Domingo, 24 Febrero 2019 00:00

La estación Rodolfo Walsh

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La estación de subterráneos Entre Ríos pasó a llamarse Rodolfo Walsh por disposición de la Legislatura de Buenos Aires del año 2014, votada por 47 diputados de la ciudad. La razón de esta nomenclatura se debe a que, a pocas cuadras de allí, el escritor murió en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en 1977.

 

Su cuerpo secuestrado, al igual que el de su hija, permanecen desaparecidos.

Si bien Walsh había ganado el Premio de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires, fue la descripción de los fusilamientos de León Suarez en su libro “Operación Masacre”, la obra que lo consagró.

Esta fue su primera novela testimonial por los aportes documentales de Juan Carlos Livraga, uno de los sobrevivientes de dichos fusilamientos. La obra fue editada por Marcelo Sánchez Sorondo.

Walsh dijo en 1958, “No soy peronista, no lo he sido ni tengo intención de serlo… puedo decir, sin remordimiento que he sido partidario del estallido de septiembre del 55”.

Walsh pensaba que el peronismo se había burlado de las libertades civiles y fomentaba la obsecuencia por un lado y los desbordes por el otro.

“Lo que no comprendo bien es que se pretenda obligarnos a optar entre la barbarie peronista y la barbarie revolucionaria”.

Con el tiempo, Walsh, tomó parte de esa barbarie esquizofrénica…

En 1959, como muchos intelectuales latinoamericanos, cayó subyugado por la lírica revolucionaria de Fidel y del Che. Junto a Jorge Masetti (que sería el primer guerrillero argentino, promotor del foquismo guevarista), García Lupo, y García Márquez, fundaron Prensa Latina.

En tiempos de Ongania, su “intención de no ser peronista” quedó relegada al fundar el semanario de la CGT, y relacionarse con el peronismo de base, cuyo brazo combativo eran las Fuerzas Armadas Peronistas. Con el tiempo éstas se integraron a Montoneros.

Walsh entró en la clandestinidad declarada por los oficiales de esta organización al ser expulsados de la Plaza por el general Perón. Sin embargo, propuso la vuelta a la integración del pueblo, “basada en la inserción popular (antes) que en operativos foquistas”.

Después del golpe militar del 76, el cerco fue estrechándose alrededor de su grupo. Cayó Paco Udaondo, y después su hija Vicky (antes de ser capturada, se suicidó junto a Alberto Molina).

Finalmente, Walsh fue sorprendido cerca de la estación que lleva su nombre. Al intentar resistirse con una 22 cayó muerto en combate.

A muchos nos resulta imposible comprender el camino ideológico de este hombre, quien consciente de “las barbaries” que pretendían imponerse como opciones, cayó en la trampa de la violencia. Desde ya que la romántica fascinación por la perversa farsa cubana signó una generación. La retórica marxista, y la estética de heroicidad, encandiló a mentes brillantes pero ansiosas por buscar emociones en sus vidas de pequeños burgueses.

Las revoluciones en América Latina, tanto de derecha como de izquierda, tuvieron (y tienen) una buena dosis de vacío existencial como motivador, además del consabido copying behaviour, y la codicia, que nunca falta… Detrás de cada Revolución siempre hay alguien que hace plata con “la sangre derramada”.

Esta guerra dividió al país y la literatura consagratoria de estos santos revolucionarios (que dejaron el dialogo para imponer su ideología, arma en manos), perpetúa la grieta. Grupos aún menos escrupulosos se aprovecharon de estas incongruencias. El tatuaje del Che impregnó los brazos de revolucionarios aburguesados que crían panza mientras conducen sus autos de alta gama.

Hemos asistido al enaltecimiento de un grupo de incongruentes que levantaron sus puños izquierdos para incrementar sus millones, una perversa paradoja de banqueros que atesoran banderas rojas y mientras recitan frases de Marx y Gramsci.

No los vamos a poder cambiar porque se sienten muy cómodos en esta situación: Se creen moralmente superiores, calman su conciencia y aumenta los ceros de su cuentita. Solo los años los hará comprender la incongruencia de sus contradicciones y la hipocresía de su condición.

Pero es menester que la otra parte de la sociedad mantenga la llama encendida, que no permita que se adueñen de la historia con palabras capciosas, distorsionando los hechos, exaltando asesinos como mártires, endiosando ladrones que se quedaron con millones. ¿Quién tiene la plata de los Born? ¿Dónde está el dinero de los secuestros?

Sin ánimo de prolongar la grieta, sino de mantener la memoria viva, invito a las autoridades de este gobierno (que curiosamente podrían haber sido víctimas de la subversión) que la próxima estación de subterráneos, de tren o autopista lleve el nombre de una víctima de la subversión. Oberdan Sallustro, Bernardino Llaneza, Humberto Viola y su hija María Cristina de 3 años, Carlos Alberto Sacher, Héctor Bartolomé Minetti, Arturo Mor Roig, Paula, hija de 15 años del almirante Armando Lambruschini, etc., etc., etc. Nombres no les faltarán, tienen miles para elegir. Honren de una vez por todas la memoria de estas víctimas, porque no van a caer en el olvido por su pusilanimidad. Muy por el contrario, cada día esos nombres se vocearán más alto por quienes no olvidamos que es menester exaltar la memoria de las víctimas. Hubo muertos de ambos bandos, consagrar a unos y no a los otros, es matar la verdad.

Omar López Mato
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
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