Domingo, 07 Abril 2019 00:00

La patria cansada

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Quizás los habitantes de este país deberíamos repetirnos una y otra vez que los países no mueren, no desaparecen, y no se evaporan. Da la impresión de que desde los ’60 en adelante, una generación de argentinos se ha comportado como suicida o con conductas autodestructivas que condujeron al país de crisis en crisis.

 

Qué manía ¿no? viajar en la montaña rusa es encantador… en vez de hacer un cambio gradual se prefiere la adrenalina del sube y baja, la revolución a la evolución, y eso tiene consecuencias.

Obviamente, estas oscilaciones traen aparejadas la posibilidad de timbear, con todo lo que eso apareja. ¿Peso o dólar? ¿Dólar o plazo fijo? ¿Acciones, bonos, dólar futuro…? Todo es bueno para agregar emociones... y ¿por qué no? Algunos dólares.

Es verdad que esta generación de Baby Boomer, ha sido la más vapuleada de la historia de la humanidad. Pasaron de la mecánica a la digitalización, del bolchevismo a la caída del Muro de Berlín, de la intimidad de las cartas a la exposición de nuestras vidas en las redes sociales, de la familia unitta a la rejuntada. Demasiados cambios para una banda de monos frívolos, fanatizados por la conducción de lunáticos entusiastas en sembrar discordias.

De allí que una parte de los Baby Boomers lució remeras del Ché e hizo suyas consignas de Lenin y Mao, a la vez que otra facción se ataba a los criterios “occidentales y cristianos”. La gran mayoría de los B. B. se abocaban a disfrutar los beneficios del siglo XX, incluida la prolongación de los años de vida y la calidad que conlleva esta era de progreso físico… que no siempre va de la mano de un aumento de la capacidad de comprensión. Muy al contrario, a esta banda de monos se los bombardea con exceso de información, razón por la cual sus reacciones son neuróticas, tribales y primarias: huyen o agreden. Para buscar otras opciones hay que usar parte de la nueva corteza cerebral que no siempre están en condiciones de utilizar cuando se los apremia. Sus reacciones son viscerales, emocionales, de perros vapuleados.

Hijos de la instantaneidad (“No sé lo que quiero, pero lo quiero ya” cantaban hace más de 30 años) y cultores del Realismo mágico, a los Baby Boomers argentinos les encantan las soluciones inmediatas y sin esfuerzo. Eso de lágrimas, sudor y sangre está buenísimo para los otros, pero no para los autóctonos que no tienen paciencia para resolver nada. Eso del sacrificio por la patria estaba muy bien para el siglo XIX, pero no en este país del garantismo.

Los B.B. iniciaron la guerrilla en la Argentina, convertidos en dos demonios: los subversivos “idealistas” que usaban la violencia indiscriminadamente para la vuelta de un viejo líder, al que trataron de disciplinar tirando el cadáver de Rucci a sus pies; enfrentados a su vez, con un grupo de jóvenes que llevaban adelante una represión excesiva, ordenada por generales que no tenían experiencia en la guerra contra la subversión y pidieron el manual de instrucciones a la legión Extranjera en Argelia. El problema lo crearon al usarlo tal cual, sin digerir, sin prever las secuelas de actuar fuera de la ley, que ya se podían vislumbrar en Francia y Argelia: las retaliaciones, el odio que no prescribe, el revanchismo a ultranza.

En nombre de los pobres, los B. B. apoyaron políticas que solo llegaron a multiplicarlos. En vez de abrirse al mundo, los B. B. argentinos se sentaron a verse nuestro ombligo. Como bipolares extremos oscilan desde un supuesto neoliberalismo de los noventa (con un dólar atado, no hay mucho liberalismo que digamos) a un nacionalismo troskista populista que denunció la esencia fascista de los B. B. argentinos: todo dentro de un Estado ineficiente y con atisbos de totalitarismos de bajo voltaje. Tal parece ser la preferencia del grupo.

Atados a slogans que simplifican en esquemas minimalistas las pulsiones más íntimas, los B. B. consagraron a un grupo de desorientados y confundidos que jugaron a la guerra de clases desde su sentimiento de culpa burguesa. Estos pasaron a ser los jóvenes idealistas, que hasta tenían un número mágico (30.000) para dar consistencia a sus sueños utópicos.

Los B. B. no tuvieron paciencia para esperar las medidas dolorosas para enmendar sus males. Nunca hicieron los deberes… era mejor salir a jugar a la pelota o verlo a Piluso y Coquito. Total, nunca se les exigió demasiado… si hasta en el ideario político promovían el ingreso libre e irrestricto a las universidades para colmar el sueño del m’hijo el dotor (cosa que ni a los chinos, ni cubanos, ni a los soviéticos que querían imitar, se les pasaba por la cabeza).

Los B. B. piensan que son los únicos en el mundo, aunque en su ignorancia y auto referencia no se han dado cuenta que solo repetían errores propios y ajenos. Su única particularidad es la desproporción. Cometieron errores y más errores, tuvieron mucha menos paciencia, evadieron mucho más y sus funcionarios robaron mucho más que en otros países. Lo mismo que en todas partes, pero desaforadamente. Somos patéticos en la abundancia, porque como chicos bien malcriados se dedicaron a hacer mierda la herencia de sus mayores. Se creían infinitamente ricos, despilfarraron todo y ahora se dan cuenta que solo tienen deudas.

Ahora que van “cuesta abajo en la rodada” les encanta castigarse como en un melodrama tanguero, pasando por todo el espectro de culpas propias y ajenas, hasta proclamar como loros idiotas que solo el peronismo puede gobernar este país descarriado.

Muchos B. B. quieren acortar el sufrimiento de las enmiendas que deben realizarse necesariamente para corregir la fantasía construida por Cristina con la ayuda de ignorantes malignos que la rodearon hasta dejar un agujero fiscal colosal.

En conductas propias de Kamikazes, algunos aceleran el paso y pretenden una vuelta a más de lo mismo cuando ya nadie es igual y el único camino que es dable es el camino de las confiscaciones, las exacciones impositivas exageradas o la hiperinflación declarada. ¿Acaso no vieron cómo funciona la ficción venezolana?

Los idiotas no se desprenden del sueño socialista cubano/bolivariano.

Surge una profunda percepción de fracaso de una generación que “no pudo, no supo, o no quiso” remontar un país y que ahora con un indudable sentido de autodestrucción, está a punto de echar todo por la borda. ¿Serán tan idiotas cómo para repetir los mismos errores del pasado? A esta altura, todo es posible y la patria está cansada.      

Omar López Mato
Médico y escritor  
Su último libro es El general y el almirante - Historia de la conflictiva relación entre José de San Martín y Thomas Cochrane  
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