Domingo, 25 Agosto 2019 00:00

Del barco al avión - Sigue la diáspora

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Decían que los argentinos descendemos de los barcos; de hecho, nos conocernos por el origen de nuestros ancestros: somos rusos, gallegos, vascos, tanos, yankies, gringos, turcos, paraguas, bolitas…

 

Nuestros abuelos llegaron a estas tierras por muchas razones (incluidas el error o la fuerza mayor), pero la enorme mayoría vinieron a buscar una vida mejor escapando de la miseria de sus países de origen. Con el mismo criterio, sus nietos suben a los aviones para buscar opciones que hoy el país les niega.

Jamás, como en esta semana, he visto tanta gente resuelta a vender todo (malvender todo) y buscar otro horizonte como el que en su momento buscaron sus abuelos.

Lo curioso del caso es que el tano o el gallego que llegaron a la mítica Argentina del siglo XIX tenían fama de brutos e ignorantes, y probablemente muchos lo hayan sido, pero para la mayoría que tomó el camino del exilio, hicieron una dura elección que implicaba desarraigo, la perdida de lazos familiares y afrontar un futuro incierto.

Podrán haber sido poco instruidos, pero no eran los peores en la escala darwiniana, sino aquellos que tenían la confianza y la fuerza de voluntad para afrontar la incertidumbre. Y para eso, se debe tener fe en los recursos propios.

Fueron los mejores en un mundo revuelto que se toparon con los mejores de otras partes del mundo, y dieron al argentino la fuerza del mestizaje.

Gracias al esfuerzo educativo para forjar una democracia, los hijos de inmigrantes tuvieron la mejor educación posible. Mitre, Avellaneda, Sarmiento y Wilde sabían que no podían hacer una república con ignorantes. Y, curiosamente, los hijos y nietos de esos inmigrantes lograron un índice mayor de descendientes universitarios que sus familiares que se habían quedado en Europa. Les fue más fácil concretar el sueño educativo, y sin embargo, y a pesar de los blasones académicos, éstos hijos y nietos no tienen empleos ni remuneraciones acordes a su formación. Hoy, más que nunca, la culminación de la aventura de sus ancestros, que los llevó a hacer la América, termina con sus hijos y nietos buscando horizontes mejores fuera del país, en el que tantas expectativas había cifrado.

El peronismo con su discurso distribucionista y hegemónico, fue el primer impulsor del exilio por discrepancias políticas, en los ‘50 y más cuando la Triple A comenzó su célebre caza de brujas, aún dentro de los seguidores que habían apoyado el regreso de Perón. Los excesos en la represión iniciados por los mismos peronistas con la expresa orden de aniquilación fue continuada por miembros de las Fuerzas Armadas, forzando otra diáspora argentina.

Los secuestros extorsivos de los ’70 empujaron a un grupo de inversores a irse del país y desarmar emprendimientos como Bunge y Born, empresas que no solo eran de avanzada tecnológica sino social –comedores, guarderías, formación profesional. Esa plata del rescate (60 millones de dólares, que nadie puede precisar dónde están) sirvió (y sirve) para alimentar las apetencias burguesas de sus conductores montoneros, que siempre bien vendieron la sangre de sus acólitos.

La hiperinflación primero y la crisis del 2001, después lanzaron a millones de argentinos a buscar, aunque más no fuera, cierta tranquilidad, alejados de la peligrosa montaña rusa autóctona.

Para los que hemos sido testigos de esta sangría, quizás esta semana pasada fue la peor que recordamos, porque como afirmaba Jonathan Swift, no hay peor desengaño de aquel que tuvo una ilusión.

Y los argentinos tenemos una extensa lista de ilusiones y subsecuentes desencantos a lo largo de estos años de democracia. La ridícula burocracia, el plañidero reclamo sindical que asiste a la desocupación y la pobreza crónica, la oposición futbolera (un River-Boca sin dialéctica y mucha violencia), la superficialidad de las ideas y hasta la inercia de grupos de poder, más el “me opongo porque sí”, sin el menor interés del bien común (o mejor dicho del bien propio de los políticos), trazaron la trayectoria declinante del granero del mundo, el país destinado a ser una economía brillante que por soberbia, falta de miras, deshonestidad y tendencia a enfrascarse en discusiones anacrónicas, condujo a un nuevo colapso. La razón de este colapso se debe a que no supieron crear la suficiente confianza, tanto desde el oficialismo como en la oposición (los K se esmeraron en el “cuanto peor, mejor” para ellos).

Se ha creado el terror económico, como el que derrocó a Alfonsín y a De la Rúa, generando una incertidumbre que nos empuja hacia un nuevo error histórico, quizás el peor de nuestros doscientos años de historia: la consagración de una cleptocracia, ignorante, autocrática y retaliatoria.

Esta semana, como nunca antes en mi vida (a pesar de la larga experiencia de ostracismos colectivos), ví a muchas personas dispuestas a abandonar bienes, amistades y familia, para escapar de la barbarie que se cierne sobre los argentinos, proyectando la sombra más oscura de nuestra historia, porque de acá en más será cada vez más difícil la vida en la Argentina, por la inseguridad jurídica, la falta de inversión, la recesión, las sucesivas devaluaciones y el default.

Cuando me refiero a pérdidas no solo las mido en dinero, sino en potencial humano que hoy sube a los aviones para buscar un futuro que el país les niega. Estamos perdiendo a lo mejor de nuestra juventud, a lo más granado de nuestros profesionales, a los jóvenes de ingenio e iniciativa, a los mejores que siguen el camino de sus mayores, porque no ven futuro, no solo para sus vidas, sino para el país en su totalidad.

Omar López Mato
Médico y escritor  
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