Domingo, 03 Febrero 2019 00:00

La democracia y George Washington

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La democracia no empieza en la antigua Grecia, ni en Francia durante una sangrienta revolución, sino en los Estados Unidos.

 

Tampoco nace mientras gobernó Washington a lo largo de dos períodos, después de una guerra devastadora, en la que perdió miles de hombres, de buenos amigos. El verdadero inicio de la democracia se dio cuando después de haber podido organizar una nación heterogénea, de haber declarado los derechos de sus ciudadanos, de haber consagrado la independencia y haberle dado una constitución, el primer presidente rechaza su re reelección, porque para él era como si le ofreciesen una corona. Y él no quería ser rey. Había peleado por años para anular una monarquía, porque creía que en la alternancia del mando está el sentido de la democracia, no en el empoderamiento de algunos por más preclaros que sean (o se crean).

Al final de su primer mandato, el desgaste físico que había sufrido durante la guerra y su gobierno no hacían muy atractiva para George Washington la perspectiva de un nuevo período al frente de la Casa Blanca… Sin embargo, todos los políticos que lo rodeaban, aún los opositores, coincidían en que solo él mantenía unida a esa frágil confederación de las primitivas colonias, a pesar de haber sido el único presidente que personalmente dirigió la represión de una rebelión cívica (“The Whiskey Rebelion 1794”).

Washington creía que los políticos debían estar sobre las mezquindades y vanidades, un concepto demasiado elevado para la comprensión de nuestros caciques autóctonos hechos a las zancadillas del comité y chicanas políticas.

No podemos comparar a nuestros políticos de cabotaje con la figura fundadora de Washington, que tenía en claro las diferencias entre democracia, y republicanismo, la extensión del federalismo, la división de los poderes, y sobre todo sabía cuándo es menester que el Poder Ejecutivo ejercer la capacidad de represión que le concede su autoridad.

Mientras que gran parte de nuestra conducción, anestesiada por años de populismo y perorata peronista, se llenan la boca con la palabra pueblo, han construido un pastiche conceptual, en la que todos estos conceptos se meten en una enorme bolsa de gatos. Entonces asistimos a afirmaciones como la del diputado riojano, Lázaro Fonzalida, quien con todo descaro describe la “inteligente” táctica de convocar a elecciones en enero, y aclarar que los peronistas no son “pe…”, probablemente no lo sean, aunque evidentemente creen que sus votantes lo son. Y esta prerrogativa les concede el derecho a tales “iluminados” de eternizarse en el poder, natural tendencia de los individuos. No somos ángeles (y los peronistas, menos), por eso existen las leyes, y entre las normas de la democracia está evitar esta perversa tendencia.

Para los peronistas, lograr la mayoría por cualquier medio, es democracia, ganar una votación les concede todos los derechos; desprecian al perdedor y a las minorías con soberbia. Y solo adulan a las mayorías y pretenden comprarlas con prebendas, dilapidando nuestros recursos en “excesos de democracia mesiánica”.

Nuestros modernos señores feudales creen que tener la mayoría les concede derecho de pernada. Roban, coimean, corrompen y la única forma en que pueden evitar el castigo es eternizarse en el poder para apretar a los jueces. Aquí nace otro de nuestros problemas, la voluntad continuista de los miembros de la Corte de Justicia, insignes representantes de una gerontocracia.

Si jubilamos a nuestros médicos, ingenieros, funcionarios y obreros a tal edad. ¿Qué nos garantiza la idoneidad intelectual de nuestros jueces? ¿Acaso ellos descubrieron el elixir de la eterna juventud o la salud mental? En un mundo plagado por demencias seniles y preseniles. ¿Qué nos asegura que ellos no sean víctimas de un insidioso deterioro cognitivo? Hoy día para tomar a un cadete se le hace un test psicofísico… a nuestros jueces y políticos, ¿nada? No nos debe sorprender entonces que la Corte avale la eternización de señores feudales políticos que nunca han entendido el verdadero sentido de la democracia, y que va más allá del simple acumulo de votos.  

Omar López Mato  
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
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