje, quizás porque no entendemos su origen y su esencia. Lo vemos como un prestamista, un usurero… aunque en realidad, un prestamista raramente le facilita el dinero a una amante del default, o a un derrochador crónico.

En cambio, a nosotros nos ha prestado cuando los números no estaban a nuestro favor.

¿Los intereses? ¿Acaso los chinos o los rusos no cobran intereses? ¿Acaso Chávez no nos prestó al 15 %? Y no hablo de otras naciones, como Cuba, que no solo no nos ha pagado ni los intereses ni el capital (y encima tiene allí radicadas cuentas de la guerrilla y la corrupción argentina. ¿Qué hace Firmenich con la plata de los Born?). Argentina siempre fue muy generosa con la plata ajena.

Es lógico que el prestamista, velando por los intereses de todo el mundo, le exija al deudor que labure y no se gaste la guita en minas y champagne ¿no le parece?

Pero el peronismo (¿podremos hablar de los peronismos?) pone el grito en el cielo. Es claro, esta vez ellos no lo necesitan. ¿Cuántas veces solicitaron asistencia al FMI en el pasado? Esta vez el FMI ha expresado la voluntad de sostener a un gobierno, el de Macri… no al país, que ha hecho cualquier barbaridad y se patina las joyas de la abuela como jugador empedernido. Sin la plata del Fondo, hoy el país estaría convulsionado. Solo se está comprando paz… pero si en estas fiestas no hubo muertos, ni heridos, ni toma de supermercados y solo algún piquete por acá y allá, el 27 de diciembre recuerde que el FMI soplará 79 velitas.

Y que sean muchas más…

Omar López Mato
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
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