Domingo, 22 Septiembre 2019 00:00

Cámpora al gobierno, Perón al Poder

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El día que el Tío asumió la presidencia con los votos prestados.

 

Juan Domingo Perón se había desecho de su leal interlocutor de años, Jorge Daniel Paladino, por una cuestión de faldas (aunque argumentasen que había adoptado una postura demasiado dialoguista con los militares). Para que lo representase en los tormentosos años que se avecinaban eligió, entre sus muchos seguidores, a un dentista de San Andrés de Giles, que había sido diputado durante su gobierno, bastante allegado a Juancito Duarte (tal era así que mientras estuvo preso, le habían mostrado la cabeza de su amigo para que le explicara al capitán Gandhi el oscuro origen del orificio de bala que puso fin a sus días).

Influenciable, lábil y de obsecuencia legendaria (“…la hora que usted quiera, mi general”) el Tío, como le decían cariñosamente al odontólogo, podía servir de puente al nexo que se labraba entre la izquierda y el peronismo ortodoxo (que en su momento de auge había repartido palazos a todos aquellos que adhiriesen al socialismo y más aún, al comunismo). En la tranquilidad de Puerta de Hierro, el general, entre las copitas de anís servidas por López Rega, y pasear a los caniches, se había puesto al día con la literatura de moda. El mundo ya no quería escuchar hablar de su admirado Duce, menos aún de los nazis, a los que había acogido con tanto cariño durante su gobierno. Eran los años del Mayo Francés, del Prohibido Prohibir, de aquellos en los que, si no leías a Marcuse, Althusser y Sartre eras un dinosaurio, y el general había actualizado su discurso para seducir a los futuros “jóvenes imberbes” de la amplitud de miras de un movimiento que alojaba un extenso espectro político, desde conservadores como Solano Lima, sindicalistas como Rucci (a Vandor ya lo habían asesinado) y este maleable odontólogo, receptivo a los reclamos de la juventud más radicalizada. Fue el muy joven Juan Manuel Abal Medina quien dio el visto bueno al odontólogo para la presidencia, aunque su candidatura se mantuvo en secreto, para no alertar a la franja más ortodoxa del movimiento, que aceptó la designación del nuevo delegado de Perón, después de una generosa dosis de chofitol.

Al frente de esta Armada de Brancaleone, Perón pensaba enfrentar el desafío del general Lanusse y mostrar que a él le daba el cuero.

Si bien Cámpora le fue leal (como consignaban los cantos populares: Cámpora al gobierno, Perón al poder), el problema radicó en que el Tío fue muy complaciente con los grupos de izquierda, que desbordaron su entorno en busca del poder que querían arrebatarle al león herbívoro.

Mientras Cámpora juraba ante un impertérrito general Lanusse, que soportaba con estoicismo su derrota frente a invitados como Salvador Allende y Osvaldo Dorticós Torrado de Cuba, la tragedia se tramaba a sus espaldas. Terminado el acto, Cámpora anunció el proyecto de ley de indulto a los presos políticos, pero el anuncio precipitó una “espontánea” marcha hacia la cárcel de Devoto, donde flameaban las banderas del ERP y Montoneros. En pocos minutos se desató el caos en los pasillos de la prisión asediada por una multitud que clamaba por la libertad de los guerrilleros, al grito de “¡Aquí están, éstos son, los muchachos de Perón!”.

El novel presidente cedió ante la insistencia del entorno y cuando aún no se había secado la tinta del acta de asunción a la presidencia, firmó el indulto de 500 presos políticos.

La vorágine de esta liberación hizo que fuesen muchos más los liberados, entre ellos peligrosos delincuentes, como François Chiappe.

El entusiasmo “emancipador” se expandió a fábricas y facultades, que fueron tomadas por distintos grupos, que generalmente respondían a la Orga, como se denominaban los grupos de la izquierda peronista.

La Primavera Camporista solo duró 49 días, hasta la vuelta de Perón, que culminó con el enfrentamiento entre la izquierda y la derecha del peronismo. La Orga contra la burocracia sindical, los Montos contra la AAA, y los muertos de Ezeiza, con las súplicas de Leonardo Favio para calmar los ánimos…

Fue Rucci, el sindicalista más cercano a Perón, quien por años había visitado a su líder en Puerta de Hierro, acercándole al “león” unos dólares, que sus afiliados juntaban para que nada le faltase, quien expresó la preocupación por la violencia desatada.

“Perón se fue del país para evitar un baño de sangre y fíjense como se escribe la historia: tiene que volver al país para evitar un baño de sangre”.

La presencia de Perón no fue suficiente para calmar los ánimos y el mismo Rucci fue asesinado por miembros de la izquierda justicialista, arrojando un cadáver agujereado por las balas, a los pies del general. Era un desafío abierto a su conducción. Perón estaba consternado ante esta pérdida, que le había “cortado las patas” (sic).

De allí en más, se desató una guerra retaliatoria, cuyo final todos conocemos.

La amplitud del Frente para Todos guarda cierta analogía con ese legendario FreJuLi, cuyo candidato a presidente, el Tío Cámpora fue elevado (por razones que confieso no acabo de entender, ya que nunca impresionó favorablemente por su consistencia y, en última instancia, fue expulsado del P.J.), a referente de uno de los grupos más radicalizados de esta coalición peronista. El Frente para Todos también cuenta con delegados papales, empresarios funcionales al kirchnerismo, sindicalistas que mantuvieron diferencias con Cristina, banqueros que sirvieron de pantalla para maniobras fraudulentas, miembros del peronismo ortodoxo, anticristinistas arrepentidos y kirchneristas históricos aglutinados en una fórmula que bien podría encasillarse bajo la actualización del slogan setentista “Alberto al gobierno, Cristina al Poder”.

A diferencia del general, Cristina no es una leona herbívora, y los camporistas no tomaron las armas, sino los billetes. Ante la actual escases de efectivo, las conductas van a variar, y si Perón volvió sin ánimos de retaliación y frenó los excesos, este no parece ser el caso. Melconian, Redrado o Nielsen ¿podrán ordenar las finanzas o son nombres barajados para clamar una ansiosa y agonizante clase media? ¿Cuánto tiempo pasará en que las diferencias se hagan evidentes, si la “caja” deja de ser factor aglutinante de esta lábil conjunción?

¿No es tiempo de saber que piensan hacer las autoridades en caso de asumir el gobierno? ¿No es tiempo de saber qué pasará con la Justicia? ¿Acaso Zannini será el nuevo presidente de la Corte? ¿Convocarán a dictar una nueva Constitución? Y sobre todo ¿Alberto Fernández se prestará a ser un nuevo Héctor J. Cámpora, funcional al espectro más extremista del kirchnerismo?


Omar López Mato
Médico y escritor
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