Domingo, 27 Enero 2019 00:00

La derrota que nadie quiere recordar - A 80 años de la caída de Barcelona

Escrito por 
Valora este artículo
(4 votos)

 

Tras la batalla del Ebro, las tropas franquistas avanzaban incontenibles, a pesar de la feroz resistencia del bando Republicano, debilitado por las desinteligencias entre comunistas, anarquistas y liberales, más el retiro de las Brigadas Internacionales. Barcelona caía en manos de los sublevados, el 26 de enero de 1939.

 

Entre los miles de refugiados que se dirigían a Francia, uno llevaba sobre sus hombros el peso de la justicia. Esta es la historia de Mariano Gómez González.


Barcelona, la ciudad que Winston Churchill alabara por su coraje y resistencia, abría sus puertas a las tropas sublevadas, mientras cientos de miles de republicanos tomaban el camino del exilio.

El 26 de enero por la tarde, las tropas franquistas entraban al último gran bastión republicano: Barcelona caía, pero sus calles estaban rebosantes de entusiastas que recibieron a las tropas del general Juan Yagüe, levantando su brazo derecho.

 


Juan Yagüe.

 


Celebración de la victoria franquista en el Paseo de Gràcia, de Barcelona, el 27 de enero de 1939. Barcelonesas de la burguesía catalana confraternizan con los soldados.

Esa misma tarde el general victorioso se dirigió a la población: “A vosotros catalanes, que os envenenaron con doctrinas infames y os hicieron maldecir a España, si lo hicieron inducidos por los falsos propagandistas, os traigo también el perdón, porque España es fuerte, digna y puede perdonar, pero a aquellos que os engañaron, nuestro desprecio. ¡Porque la España de Franco tiene un corazón muy grande y no sabe odiar!”, decía el general, mientras los republicanos abarrotaban los caminos que conducían a Francia. Bien conocían las suertes de las checas [1] y la triste historia de la represión en Paracuellos del Jarama.

Todas las alocuciones oficiales terminaban con ¡Viva España! ¡Viva Franco! Un nuevo grito se dejaba escuchar ¡Viva la Cataluña española! Como dijo entonces un devoto franquista “Barcelona, no podíamos perderte ni venderte…”

El mismo periódico La Vanguardia, que a principios de enero destacaba el heroísmo republicano que convertía a Barcelona en un “baluarte inexpugnable”, se deshacía en elogios al generalísimo “Loado sea Dios...Gloria a nuestro caudillo”. “Nuestra ciudad no ha sido conquistada, sino ganada por las fuerzas irrebatibles de la razón de la Nueva España”.

Como en todas las poblaciones recuperadas, se restableció el culto religioso público. El sábado 27 se celebró una solemne misa multitudinaria en la Plaza Catalunya, rebautizada por el propio Yagüe (al que llamaban el carnicero de Badajoz) como “Del Ejército”.


Público congregado para la misa de campaña en la Plaza de Cataluña de Barcelona, el 27 de enero de 1939.

Días más tarde, el generalísimo Franco, rodeado de su guardia mora a caballo, entraba a Barcelona. Ochenta mil soldados desfilaron por sus calles, junto a las milicias italianas y marroquíes.

 


Tropa legionaria del Cuerpo del Ejército Marroquí posa en la plaza de Santa Magdalena, en Esplugues de Llobregat (Barcelona), junto a un guardia urbano.

Atrás quedaba la resistencia republicana y su coraje. Atrás quedaban los deshechos de guerra, como los tanques soviéticos que se vendían a 500 pesetas.

Con la Justicia a cuestas

Entre los descastados que se dirigían a Francia, se encontraba un grupo de automóviles y camiones que llevaban lo que habían rescatado de la documentación de la Corte Suprema de Justicia de España. Su presidente, el Dr. Mariano Gómez González, era un brillante abogado, egresado de la Universidad de Zaragoza, profesor de Derecho Político y nombrado rector en la Universidad de Valencia por aclamación del alumnado. Liberal y católico, Mariano Gómez fundó un partido con Niceto Alcalá Zamora para ejercer la democracia. Entonces, no sabían que compartirían el exilio en Buenos Aires, ciudad en la que ambos exhalaron su último aliento.

 


Dr. Mariano Gómez González

Niceto Alcalá-Zamora.

La nueva República requirió los servicios de Gómez González en Madrid, donde fue nombrado magistrado de la Sexta Sala, la llamada Sala Militar; un cargo de enorme responsabilidad en una nación envuelta en las penumbras del desorden cívico. A poco de asumir, debió juzgar y condenar a muerte al general José Sanjurjo (quien fue indultado por el gobierno).

Después de las matanzas en la Cárcel Modelo, donde treinta militares y políticos sublevados murieron acribillados a manos de milicianos anarquistas, le encomendaron a Gómez González presidir el Tribunal Popular y posteriormente incorporarse al Tribunal Supremo. Como presidente del mismo debió trasladar la Corte a Valencia primero y posteriormente a Barcelona, hasta que ésta fue amenazada por Yagüe. Gómez González abandonó España, pero dejó esta documentación a buen resguardo.

Después viajó con su familia a Buenos Aires, donde permaneció ajeno al trajinar del gobierno Republicano en el exilio. Murió en esta ciudad en 1951.

Ochenta años después

Pocos recuerdan al Dr. Mariano Gómez González, y menos aún su tarea ciclópea de mantener un sistema judicial en un mundo que se hacía añicos. Hoy su ejemplo lo ha convertido en un “héroe cívico”. No necesitó fusiles, solo el heroísmo de la perseverancia y la sumisión a sus convicciones.

Barcelona no quiere recordar el fervor con que acogió a las tropas del caudillo, ni la asombrosa flexibilidad con la que aceptó las disposiciones de la “Nueva España”, después de haber sido testigo de las agresiones entre los bandos republicanos (marxistas contra anarquistas, anarquistas contra las brigadas internacionales, y todos contra los liberales republicanos).

Ambos bandos pelearon por lo que creían mejor para su patria

Las pasiones desatadas llevaron a excesos por ambos bandos, pasiones que aún despiertan ánimos retaliatorios: juicios, sanciones legales y reclamos independentistas que callaron por décadas menos propicias a este tipo de planteos. Hoy pretenden trasladar al caudillo sepultado en el Valle de los Caídos. Los odios no prescriben, más cuando sirven para olvidar las miserias del momento.

Es menester entender que una cosa es la discusión histórica entre estudiosos y aficionados, y otra es asumir políticas de Estado, por cuestiones que solo pueden ser dilucidadas por testimonios teñidos de parcialidad, por el tiempo y el resentimiento. A esta altura, los argentinos sabemos que nuestros juzgados se han convertido en tribunas revisionistas, y un acto cometido hace cuarenta u ochenta años, ha perdido el contexto económico y social de ese momento, indispensable para valorar la gravedad de esos actos.

Es momento de levantar la mirada.

[1] Así se llamaban los servicios de inteligencia de las fuerzas franquistas.

Omar López Mato
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.  
www.facebook.com/olmoediciones  

Gentileza de www.olmoediciones.com para 

Visto 436 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…